Encuentro Científico Pérdidas. Trauma y duelo

Por Jorge Salazar

 

Las pérdidas forman parte de la vida, condicionan el desarrollo emocional y, debido a la cualidad dolorosa de los afectos que las acompañan, contribuyen al crecimiento y madurez de la personalidad. Sin ellas y sin el dolor que conllevan, la vida carecería de sentido pues, como sabemos, el reconocimiento del carácter cambiante y perecedero de todo cuanto existe, así como de la finitud de la vida misma, permite apreciar lo bueno de las cosas, discernir el grano de la paja y otorgarle valor a la experiencia vivida, emocionalmente significativa. Solo cuando el individuo maduro adquiere la plena conciencia de esta incontrovertible verdad, es capaz de amar, cuidar e intentar preservar los objetos valiosos que lo alimentan y sostienen, para perderlos resignadamente en su efímera existencia.

 

Las experiencias de pérdida, sin embargo, también se relacionan con efectos perniciosos en la psique que, en oposición a lo anterior, conducen a una detención o inhibición del desarrollo, o bien al empobrecimiento y vaciamiento del mundo interno —a la manera de una hemorragia psíquica, como sugirió Freud— que cancela el vínculo libidinal con el entorno, los objetos y consigo mismo. Así, el amor residual que deja a su paso lo perdido no rebasa el interés narcisista o se torna en indiferencia, desvitalización y muerte por lo que el individuo, si acaso no muere en realidad, vive desapasionadamente y se convierte en la sombra de lo que alguna vez fue.

 

Ante estos escenarios dispares, cabe entonces preguntarse por los motivos de tan grande diferencia. ¿Reside implícitamente en la experiencia de pérdida y sus circunstancias o en la especificidad del objeto perdido o de las abstracciones que lo representan? ¿O está determinada por el propio sujeto y los recursos psicológicos de los cuales dispone para enfrentar la adversidad y transformar el infortunio en aprendizaje? Las respuestas afirmativas a estas interrogantes son válidas para orientar la comprensión psicodinámica de las variables involucradas en la elaboración de las experiencias de pérdida.

 

Sabemos que las pérdidas de objetos reales acaecidas en la infancia precoz, durante el período inicial de estructuración del psiquismo, devienen con facilidad traumáticas e impactan negativamente el desarrollo emocional. En este caso, el yo precoz no solo experimenta la aflicción por el objeto perdido sino el desamparo y la angustia de caer en una profunda soledad. Por otra parte, estas mismas experiencias tempranas dejan una huella mnémica imborrable sobre la que se asientan las pérdidas sobrevenidas con posterioridad, dificultando de este modo su tramitación debido a la significación de la que son objeto. Desde la perspectiva psicoanalítica, toda pérdida actual remite a una pérdida acontecida en el pasado infantil —el pecho materno, por definición— de ahí que el procesamiento de aquella, en gran medida, está determinado por los recursos psíquicos creados durante el proceso de elaboración de esta última. Más adelante en la vida, tanto las pérdidas reales como ideales podrán ser debidamente elaboradas mediante el empleo de las funciones simbólicas desarrolladas precisamente por las experiencias de pérdida tempranas. Es en este sentido que las pérdidas conducen al crecimiento de la vida mental al enriquecer el mundo interno con objetos, ahora internalizados, que otrora procuraron satisfacción, placer y bienestar desde el mundo externo.

 

Aunque siempre resulte dolorosa, no cualquier pérdida es desde luego traumática; asimismo, no todos los acontecimientos traumáticos provienen de experiencias de pérdidas. No obstante, existe una articulación posible entre la pérdida y el trauma cuando aquella sobreviene en forma inesperada. En efecto, la pérdida adquiere una cualidad traumática cuando toma por sorpresa al individuo desprevenido, esto es, sin que cuente con la protección natural generada por la angustia —señal necesaria para apercibirse de los peligros y amenazas de la vida— de tal modo que recibe el impacto de la pérdida sin atenuantes de su devastadora fuerza. El énfasis, empero, en las pérdidas traumáticas, recae no tanto en la magnitud de la fuerza avasalladora de la experiencia de pérdida, por muy significativa que ésta sea, sino en su insospechada ocurrencia que desorganiza la sensible vida psíquica desprotegida. En otras palabras, la anticipación de la pérdida es ya un primer paso para eliminar de entrada el efecto traumático y proseguir, en el segundo, a su elaboración mediante el trabajo de duelo, proceso éste consubstancial a toda verdadera experiencia de pérdida e indispensable para lograr su aceptación definitiva.

 

Si en la infancia precoz la experiencia de pérdida es indiscernible del trauma, en estadios más avanzados del desarrollo emocional y en la vida adulta las cualidades afectivas y los efectos anímicos de ambos sucesos son distinguibles entre sí. La pérdida es la ausencia o desaparición de un objeto de amor real o fantaseado, o bien la interrupción del lazo libidinal mantenido con él. Los principales sentimientos que la acompañan son tristeza, aflicción, abatimiento afectivo, culpa, autorrecriminaciones y ansiedades depresivas. El trauma, por su parte, consiste en la irrupción violenta de un monto de afecto, destructivo en la mente, proveniente tanto de estímulos externos como internos. La reacción habitual ante el acontecimiento traumático es una combinación de estados mentales como confusión, parálisis y desorganización psíquica, inestabilidad o labilidad emocional y sensaciones de despersonalización y desrealización, entre otras.

 

Mientras que el objeto perdido permanece en la dimensión psíquica en su calidad de representación, aguardando su ulterior elaboración por medio del trabajo de duelo y los mecanismos de reparación, el acontecimiento traumático, debido a su propia naturaleza, provoca una ruptura del aparato mental, es decir, una escisión o fragmentación del entramado psíquico, que impide, por la misma razón, su inscripción en el psiquismo desgarrado y con ello, obstaculiza su vinculación asociativa con otras representaciones psíquicas. Así, en el momento en que se verifica, el trauma psicológico permanece tópicamente en un espacio desprovisto de la posibilidad de representación. Desligado de sus nexos asociativos, lo impensado pero a la vez fehacientemente vivido, se sitúa en un ámbito que no es psíquico, pero tampoco somático, sino que en forma encapsulada o enquistada, ocupa un lugar fronterizo en el hiato que une y separa estas dos dimensiones del ser, ejerciendo sin embargo, desde ese no lugar sus efectos perniciosos tanto en la mente como en el cuerpo.

 

Desde el punto de vista clínico, la mayor preocupación con respecto a la experiencia traumática radica en su enquistamiento patológico, condición que le concede tanto su cronicidad como el potencial de ocasionar graves consecuencias con su disimulado silencio. Por este motivo, el trauma requiere más que un duelo para su debida tramitación; precisa de todos los recursos simbólicos disponibles para poner en palabras una experiencia de suyo disruptiva de las funciones del pensamiento y lenguaje. De ahí que la estrategia terapéutica deba ser una decidida intervención encaminada a promover el proceso de formación y uso de los símbolos para tornar, en la medida de lo posible, representable lo irrepresentable.

 

En el encuentro científico Pérdidas. Trauma y duelo, tendremos la oportunidad de exponer con mayor amplitud estas y otras ideas psicoanalíticas acerca de la comprensión y abordaje clínico de dichas experiencias que conciernen a todo ser humano.

 

Jorge Salazar