Lo humano y lo inhumano en la mente contemporánea

Por Antonio Reyes

Hace unos 67 mil años, en la cueva de Maltravieso, ubicada en lo que hoy es la ciudad de Cáceres, en España, un grupo de hombres se reunió y pintó las paredes con sus manos. Posiblemente lo hicieron como signo de pertenencia al grupo o como huella de su paso por la cueva. Tal vez fue el modo de señalar que ese espacio estaba habitado, que tenía dueño. Como quiera que sea, el acto de pintar una cueva es algo que se acepta como intrínsecamente humano.

Desde Maltravieso y hasta el día de hoy, en la Tierra han vivido más de dos mil seiscientas generaciones de hombres y, sin duda, con el paso del tiempo, sus necesidades, presiones ambientales y modos de expresión han cambiado enormemente.

Esto nos lleva a preguntarnos: ¿qué es lo humano; lo neta, concreta y característicamente humano? ¿Es lo humano una construcción cultural o un patrimonio filogenético? ¿Cómo se manifiesta y se despliega lo humano en el contexto contemporáneo —y en la práctica clínica psicoanalítica—?

Consideramos que pensar lo humano es una de las tareas más dignas de las ciencias y de las humanidades, incluido el psicoanálisis. Todas estas disciplinas parten de la observación de algún aspecto fundamental de la cotidianeidad del hombre —sean nuestras necesidades, predilecciones, aversiones, admiraciones, menosprecios, elogios, críticas, recomendaciones, censuras, autorizaciones o prohibiciones— para pensar más allá de lo manifiesto. La ciencia, por un lado, centra su estudio en objetos cuantificables, predecibles y controlables. La filosofía, por otro, emplea métodos de reflexión filosófica. Mientras que el psicoanálisis se basa en un acervo de observación, vivencia clínica y sus correspondientes reflexiones teóricas.

Ahora bien, al pensar lo humano surge un tema adicional: lo inhumano. Por lo que nos conviene demarcar términos y establecer una frontera entre lo humano y lo inhumano.

Empecemos por entender nuestras palabras.

Para la Real Academia de la Lengua Española, lo humano es aquello “que tiene naturaleza de hombre”, esto es, un ser animado y racional. Lo inhumano, por su parte, es aquello “falto de humanidad”.

Esto no parece avanzarnos gran cosa, por lo que veamos si la etimología puede aclarar el asunto. La palabra ‘humano’, del latín humanus, significa “lo que procede de la tierra”. ‘Inhumano’, por otro lado, del latín inhumanus, se refiere a aquello que no tiene cualidades de hombre.

Como una pesquisa etimológica tampoco nos resulta de mucha ayuda para entender las palabras que nos ocupan, quizá una búsqueda de ideas afines sea más provechosa.

Un diccionario de sinónimos arroja que, junto a ‘humano’, se encuentran sustantivos como ‘hombre’, ‘persona’, ‘individuo’, ‘sujeto’ y ‘gente’. Mientras que ‘inhumano’ empata con adjetivos como ‘desalmado’, ‘cruel’, ‘brutal’, ‘despiadado’, ‘duro’, ‘feroz’, ‘implacable’, ‘sanguinario’… vale la pena notar que lo humano se relaciona con sustantivos, cuya función es designar un ser, mientras que lo inhumano está relacionado con adjetivos, que designan una cualidad.

En el ámbito de la reflexión filosófica, lo inhumano se ha tratado de entender desde diferentes ángulos. Algunos filósofos piensan que lo humano —lo característicamente humano— tendría que ser muy distinto a lo animal. Ellos proponen una oposición que coloca de un lado al hombre y, en el otro extremo, al género animal como conjunto indiferenciado. De acuerdo con esta propuesta, el hombre sería un tipo de animal diferente: un animal “racional”. En consecuencia, lo que no es humano —lo inhumano— se convierte en lo carente de razón. Una definición basada en la máxima aristotélica de género próximo y diferencia específica, en la cual la diferencia de lo animal radica en la racionalidad, pero a esta también podemos añadir —como lo hace Aristóteles— los sentimientos (pathos) y la palabra (logos) como características definitorias de lo humano.

Friedrich Nietzsche, por otro lado, señala que el hombre es “un animal todavía indeterminado, un animal a falta de sí mismo. Nietzsche dice también, en la Genealogía de la moral [1887], justo al inicio de la Segunda Disertación, que el hombre es un animal prometedor. Lo que Nietzsche entiende por ello, subrayando esas palabras, es un animal que puede prometer (das versprechen darf). La naturaleza se habría tomado como tarea criar, domesticar, ‘disciplinar’ (heranzüchten) a ese animal de promesas” (Derrida, 2008, p.17).

Una idea similar a lo expuesto por Freud en su ensayo de 1930: El malestar en la cultura.

También podríamos considerar que algo característicamente humano es el arte, nuestra capacidad sublimatoria de codificar de un modo “artístico” tanto la realidad como nuestra experiencia interna de ella. Pero, si le preguntamos a los pensadores de la cultura, la cosa no resulta tan clara. En 1913, el poeta francés Guillaume Apollinaire escribía: “Ante todo, los artistas son hombres que quieren llegar a ser inhumanos”. Y, en 1969, Theodor Adorno, miembro de la Escuela de Fráncfort, apuntó, tal vez con más prudencia que: “El arte se mantiene fiel a los hombres únicamente por su inhumanidad con respecto a ellos”.

Señalábamos más arriba la peculiaridad de hablar de lo inhumano a través de sus cualidades, por lo que no debe sorprendernos que algunos filósofos se hayan ocupado del tema en relación con la maldad. Fue el insoportable alemán Schopenhauer quien, haciendo eco de una tradición antigua, sostiene que “la índole del asombro que impulsa a filosofar nace del espectáculo del mal físico y el mal moral en el mundo, los cuales no deberían existir en absoluto, aun cuando guardaran mutuamente una justa relación e incluso fueran superados por el bien. El mal moral, el mal físico y la muerte son lo que cualifica y endereza el asombro filosófico” (2003, p.189).

Además de la filosofía, también podemos dirigir nuestra pregunta a la historia, llena de relatos de poder y muerte que se han granjeado la etiqueta de ‘inhumanos’: el genocidio del Peloponeso, la destrucción de los Madianitas en épocas bíblicas, las guerras Púnicas, la Segunda Cruzada (mejor conocida como el genocidio Cátaro), los genocidios de Gengis Kan que inspiraron al popular villano de Star Trek, la destrucción de los asirios en el siglo XIV, el Holocausto…

Y, si preguntamos a la literatura, podemos citar el juicio tan duro que del hombre hace Shakespeare cuando pone en boca del príncipe Hamlet las siguientes palabras:

“HAMLET (a Ofelia). – ¿Es que deseas ser madre y dar al mundo más pecadores de los que ya hay? No soy peor que la mayoría de los hombres, pero ¡ojalá hubiese muerto en el vientre de mi madre! Soy orgulloso, vengativo, ambicioso y despreciable. Pero ¿qué quieres que haga cuando me arrastro como un gusano entre la tierra y el cielo? Los hombres somos todos unos miserables. No pongas tu fe en ninguno de nosotros”. (Hamlet I, vii)

De este modo, el criterio de demarcación que emerge desde las humanidades sitúa la frontera entre lo humano y lo inhumano en la irracionalidad y la maldad que horroriza.

En los casos más extremos, en los que tradicionalmente lo humano se pone en duda, aparece la reflexión sobre la verdad histórica de la muerte y del poder. Desde la guerra de Troya hasta los campos de concentración del siglo XX, si algo debe quedarnos claro (como aprendizaje histórico, al menos) es que el hombre posee —y muchas veces emplea— el potencial para tratar a otros seres humanos como cosas, al punto de reducirlos a simples cuerpos (asunto pensado en el psicoanálisis contemporáneo).

No perdamos de vista, además, que el mundo cotidiano ofrece todavía más elementos que los que he comentado. Tenemos a la mano (y en abundante provisión) numerosos ejemplos de actos personales, corporativos o estatales que podrían calificarse como “inhumanos”. Sin mencionar que en el consultorio es posible escuchar historias que, según nuestra primera aproximación, bien podrían catalogarse de “inhumanas”.

Sin embargo, hay algo problemático cuando hacemos una lectura psicoanalítica de lo humano, y es que encontramos un amplísimo espectro de situaciones para pensar. Por ejemplo:

– El caso de la mujer de clase media que deja a su esposo para vivir con un hombre sin oficio, que le pega y la droga, del que se embaraza y que se dedica realizar grandes esfuerzos físicos durante el embarazo con la fantasía de matar al bebé. Al dar a luz, la mujer le manda videos a su exmarido de algunos de los actos degradantes en los que se involucró con su actual pareja, mientras que mantiene una vida “normal” de maestra de escuela.

– El caso del hombre que, antes de dejar su empleo de 20 años, a punto de jubilarse, acusa falsamente a sus empleadores con las autoridades hacendarias y provoca un lío delicado para ellos, mientras que al mismo tiempo es un padre y esposo amoroso. Al final las cosas se aclaran y él es perseguido penalmente, metiendo en tremendo problema económico a su familia.

– O, el caso del sacerdote que lucha por el bienestar de su comunidad, mientras abusa de niños entre los 6 y los 9 años.

Aquí nos enfrentamos a la incapacidad del sujeto de lidiar con las paradojas centrales de la vida humana: nacer de nuestra madre y ser separados de ella, vivir nuestra vida y poder contemplarla desde afuera, lidiar con sentimientos a la vez masculinos y femeninos, o de “niño” y de “adulto”, negociar entre el mundo interno y la realidad intersubjetiva, aceptar que estamos vivos, pero un día no seremos más.

En el psicoanálisis observamos lo humano y lo inhumano desde el reconocimiento de un sujeto fragmentado (que es el sujeto del inconsciente): sujeto encarnado, sujeto de pulsiones, sujeto del (y al) discurso del otro y sujeto del núcleo afectivo. Sujeto que, en todo caso, es mentalizante y mentalizado. Así que, desde el psicoanálisis, preguntarse por ‘lo humano’ y ‘lo inhumano’ difícilmente pasará por los filtros tradicionales de lo que es ‘racional’ o es ‘bueno’.

Nos toca enfrentar la idea de que todo lo que vivimos en la clínica es parte de lo humano: la confusión, la mentira, lo perverso, lo maligno… aun si nos resulta difícil de entender o de tolerar.

Acompáñanos este 22 de agosto a discutir algunas de las aportaciones del pensamiento psicoanalítico contemporáneo al problema de lo humano y lo inhumano en un diálogo con ideas pertinentes al campo de la filosofía y la teoría de la cultura.

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Referencias

Derrida, J. (2008). El animal que luego estoy si(gui)endo. (Trad. C. de Peretti y C. Rodríguez Marciel). Madrid: Trotta. (Trabajo original publicado en 2006).

Schopenhauer, A. (2003). El mundo como voluntad y representación, vol. II (Trad. Roberto R. Aramayo). Madrid: Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 1844).

Shakespeare, W. (2007). Hamlet. (Trad., vers. y adapt. J. M. Ruano de la Haza). Monterrey: Universidad de Monterrey. (Trabajo original publicado en 1609).