La escucha analítica

Por Laura De La Torre

El médico no debe de ser transparente para el analizado,

sino como la luna de un espejo, mostrar solo lo que le es mostrado.

Sigmund Freud

 

La diferencia entre hablar con un amigo o un familiar y hablar con un terapeuta es inmensa. Este último cuenta con la preparación para escuchar más allá de lo anecdótico y acompañar al paciente a que también perciba lo que está diciendo entre líneas.

 

Una de las herramienta fundamentales para la escucha y la comprensión psicoanalítica es la transferencia. En un inicio, Sigmund Freud la consideró una rememoración, aquello que en lugar de nombrarse, se actúa y se repite. Más adelante, llamó transferencia a este fenómeno.

 

M. Serra (2021) nos recuerda cómo es que Freud había definido al fenómeno transferencial como un “verdadero amor” que surgía de manera espontánea en la cura y advertía, a los analistas, que ese amor en el consultorio era una reactuación de amores pasados. Por ello, en sus inicios se le percibía como un obstáculo para el tratamiento, pues el paciente dejaba de hablar y en el “talking cure[1], hablar es pieza central (pero no la única).

 

Revisemos los antecedentes y el desarrollo del concepto «transferencia» acentuando tres momentos. El primero es en 1895, con el doctor Breuer y Anna O, cuando se pensó como un falso enlace (o un “error de la persona”), que se refiere a la alianza inadecuada entre el “deseo prohibido”, edípico, actualizado con el terapeuta. Es decir, el amor a las figuras importantes de los primeros momentos de la vida se repite, pero esta vez se dirige al terapeuta. Vale la pena destacar que la transferencia no se da únicamente en el consultorio y que, como más veremos, el terapeuta está formado para saber qué hacer ante ella. En este primer momento, el Dr. Breuer interrumpió el tratamiento y derivó a su paciente; las intensas demandas de amor por parte de Anna O. hacia él dificultaba el desarrollo del proceso terapéutico.

 

El segundo momento significativo se encuentra en La interpretación de los sueños, texto donde Freud profundiza en diversos conceptos psicoanalíticos; ahí comprende que se da una transferencia de sentido. Esto quiere decir, que no solo se transfiere la historia del paciente (al analista), sino también sus afectos, sentimientos, expectativas, deseos infantiles y vínculos. La idea de transferencia poco a poco va tomando un lugar fundamental como mecanismo para entender el inconsciente.

 

En 1905, llega el tercer momento, con el artículo Fragmento de análisis de un caso de histeria. Es aquí donde Freud termina por encontrarse con el afortunado “obstáculo” —motivado por su paciente Dora[2], cuando ella le avisa que suspenderá el tratamiento—. En la elaboración de este historial, se da cuenta de que la transferencia es el gran obstáculo, pero también el impulsor de la cura, ya que permite que el análisis se sostenga.[3]

 

Es así como posterior a su encuentro con Dora, a lo largo de la teoría freudiana, encontramos las transformaciones y precisiones que va haciendo al concepto de «transferencia». Veamos algunos ejemplos.

 

En Sobre la dinámica de la transferencia (1912), Freud describe la transferencia como motor del análisis y también como obstáculo. Considera que el fenómeno transferencial funciona como punta de entrada al tratamiento, favoreciendo el discurso asociativo y, después, cuando las palabras faltan y comienzan las actuaciones, toma otro matiz; convirtiéndose en el arma más poderosa de la resistencia. En otras palabras, la transferencia, en su polo positivo, favorece el tratamiento; en el negativo, lo entorpece al ponerse al servicio de las resistencias. Por esto, el entrenamiento del terapeuta para poder contener e interpretar los fenómenos transferenciales es esencial. Freud nos alienta a visualizar estos fenómenos como una poderosa herramienta para la comprensión de la vida psíquica del paciente. El analista queda asignado por el paciente a un lugar y rol preformados; son patrones repetitivos y existentes de antemano, vivencias emocionales específicas que ahora se reproducen en la relación analítica.

 

Algunos años después, en Puntualizaciones sobre el amor de transferencia (1915), Freud plantea que la transferencia se expresa como una reedición de fantasías, temores, odios y amores con determinadas personas, mismas que serán transferidas a la persona del analista. Ahí mismo, advierte que no se debe responder concretamente a las demandas del paciente y subraya la importancia de sostener el rol analítico, requisito esencial para que el tratamiento funcione. En suma, ese falso enlace es un imprescindible para el tratamiento; no se puede y no se debe evitar. No se trata de satisfacer la demanda emocional del paciente, sino de ser depositario del papel que este le asigna, no contra actuar y mostrar aquello que está depositado en la figura del analista.

 

No podemos dejar de mencionar, dentro de los textos esenciales, Consejos al médico (1912), ya que plantea hasta qué punto la transferencia es solo del paciente. El escrito deja entrever que el médico también es partícipe; por ello, Freud invita a la purificación analítica[4] para eliminar los puntos ciegos en su percepción analítica.

 

Esta idea de Freud evoca las reflexiones que, desde otro ángulo, Jacques Lacan aporta: la idea de que la resistencia no es solo del paciente. El paciente, sin quererlo conscientemente, se resistirá y hará todo cuanto esté a su alcance para esconderse y revelarse (en más de un sentido); pero que la mayor resistencia será del analista. Si las resistencias provienen de él, si sus resistencias se imponen, el análisis no llegará a puerto seguro. Por lo tanto, Lacan invita al analista a quedarse fuera para que pueda ser esa pantalla en blanco.

 

La sumatoria de prejuicios, pasiones y dificultades del analista como persona, son imposibles de erradicar, pero el dispositivo analítico está formado para que se dejen en pausa mientras está con el paciente. La escuela lacaniana no ignora que el discurso del analizado puede despertar algo en el analista y Freud (1912) sostiene que este debe conservar su rol analítico; prestarse como pantalla y no engancharse en una relación imaginaria que entorpecería o aniquilaría el análisis. Si el analista no sostiene su rol, se pierde la posibilidad de abrir un camino a la alteridad donde él represente a otro.

 

El recorrido anterior es un breve acercamiento a uno de los instrumentos analíticos que ofrece el Doctorado en Clínica Psicoanalítica de Centro Eleia.

 

Referencias

 

Casas de Pereda, M., Gil, D. y Schkolnik (1980). Entre la repetición y la ausencia. Revista uruguaya de psicoanálisis, 60. http://publicaciones.apuruguay.org/index.php/rup/article/view/857

 

Freud, S. (1905). Fragmento de análisis de un caso de histeria (Dora). En Obras Completas (vol. 7). Amorrortu.

 

Freud, S. (1912) Sobre la dinámica de la transferencia. En Obras Completas (vol. 12). Amorrortu.

 

Freud, S. (1912). Consejos al médico en el tratamiento analítico. En Obras Completas (vol. 12). Amorrortu.

 

Freud, S. (1915[1914]). Observaciones sobre el amor de transferencia. En Obras Completas (vol. 14). Amorrortu.

 

Lacan, J. (1961). Clase XI. Seminario 8. La transferencia. Paidós.

 

Serra, M. (2021). La transferencia en la última enseñanza de Lacan. Un abordaje posible. Revista Lacaniana de Psicoanálisis, 29, 122-126.

 

[1] Ana O. -una de las primeras pacientes del Dr. Breuer- utilizó la frase “talking cure” para referirse al método psicoanalítico, pues requiere asociaciones libres para poder entender qué es lo que surge en el inconsciente.

[2] Dora es el nombre que le dio Freud a Ida Bauer para el relato de este artículo.

[3] Este caso también es importante para Freud porque va anudando ciertos aspectos de sus teorías sexuales infantiles y del complejo de Edipo.

[4] Forma en la que Freud invita a los analistas al tratamiento analítico personal.