Vivir los duelos es parte esencial de la experiencia humana

Por Natalia Ortiz Sanabria

 

Hablar sobre duelos es abordar un tema del que no se quiere saber mucho, pues parece que se convierte en sinónimo de dolor, sufrimiento, desesperanza, tristeza y otras emociones desoladoras que nadie quiere sentir. Lo cierto es que las pérdidas son inherentes a la experiencia humana y, por ende, se cursará por ellas a lo largo de la vida.

Sin duda, hay distintos vértices para comprender los duelos, las dificultades y la manera en que cada persona transita por ellos. Desde la mirada psicoanalítica, Freud (1917/1992) señala la distinción entre duelo y melancolía. El primero constituye la reacción normal, es decir, una respuesta no patológica ante la pérdida del objeto, que puede ser una persona amada, un ideal, la libertad, la patria, una filiación política, un cambio de casa, algún despido laboral, etcétera; esa reacción se caracteriza por la presencia de una desazón que cursa con, por ejemplo, dolor, culpa, enojo, desinterés por el exterior o inhibición de la productividad y de la capacidad de amar. Por otro lado, con la melancolía también se pueden presentar dichos afectos, pero se añade una disminución en el sentimiento de sí, que se traduce en autorreproches y autodenigraciones, casi delirantes, como si la persona se quedara atrapada en una vorágine de emociones violentas y hostiles, difíciles de tramitar.

Freud también propone en su texto Duelo y melancolía la interesantísima noción de trabajo de duelo, que se puede entender como el esfuerzo que la mente tiene que hacer para poder tramitar esas emociones dolorosas y pensamientos avasalladores que la pérdida deja. Dicho sea de paso, que no ayuda mucho expresar al doliente que “el tiempo lo cura todo” o que “el tiempo traerá la calma”. En ese periodo, la mente se ve forzada a realizar dicho trabajo, el cual, en un primer momento, consiste en asumir la pérdida, reconocer que la persona amada ya no está. Decirlo es fácil, pero en realidad, es el momento en el que se movilizan los recuerdos, todos ellos se remiten a lo que se vivió con esa persona, pero sobre todo, se piensa en lo que ya no podrá ser. Freud señala la idea de realizar un trabajo pieza por pieza, es decir, poner en palabras lo que significa la ausencia del otro y lo que ese otro significaba, soñarlo, descubrir las emociones que hacía sentir (tanto las tiernas y lindas como las violentas y desesperantes), sin que estas provoquen culpa, porque, en definitiva, no es fácil mantener un tipo de sentimiento hostil por quien ya no está. Poder asumir lo anterior, permite una mayor integración de la emocionalidad, más real, más completa.

Se piensa que al aceptar la realidad —que la persona no está más— se logra un desligazón, el cual hace que se resignen los lazos afectivos que unían al ser querido, convirtiendo su ausencia en un recuerdo que, poco a poco, afecte menos. El trabajo de duelo también ofrece la oportunidad de dejar libre a la mente para que avance y se alimente de lo que la vida ofrece. Esto resulta muy valioso porque se puede seguir descubriendo quién se es como persona y cómo se ama y odia a los que aún se encuentran alrededor, teniendo la oportunidad de mejorar los vínculos actuales.

Klein (1940/2008) explica que cada que se experimenta una pérdida, se reviven todas las anteriores. Dicho en otras palabras, hay aflicción no solo por la pérdida de ese momento, sino también por todas las que han sucedido antes. De ahí que el dolor y sufrimiento se pueden agudizar. Klein pensaba que el proceso de duelo va por buen camino cuando se logra reconocer e identificar lo benevolente y vital que la persona perdida tenía, privilegiando los sentimientos amorosos; de esta manera, uno se permite sentir que no se queda solo, abandonado o destruido por su muerte, sino con gratitud por todo lo que en vida le proporcionó.

Vivir los duelos no solo se convierte en una experiencia de profundo dolor, su tramitación no es sencilla. Muchas de las pérdidas que experimentan las personas los dejan rotos y piensan que jamás se recuperarán de ellas. Sin embargo, son las experiencias las que fortalecen la mente y, por increíble que parezca, la nutren.

Referencias

Freud, S. (1992). Duelo y melancolía. Obras completas (vol. 14). Amorrortu editores. (Obra original publicada en 1917).

Klein, M. (2008). El duelo y su relación con los estados maníaco depresivos. Obras completas. Amor, culpa y reparación. (vol. 1). Paidós. (Obra original publicada en 1940).