La etapa de latencia: un trabajo mental

Por Beatriz Elías D.

 

En el desarrollo normal el sexo nunca toma vacaciones.

Arthur Jersild

 

La latencia es una etapa del crecimiento que permite al sujeto desarrollar una estructura de personalidad más compleja. A lo largo de las siguientes líneas se intentará explicar el juego como una de las tareas que el niño entre los 6 y 12 años tiene que realizar para modificar las experiencias previas y establecer progresivamente un aparato psíquico distinto y más complejo.

La teoría psicoanalítica, siguiendo a Freud (1905), explica el desarrollo de la personalidad del niño mediante la teoría psicosexual, la cual expone que la sexualidad está presente desde la infancia y se va desarrollando hasta la edad adulta, permitiendo la adaptación al medio.

Las etapas de desarrollo de la personalidad son la oral, la anal, la fálica y latencia. Las tres primeras fases implican que el instinto sexual se satisface en zonas corporales particulares a las que se llamó “zonas erógenas”, que son la boca, el ano y los genitales, respectivamente.

La búsqueda de placer está apoyada en necesidades fisiológicas, por ejemplo, el bebé come del pecho de la madre por una necesidad de supervivencia, pero también siente un placer de tipo sexual que busca aunque no tenga hambre. (Mitchell, 2004).

Los primeros cinco años de la vida del niño están marcados por una intensa actividad sexual, pero, a partir de los seis, el niño entra en una época de calma sexual llamada latencia (Freud, 1905). Se entiende que durante los años de la primaria el niño está menos interesado en lo sexual; aparecen sentimientos de pudor y aspiraciones morales. Surgen mecanismos de defensa que le ayudan a manejar los conflictos sexuales, a desarrollar tareas socialmente aceptadas y logros culturales.

Al ser definido por lo que deja de ocurrir, más que por lo que sucede y construye, el periodo de latencia ha sido el menos estudiado y se ha dejado de lado como una fase de espera aburrida y sin mucho sentido. (Urribarri, 2008). Sin embargo, es una fase activa en la que el impulso sexual no disminuye, sino que se organiza de manera distinta en el aparato psíquico al servicio de una nueva adaptación.

La fase de latencia es una época muy importante que prepara para el gran periodo de cambios de la adolescencia, pero sobre todo es un periodo de cambios en la organización y el funcionamiento de la personalidad, de las conductas y de las relaciones sociales que se establecen.

Los niños durante la primaria están en un periodo de su vida en el que construyen nuevos placeres, dominan nuevas actividades, adquieren aprendizajes y amplían sus relaciones. Entender los cambios que se producen y los logros que se alcanzan permite aclarar las implicaciones que tiene para la adolescencia.

En lugar de pensar la latencia como un periodo de receso o de espera, podemos pensarla como un trabajo mental que el niño tiene que hacer para modificar su estructura y organización de forma activa, utilizando distintos medios para lograrlo (Urribarri, 2008).

En otras palabras, la sexualidad no declina, el interés permanece activo, lo que disminuye es la actividad sexual manifiesta (por ejemplo, la masturbación), para dirigirla hacia actividades que permitan cambios en la organización y funcionalidad del psiquismo.

La idea de Urribarri es que el trabajo de la latencia tiene lugar en dos niveles, uno interno y mental y otro externo vinculado a las relaciones del niño con los adultos y sus pares. Por ejemplo, por un lado, un niño de 8 años tiene que adquirir habilidades y conocimientos que le permitan adaptarse a la escuela y, al mismo tiempo, desarrollar la capacidad para establecer nuevas relaciones de amistad (Urribarri, 2008).

Una de las herramientas con las que cuenta el niño para llevar a cabo el trabajo de la latencia es el juego que va cambiando a lo largo de todo el desarrollo infantil. A través de los juegos, los niños en la latencia pueden conocer, dominar y ejercitar el cuerpo y el espacio, así como desarrollar su interés por el mundo y la adaptación a las nuevas circunstancias. El juego está más organizado, ligado a lo real, se comparte y socializa, lo que permite el desarrollo de la noción de reglas y la actitud competitiva.

Por ejemplo, el juego de roles muestra la organización mental más compleja, el acceso a lo simbólico, la capacidad para identificarse temporalmente con los diversos personajes y sus interacciones en una trama dramática.

Al comienzo de la latencia el movimiento es expresión de alegría y placer, predomina la motricidad gruesa como correr, patinar, saltar, patear la pelota, etc., y parece más importante la fortaleza que la habilidad. Vemos que niños y niñas participan en juegos compartidos que pueden ser desordenados y tumultuosos.

Conforme el niño crece, el juego se modifica; conforme se interiorizan los roles y se distinguen lugares y funciones, puede realizarse una tarea en equipo y acciones destinadas a un fin común. A partir de los 8 años predomina la habilidad más que la fortaleza, el niño, por ejemplo, hace trucos con el spiner, fintas en el futbol o acrobacias en la bicicleta.

El juego favorece la integración de la imagen corporal, la ampliación de los recursos de la personalidad, interiorización, intercambio, cooperatividad de roles, integración de grupos de pares, así como la obtención de placer por el movimiento (Urribarri, 2008).

La latencia entonces es mucho más que un periodo de transición, es una etapa de la vida en la que se dan procesos diversos que preparan y facilitan el acceso a la vida adulta, a la sociedad y a la cultura.

 

Referencias

Freud, S. (1905). Tres ensayos de teoría sexual. En Obras completas, 7 (pp. 109-224). Buenos Aires: Amorrortu, 1976.

Mitchell, S., y Black, M. (2004). Más allá de Freud, una historia del pensamiento psicoanalítico moderno. Barcelona: Herder.

Urribarri, R. (2008). Estructuración psíquica y subjetivación del niño de escolaridad primaria. Buenos Aires: Noveduc.