¿Por qué deseamos ser padres?

Artículo del Diplomado “Embarazo, parentalidad y vínculos tempranos”

 

Por Michelle Aymes

El deseo de tener un hijo no comienza a partir de que la pareja decide tener un bebé, ya que estas fantasías, pensamientos e ideales se construyen a lo largo de la vida. Desde la infancia, los niños desarrollan juegos alrededor de la maternidad y la paternidad, por ejemplo, simulan un embarazo con una pelota o eligen muñecos como sus bebés, lo cual no es otra cosa que la identificación de funciones parentales a partir de la relación establecida con su objeto primario: la madre y, más adelante, el padre. Incluso, estas identificaciones continuarán formándose a lo largo del desarrollo del individuo, a partir de deseos o rechazos ante el vínculo establecido con sus propios padres.

Las fantasías y deseos de los futuros padres se establecerán antes, durante y después del embarazo e influirán en el lugar que su hijo ocupará en la familia. Además, ciertos aspectos infantiles no resueltos de los propios padres ‑o de generaciones previas‑ se proyectarán en el pequeño, creando expectativas que no necesariamente provienen del niño, sino de la mente de los padres e intervendrán en la vida intrapsíquica del sujeto en desarrollo. Por ejemplo, es común escuchar “quiero una niña porque las niñas son más apegadas a su mamá y podrá acompañarme” o “que sea niño para que continúe con el apellido y tenga el mismo nombre que mi papá, mi abuelo y mi bisabuelo”. Más adelante, aunque esto no se le haya dicho directamente, el hijo recibirá un mensaje que tendrá un efecto en su psiquismo y en su relación con este.

En general, el bebé que se tiene en la fantasía (como los padres soñaban que sería ese hijo) no coincidirá con el bebé de la realidad y, cuanta más distancia haya entre el bebé real y el de las expectativas, habrá mayor riesgo en el establecimiento de un buen vínculo entre él y sus padres.

Ahora bien, ¿cuáles podrían ser algunas fantasías que aparecen ante el deseo de tener un hijo? Convertirse en padres genera alegría, sentimientos de plenitud, pero también dudas, temores y ambivalencias. Los futuros padres inevitablemente fantasearán con relación a ese bebé, incluso antes de la concepción: desearán que su hijo sea inteligente, que tenga muchos potenciales, pero también que logre cosas que ellos no pudieron. Por lo que no es de sorprenderse que, desde que sus hijos son pequeños, ponen mucha atención a sus logros, por ejemplo, en la motricidad y en el lenguaje: “mi hijo aprendió a caminar muy rápido”, “logró dejar el pañal antes que la mayoría de los niños”. Cabe señalar que los valores que han sido altamente estimados por los progenitores podrían ser, en el futuro, una “obligación” para el hijo.

Otra de las fantasías que aparecen son los sentimientos de exclusión y de celos ante la idea de que el bebé les robará el amor de la pareja, lo cual representa conflictos infantiles al revivir los celos y la rivalidad que sintieron con su propio hermano. Aunado a esto, podrían surgir fantasías de que el bebé en camino los despojará de sus propios deseos, intereses y actividades. No obstante, también se podrían proyectar en el hijo ciertas funciones, como las de reparar viejas separaciones, negar el paso del tiempo y el dolor a la muerte. Basta recordar a aquellos padres que han manifestado su fantasía de que, al tener un hijo, sus problemas maritales se arreglarán y le atribuyen una función de reparación y unión de la pareja. Por otro lado, en ocasiones, la madre pone en el hijo la tarea de completud, de llenar un vacío, por ejemplo, existen madres que toman a su hijo como una pareja y acompañante, de manera que borran las diferencias entre ellos.

La mujer embarazada podría pensar que su bebé corresponderá a su ideal de perfección y que le hará saber lo satisfactoria que es como madre o ver reflejado en su hijo su propia capacidad creadora, porque su cuerpo funciona bien y tiene la capacidad de ser madre. Entonces, pasará de ser la hija que fue cuidada por la madre a la que cuidará de ese pequeño. O bien, podría sentir que, ante la llegada de su bebé, superará los sentimientos de inferioridad y rivalidad que sintió con su propia madre, quien ahora carece de la posibilidad de hacer bebés.

Todas estas posibles fantasías y deseos influirán significativamente en la relación que se establecerá con el bebé y, aunque estos deseos podrían interferir en el desarrollo del niño, son indispensables para preparar a la madre en el vínculo: ella verá a su bebé como único, como la cosa más preciosa, digna de toda su atención para poder cuidarlo y amarlo, sin embargo, esto se tendrá que modular conforme al paso del tiempo, en el que el niño se irá diferenciando por sus propios deseos e ideales y la madre será capaz de encontrar su creatividad en otros aspectos de su vida.

 

Referencias

Brazelton, T. y Cramer, B. (2001). La prehistoria del vínculo. En La relación más temprana. Barcelona: Paidós.

Guerra, V. (2000). Sobre los vínculos padres-hijo en el fin de siglo y sus posibles repercusiones en el desarrollo del niño. Revista Uruguaya de Psicoanálisis. Montevideo: Asociación Psicoanalítica del Uruguay.

Vives, J. y Lartigue, T. (2019). Dinámica de las fantasías preconceptivas. En Apego y vínculo materno infantil. México: Editores de textos mexicanos.