Pérdida, separación y desarrollo psíquico

Por Mariana Castillo López

A lo largo de la vida nos enfrentamos a un sinnúmero de pérdidas que generan dolor y sufrimiento. Sin embargo, el duelo que sobreviene a la pérdida y a las separaciones también involucra una posibilidad de desarrollo y de crecimiento para el ser humano. En alguna ocasión escuché que “desde que nacemos no paramos de perder; es la historia de la vida y también la historia de la muerte”. Este problema ha ocupado la mente de diversos pensadores, filósofos, antropólogos, psicoanalistas y literatos, quienes han dedicado innumerables obras para tratar de comprender qué lugar ocupan la separación, la pérdida y el duelo en la vida y en el desarrollo. Se nos presenta así la paradoja de la renuncia, pues solo si hacemos frente a ella tenemos oportunidad de crecer y desarrollarnos.

Desde una época temprana en su teoría, Freud se percató de que la ausencia del objeto tiene un lugar fundamental en el inicio del desarrollo psíquico. Plantea que, al nacer, el bebé no es capaz de distinguir diferencias entre él y su madre, a quien vive como parte suya. Este estado se acompaña de una fantasía en la que todo lo bueno y deseable está dentro y lo malo queda expulsado. Es cuestión de tiempo para que en algún momento la madre se ausente y el bebé se enfrente a la tarea psíquica de hacer algo con ello, algo para tratar de entender.

Este fragmento teórico es observable en la vida cotidiana de la relación entre una madre y su bebé: en el juego característico en el que la madre ayuda, de manera instintiva, a su bebé a significar su ausencia, la madre se cubre el rostro, se hace “desaparecer” solo para después aparecer causando el júbilo y la sonrisa del hijo. Freud (1920) le da el nombre de fort-da, acto que cobra una importancia particular porque dentro de la mente del niño aparece una operación compleja que posteriormente le ayudara a enfrentar el dolor de futuras pérdidas. El bebé puede ir conservando en la mente una imagen de la madre a quien al mismo tiempo comienza a percibir de manera separada y puede entonces tolerar y añorar sin sentir que ha desaparecido para siempre. La ausencia del otro produce una experiencia que no puede ser comprendida ni tolerada de inmediato; se requerirá entonces de un proceso mental complejo que se expresa en el juego, los sueños, la poesía, el arte. Podemos pensar que, así como el niño que juega para entender que la madre no esta más, el poeta escribe para tratar de dar sentido a la ausencia, el soñante escenifica el dolor y, mientras sueña, está inmerso en una operación psíquica que tiene la intención de simbolizar, de comprender. Esto mismo lo describe Freud en “Duelo y melancolía” (1915) al hablar de un momento típico del duelo en el que es común soñar que el ausente aún está con vida, que hablamos con él, que nos dice que en realidad ha estado en un largo viaje del que finalmente ha vuelto. Estos sueños dan cuenta de que el proceso de duelo está en marcha y culminará cuando impere el principio de realidad, lo cual permite tolerar que no volverá más.

La separación con la madre en ese momento temprano es solo el inicio, ya que el crecimiento psíquico y el desarrollo implican, por definición, un movimiento que utiliza la pérdida y la separación como materia prima.

En un momento más avanzado nos enfrentamos a la marcha: aprender a caminar, por un lado, ofrece la satisfacción de poder dominar al cuerpo, pero también significa dejar de ser el bebé que depende de la madre para ir de un lugar a otro. Este interjuego entre la ganancia y la pérdida colorea cada momento de la vida y del día a día. Más adelante la pérdida de las heces como la primer posesión del bebé toma el centro y se convierte en una forma de ejercer control sobre el cuerpo, pero también sobre los objetos. En esta ganancia también se presenta el dolor de tener que despedirse de algo muy preciado: se juega la capacidad de retener y de expulsar y, dentro de la mente, se relaciona con la capacidad para mantener al objeto dentro. Para ello es necesario que el nivel de sadismo presente en todo ser humano permita tolerar el odio y los deseos de destruir que surgen al percatarse de que los otros no nos pertenecen y no es posible dominarlos por completo. Posteriormente aparece la angustia de castración como el centro del conflicto que se presenta en la mente del niño cuando atraviesa el Edipo y debe renunciar a sus deseos amorosos hacia ambos padres. Aquí la pérdida de la madre y el padre como objeto de amor permite que se construya una instancia psíquica que nos muestra que estamos sujetos a una ley y que los deseos no se pueden satisfacer de manera total ni inmediata.

Klein (1940), por su parte, integró el conflicto amor-odio como parte fundamental del psiquismo y pensó que los seres humanos establecemos relaciones de objeto desde el inicio de la vida. Para esta autora, la mente tiene una tendencia a separar las experiencias en bueno y malo a partir del dolor y la pérdida, lo que en principio permite lidiar con ello, pero existe la posibilidad de abandonar dicha tendencia para pasar a una visión más integrada del mundo. En este sentido, el tema del duelo y el penar cobran una dimensión amplia, ya que para Klein la posibilidad de tolerar el dolor y de percatarnos de los alcances de nuestro odio y sadismo presenta una oportunidad para el desarrollo y la simbolización.

En el diplomado “Duelos, pérdidas, separaciones” estudiaremos los aportes de diversos autores que, al igual que Freud y Klein, consideraron que el desarrollo psíquico va de la mano con las pérdidas, la separación y el duelo.

Referencias

Freud, S. (1905), “Tres ensayos de teoría sexual”, Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, vol. 7.

Freud, S. (1915), “Duelo y Melancolía”, Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, vol. 4.

Freud, S. (1920), “Más allá del principio de placer”, Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, vol. 18.

Klein, M. (1940), “El duelo y su relación con los estados maniaco-depresivos”, Obras completas, Buenos Aires, Paidós, vol. 1.