Jugar al ajedrez con la muerte (sobre El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman)

Por Ana Livier Govea L.

 

“En el fondo, nadie cree en su propia muerte, o, lo que viene a ser lo mismo, en el inconsciente cada uno de nosotros está convencido de su inmortalidad.”

  1. Freud

 

El cine del norte de Europa tuvo una fuerte preocupación por la fe y la existencia de Dios. Esta cuestión ocupó parte de la meditación filosófica durante el siglo XIX, la cual es expuesta por Sören Kierkegaard, uno de los exponentes más representativos de la filosofía existencialista, la cual se instituye como una de las principales fuentes de inspiración cinematográfica.

El séptimo sello (1957),es una de las obras más icónicas del director Ingmar Bergman.  La película narra el regreso a la Suecia natal de Antonius Block (Max Von Sydow), un caballero cruzado, quien después de enfrentarse a los infieles en Tierra Santa retorna a Europa en la época de la peste negra que azota al continente, acompañado de su fiel escudero Jöns (Gunnar Björnstrand). Antonius ha conocido a la muerte tras haber enfrentado las crueles guerras en nombre de la religión, y es este regreso al hogar el que supone un nuevo encuentro con el final de la vida y las devastadoras consecuencias de la guerra y la epidemia. 

El caballero se enfrenta a la ominosa muerte (Bengt Ekerot) en una partida de ajedrez. Antonius le propone a la muerte jugar una partida de ajedrez con la esperanza de obtener de esta no solo una prórroga de la vida, sino las respuestas a las obsesiones humanas:  la angustia frente al futuro y la existencia de Dios. El pesimismo del hombre abandonado y desamparado ante la fragilidad de su condición, la incertidumbre sobre las vicisitudes de la vida y la ansiedad existencialista serán las directrices que permitirán al espectador degustar este filme, en donde el elemento clave en la narrativa de esta obra de Bergman es, sin lugar a duda, la muerte.

Este enfrentamiento reflexivo revelará que El Séptimo Sello es una alegoría del hombre que agoniza en su eterna búsqueda de respuestas y obtiene la inminencia de la muerte.

Y es que frente a la intimidación de la muerte los seres humanos nos vemos obligados a recurrir a un armamento defensivo para afrontar la ansiedad que esta provoca. Freud atina en describir la reticencia de la mente para concebir la posibilidad de la muerte propia, comportándonos como si las cosas fueran distintas, “manifestado la inequívoca tendencia a hacer a un lado la muerte, a eliminarla de la vida e intentando matarla con el silencio”. “Yo no moriré… el que muere es el ‘otro’”. Afirma que en el fondo el sujeto no cree en su propia muerte y que en el inconsciente está convencido de su inmortalidad.

Freud pensaba que el sujeto carece de representaciones conscientes o inconscientes de la muerte y, puesto que esta idea es irrepresentable para nuestro aparato psíquico, no se podría experimentar el miedo a esta. Sin embargo, solo porque no podemos percibir el final de nuestra vida no significa que no estamos temerosos ante su culminación: la muerte sigue apareciendo como algo posible y real, aunque la mente se aferre a considerarla como un equívoco. En este sentido podríamos reencuadrar esta afirmación freudiana de que en el inconsciente no existe representación de la muerte y el consecuente miedo a esta; de ser así, no habría relación alguna entre la causa del sufrimiento y la psicopatología. Quizá la angustia frente a la muerte es una angustia fundamental.

El Séptimo Sello nos invita a paladear la inevitabilidad del fin de la vida junto con el temor y la angustia asociados a ella. Y es de esta angustia de donde se desprenden los desenfrenados intentos y la compulsiva necesidad de crear sistemas de pensamiento y mitologías que sugieren la hipotética posibilidad de una vida después de la muerte. “Desde esta perspectiva el existencialismo, como el psicoanálisis, es una invitación a la sinceridad, una renuncia a todo subterfugio más o menos tranquilizante o cómodo; es la pretensión de no acogerse a la fácil conveniencia de la ficción” (J. Vives, 2013, p. 39).

En El Séptimo Sello, Bergman sobrepasa al superhombre de Nietzsche para abrir camino al “ser” angustiado de Heidegger, el ser frente a la nada, que pierde toda posibilidad mientras se desvanece ante la muerte. Cuando Antonius cobra conciencia de que la muerte es un hecho ineludible y que su “presencia” (si es legítimo pensar en la muerte como una presencia) constituye la terminación de toda posibilidad, es entonces cuando esta adquiere una importancia equiparable con el valor de la vida. “Sólo entendiendo la muerte como fin último y no como tránsito hacia otras formas de existir puede justipreciarse el valor único de la vida y de la conciencia de estar vivos” (J. Vives, 2013, p. 38).

Ya lo decía Freud (1915) en su texto sobre lo perecedero, en donde afirma que la pretensión de eternidad resulta dolorosa cuando nos enfrentamos a los confines de la realidad; sin embargo, lo perecedero del mundo, la transitoriedad de las cosas, de los vínculos y de los objetos no les resta valor. La finitud no le resta valor a la vida, por el contrario, ¡incrementa su valor! puesto que, frente a las limitadas posibilidades de gozar de ella, se tornan aún más preciosa.

En el diplomado “Duelos, pérdidas, separaciones” estudiaremos desde una perspectiva plural y multidisciplinaria las implicaciones psíquicas de los duelos, las separaciones y las pérdidas.

Referencias

Asociación Ágape Psicoanalítico Paraguayo. (2006). «Sobre la guerra y la muerte. Temas de actualidad. (1915) Sigmund Freud». Recuperado de: https://agapepsicoanalitico.files.wordpress.com/2013/07/de-guerra-y-muerte-bilingue-tc.pdf

Freud, S. (1987), “De guerra y muerte”, Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, vol. 14.

Sojo Gil, K. (2010). «Pecado, muerte y existencialismo en El séptimo sello (1957) de Ingmar Bergman». El problema divino en el cine nórdico. Clío & Crimen (7), 177-190.

Vives Rocabert, J. (2013). La muerte y su pulsión. México: Paidós.