Separarse también significa crecer

Por Natalia Ortiz Sanabria

 

A lo largo de la vida, todos los seres humanos nos enfrentamos a un sinfín de separaciones. La mayoría de las veces, les damos una connotación de desagrado porque es complejo atravesar por ellas. Pensamos, con justa razón, que la vivencia es desgastante y displacentera. Lo cierto es que nadie escapa de la experiencia de la separación.

 

Pensemos que la primera separación a la que nos enfrentamos es el nacimiento, al desprendernos del cuerpo de nuestra madre. Después, viene el destete o dejar el biberón. En la niñez, por ejemplo, ingresamos al preescolar y avanzar a la escuela primaria involucra la separación de nuestros primeros amigos y maestros. La adolescencia se caracteriza por ser un periodo de transición y, en ella, vivimos múltiples separaciones. Abandonamos el cuerpo infantil para ir conformando uno más adulto. También, buscamos la construcción de ideales propios a través de la “separación” de papá y mamá, a quienes antes creíamos todopoderosos. En la adultez, elegimos qué carrera universitaria estudiar o se abre la posibilidad de trabajar lejos de la casa de nuestros padres y, con ello, se inauguran nuevas rutas para crear una vida separada del núcleo familiar para la construcción de la vida propia (casarnos, formarnos en una profesión, incursionar en el mundo laboral, etc.). Finalmente, en la vejez, en la que se agudizan todos los procesos de pérdida, llegamos a la separación definitiva, la muerte, para culminar nuestro paso por esta vida.

 

Para comprender cómo experimentamos los procesos de separación y su complejidad, Freud (1920) observó con gran avidez el juego de su nieto pequeño (juego de Fort Da o carretel) en el que arrojaba y recuperaba repetidamente su juguete. El niño mantenía este juego cuando la madre se marchaba de casa. Freud comprendió que la intención de dicho juego era asimilar los sentimientos dolorosos que le causaba la ausencia de la madre. Más tarde, en Inhibición, síntoma y angustia (1926), formuló de una manera más directa que el principal afecto que experimentamos ante el posible peligro de perder o de separarnos de nuestro objeto de amor es la angustia, lo que trae consigo experiencias por demás dolorosas y abrumadoras, que para algunas personas dichos afectos serán más difíciles de tolerar.

 

La experiencia de separación se vive de manera individual y es diferente dependiendo de la etapa del desarrollo en la que nos encontremos y de la estructura mental que tengamos. Pienso en una separación en particular. Como mencioné antes, al llegar a la adultez, se abre la posibilidad de dejar la casa familiar y buscar un lugar propio donde vivir. Los debates ante la duda de dar ese paso oscilan entre las condiciones económicas que no son suficientes para costear el pago de la renta o de un crédito hipotecario y pensar que no se puede dejar a los padres solos porque no habrá quien los cuide si enferman o, en su defecto, quién nos cuidará si enfermamos. Quizá también se vivan miedos intensos por sentirse solos o extrañar la ayuda de los padres para preparar la comida y en las labores domésticas, o bien se puede sentir una gran culpa al considerar que se avanza, se crece y, con ello, se supere lo que ellos pudieron lograr. También, se pueden vivir sentimientos de celos, exclusión y curiosidad si es que algún hermano se queda en casa, disfrutando de todo lo cómodo que puede representar el hogar familiar. Algunas personas pueden tener fantasías más primitivas, donde separarse de los padres representa una angustia de derrumbe psíquico, que provoque un gran dolor mental, muy difícil de tolerar.

 

Por otra parte, es indispensable considerar que quedarnos con la visión del sufrimiento y de lo displacentero que la experiencia de separación trae consigo, sería solo contemplar una vista parcial de dicha situación. Winnicott (1958) propone la idea de la capacidad de estar solo en presencia de alguien. Al inicio de la vida, necesitamos que nuestra madre nos brinde sostén y cuidados para poder sobrevivir. En un segundo momento, según este autor, podemos hacernos acompañar de nuestros objetos internos más queridos y significativos que nos brindaron este primer sostén, sin la necesidad de que contemos en lo concreto y en la realidad externa con ese objeto amoroso. De esta manera, se logran sobrellevar los embates que la vida presenta. Podemos separarnos de nuestros padres, porque no sentimos que los perdemos, sino que nos acompañan como un objeto bueno que ya logramos tener dentro de nosotros. En la realidad, no se necesitaría que mamá (o papá) nos acompañe y nos cuide todo el tiempo, mantener su representación en la mente debería provocar la confianza en que podemos solucionar problemáticas de la vida diaria y cuidar de nosotros mismos. Tomar en cuenta este punto de vista es muy importante, ya que el sentimiento de hacernos acompañar de alguien significativo dentro de nosotros nos ayuda a enfrentar el aspecto doliente de la separación.

 

Las separaciones son necesarias y un requisito fundamental para el desarrollo mental. No pensemos que son procesos que se superan o ciclos que debemos cerrar. Nos enfrentamos a ellas día a día; son aspectos inherentes a la experiencia humana. Si no resolviéramos las separaciones que el ciclo vital nos presenta, nuestros días se verían empobrecidos, no tendríamos metas o sueños que cumplir, dejando nuestra vida plana y sombría. En otras palabras, sin separación no hay crecimiento.

 

Referencias

 

Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. En Obras Completas (vol. 18). Amorrortu.

 

Freud, S. (1926). Inhibición, síntoma y angustia. En Obras Completas (vol. 20). Amorrortu.

 

Winnicott, D. (1958). La capacidad de estar solo. En Los procesos de maduración y el ambiente facilitador (pp. 36-46). Paidós.