Nacer antes de tiempo. Un riesgo para la formación del vínculo mamá-bebé.

Por Gabriela A. Cardós

“…aprendió a conocerlo, se conocieron,

y descubrió con un gran alborozo

 que los hijos no se quieren por ser hijos,

sino por la amistad de la crianza”.

El amor en los tiempos de cólera

Gabriel García Márquez.

En los últimos años, los nacimientos prematuros han aumentado de manera vertiginosa y son muchos los factores que contribuyen a que esto suceda: el aumento de la edad materna, el uso de técnicas de reproducción asistida que dan lugar a embarazos múltiples, enfermedades de la madre, como hipertensión y diabetes, e incluso cambios en las prácticas obstétricas. De acuerdo con cifras de la OMS, cada año nacen en el mundo 15 millones de bebés antes de término, es decir, uno de cada diez nacimientos ocurre de manera prematura, considerándolo así cuando ocurre antes de las 37 semanas de gestación.

La buena noticia es que, gracias a los avances de la medicina, la tasa de supervivencia de estos bebés ha estado incrementándose. Sin embargo, en muchas ocasiones, el tiempo que deben permanecer en la Unidad de Cuidados Intensivos es prolongado, pues su inmadurez física provoca que tengan importantes complicaciones de salud que hacen que se asome el fantasma de la muerte con frecuencia. Por ello es necesario pensar que la prematuridad no supone sólo un mayor riesgo físico y para el desarrollo en todas sus áreas, sino también un peligro en lo emocional, ya que estos recién nacidos fueron privados de un vínculo inmediato con su madre reemplazándolo por máquinas y cuidados de enfermeras y médicos, si bien dedicados, ajenos ellos. Las condiciones de un nacimiento de esta índole se llegan a considerar traumáticas y sus efectos en las madres e hijos son importantes, pues significan una ruptura temprana de la relación e imponen condiciones de vida poco naturales.

De cualquier manera, también es necesario tomar en cuenta que ese nacimiento se inscribirá en las fantasías de la madre, quien tiene una historia particular y, en ese sentido, la relevancia que cobre la experiencia traumática, así como la capacidad para elaborarla, será individual. Habrá quien logre lidiar de mejor manera con esto ‑no sin cierto monto de angustia‑, pero, para otras; el miedo será paralizante, al punto de perder la capacidad para pensar. Aunada a la historia personal de la madre, están las representaciones que se tienen del bebé durante el embarazo, las cuales iniciaron con sus juegos de niña y a partir de la relación que ella misma tuvo con su madre mucho antes, y que serán importantes para la construcción del futuro vínculo y la base de las interacciones posteriores, por lo que el nacimiento prematuro podría ser una situación potencialmente patógena.

Siguiendo a Stern (1977), el proceso de apego se refiere a la instauración de un vínculo con otro que en principio es físico, pero luego psicológico y le provee al bebé una sensación de seguridad cuando está cerca de su mamá. En condiciones “normales” de nacimiento, el bebé es traído a su madre, quien lo explora y desviste, lo toca suavemente y, poco a poco, va reconociendo cada parte de él, convirtiendo así a ese “extraño” en alguien cada vez más familiar y lograr hacer de ese bebé, “su bebé”. La prematuridad impide este proceso, debido a que los bebés se encuentran dentro de una incubadora, el contacto deberá hacerse a través de compuertas, con ruido de máquinas y, sobre todo, con angustia, pues junto con la ambivalencia típica de los vínculos entre padres e hijos y los deseos de muerte hacia ellos, tiene delante a un bebé frágil.

Como lo menciona Solís Pontones (2004), un factor más de riesgo es el hecho de que la madre se identifique con la debilidad de su hijo y, de esa manera, tenga un comportamiento de sobreprotección y mantenga al padre alejado, sin permitirle que se introduzca dentro de ese vínculo como un tercero, teniendo como consecuencia que se establezca una relación simbiótica madre-bebé que obstaculizará el desarrollo psíquico.

Por otro lado, es necesario pensar que el tiempo de gestación permite a los padres prepararse en lo biológico para recibir a su bebé, pero también les da la oportunidad de hacerlo en lo emocional, en otras palabras, hay un proceso de gestación psíquica que va tomando diferentes formas a medida que avanza el embarazo. En ese sentido, diríamos que un bebé prematuro tiene una madre prematura que, además, debe enfrentarse a una situación no planeada que le genera angustia.

Es normal que la mujer cavile por largas horas sobre cómo será ser madre de ese bebé que llevan en el vientre y que cree diferentes escenarios en torno a eso, que tenga pensamientos alrededor del bebé imaginario, como lo denomina Lebovici (2004). No obstante, en la prematuridad, ella no se ha preparado para la llegada del bebé real, porque continúa en un momento en el que sigue implicada con el bebé de sus sueños: el bebé imaginario e idealizado que nada se parece al bebé real. En estos casos, es lógico pensar que la madre no planeaba un bebé en riesgo, en un lugar diferente, conectado a cables, frágil, de un tamaño y características físicas contrarias a las que tenía como expectativa. Este hecho se suma como otro obstáculo en la construcción del apego madre-bebé, pues cuanta más distancia hay entre el bebé imaginario y el bebé real, habrá mayor dificultad en el desarrollo del vínculo con él.

Añadido a lo anterior, el nacimiento antes de tiempo genera perturbaciones en la preocupación maternal primaria y una herida narcisista por no haber completado el embarazo y por haber dado a luz a un bebé inmaduro y frágil. Esto puede llevar a la madre a un estado depresivo en el que aparecen sentimientos de culpa. Además, las separaciones prolongadas entre ella y el bebé le hacen sentir incompetente para cuidar. En algunos casos, incluso se observa un duelo anticipado por el temor a que el bebé no sobreviva.

Por estas razones, es necesario pensar que la experiencia de la prematuridad, si bien no es patológica en sí misma, puede considerarse una situación de riesgo y, por lo tanto, es recomendable que se reciba atención psicoterapéutica de manera temprana. Hay que tomar en cuenta que esta intervención tendría no sólo un efecto terapéutico, sino también uno preventivo.

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Referencias

Brazelton, T. B. y Cramer, B.G. (1990). La relación más temprana. Padres, bebés y el drama del apego inicial. Barcelona: Paidós.

González, F. (2010). Nacer de nuevo: La crianza de los niños prematuros: Aspectos evolutivos. Atención y acompañamiento al bebé y la familia. Cuadernos de psiquiatría y psicoterapia del niño y del adolescente. Núm. 49. Madrid: Sepyna.

Lebovici, S. (1995) La psicopatología del bebé. México: Siglo XXI.

Organización Mundial de la Salud. (2018). Nacimientos Prematuros. Notas Descriptivas. Recuperado de https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/preterm-birth

Solís-Pontones, L. (2004). La parentalidad. Desafío para el tercer milenio. México: Manual Moderno.

Stern, D. (1997). La constelación maternal: la psicoterapia en las relaciones entre padres e hijos. Barcelona: Paidós.