El yo, las relaciones y las estructuras de la mente

Por Laura Irene González

 

Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas. Uno está conformado por tiempos, aficiones y credos diferentes.

Sergio Pitol, El arte de la fuga

 

No es novedosa la afirmación de que estamos habitados por otros o que somos un cúmulo de personalidades, y no es necesario tener algún trastorno para comprobar que en nuestro interior conviven deseos e impulsos opuestos y contradicciones esenciales. Por tal motivo, desde diversas disciplinas como la literatura, la filosofía y el psicoanálisis se han explorado las partes del yo, el cual a veces concebimos como unidad por mero consenso, pero ya varios teóricos, empezando por Sigmund Freud, se aventuraron a definir que está conformado por varias instancias o estructuras.

Otro de estos pensadores fue el psicoanalista y psiquiatra escocés Ronald Fairbairn (1889-1964), uno de los teóricos de las relaciones de objeto perteneciente a la escuela británica de psicoanálisis. Sus ideas fueron difundidas por su discípulo Harry Guntrip, pero, como no hizo escuela, no son suficientemente conocidas, lo cual resulta lamentable por la utilidad que tienen en la comprensión de diversos trastornos y de la estructura de la mente en general. Por eso en esta nota me dispongo a sintetizar algunas de sus ideas principales a partir de su artículo sobre las estructuras endopsíquicas (1947) y de la revisión que hacen Norberto Bleichmar y Celia Leiberman en El psicoanálisis después de Freud (2017).

El padre del psicoanálisis ya había descrito que el aparato psíquico estaba conformado por tres instancias: yo, ello y superyó. Fairbairn reformula esta clasificación y desarrolla una teoría basada en las relaciones objetales tempranas descritas por Melanie Klein. Sin embargo, aunque éste sea su punto de partida y coincida con ella en que la madre tiene un papel estructurante primordial para el desarrollo de la mente, Fairbairn no acepta la teoría pulsional de Freud, como sí hizo Klein. En cambio, él considera que no hay una energía que busca descargarse en un objeto, más bien hay una relación objetal en la que hay emociones e impulsos. Esto implica que la formación de la estructura mental (que él denomina “estructura endopsíquica”) no recae en pulsiones innatas, sino que termina de desarrollarse en la relación con el entorno, es decir, en la experiencia directa.

Al cuestionar las pulsiones de Freud, éste y otros teóricos de las relaciones objetales, como Guntrip y Balint, intentan buscar otra explicación a los impulsos agresivos y deducen que son producto de una frustración del entorno. Por lo tanto, el sujeto es resultado de las gratificaciones y frustraciones de su infancia temprana. Este énfasis en el entorno y la experiencia directa se refleja en la clínica, de modo que el analista hereda el papel de la madre y por eso es vital que sea tolerante y paciente, y que genere un clima emocional adecuado.

Para ellos, los impulsos no existen aislados de las relaciones objetales. Estos teóricos parten de que la energía psíquica o libido busca un objeto, y no el placer como decía Freud. Esto quiere decir que la libido está orientada primordialmente a crear lazos o relaciones con objetos externos (personas), no a descargar pulsiones; ésa sería más bien su consecuencia. Aquí es importante recordar que para el psicoanálisis “una persona es calificada de objeto, en la medida en que hacia ella apuntan las pulsiones; no hay en ello nada de peyorativo, nada especial que implique que a la persona en cuestión se le niegue la cualidad de sujeto” (Laplanche y Pontalis, 1993, p. 360).

Fairbairn postula que las relaciones de objeto se internalizan en la mente, lo cual da origen a las estructuras endopsíquicas. Para él la mente es un mundo habitado por objetos internos, y todo parte de la relación con la madre. Según este modelo, la mente se divide en cinco estructuras: tres estructuras del yo (“yo central”, “yo libidinal” y un yo agresivo y perseguidor denominado “saboteador interno”), así como dos estructuras de objeto (“objeto rechazante” y “objeto necesitado”).

La situación mental básica que él define (es decir, la “normal”) es cercana al patrón de la posición esquizoide, particularmente en el sentido de que el yo está disociado. ¿Pero cómo surge esa disociación? Veamos estos conceptos punto por punto.

Para empezar, “un objeto interno es una parte del self, una representación que resulta de internalizar una relación interpersonal, tanto con las características de las experiencias reales como con las fantasías internas, propias de cada persona” (Bleichmar y Leiberman, 2017: p. 301). Así, el sujeto integra en su mente una representación de cada persona con la que se relaciona; ese objeto interno formará parte de su realidad interior y tendrá repercusiones directas en su forma de interactuar con la realidad externa.

El primer objeto interno (u objeto primario) es la madre, que se internaliza como dos objetos: como objeto bueno (en tanto que nutre y satisface necesidades) y como objeto malo (por cuanto genera de frustración cuando no logra satisfacer o cuando rechaza). Cada teórico de las relaciones de objeto describe particularidades acerca de cómo se lleva a cabo este proceso y las repercusiones que tiene, pero en lo que están de acuerdo es en que a partir de ese primer modelo se formarán el resto de las relaciones de nuestra vida.

En el caso de la teoría de Fairbairn, el bebé tiene desde el nacimiento un “yo central”, que es la estructura primaria de la que derivan las otras estructuras mentales. A partir de la frustración que siente el infante de que sus deseos y necesidades no se vean siempre satisfechos, la madre se vuelve para él un objeto ambivalente, que a veces lo satisface y a veces lo frustra. Para sobrellevar esa contradicción, disocia a la madre en objeto bueno y objeto malo. Y como en su realidad interna es donde siente que tiene mayor control, internaliza a ese objeto malo para tratar de dominarlo, pero a su vez lo divide en dos facetas: una que lo frustra (“objeto rechazante”) y otra que lo tienta y atrae (“objeto necesitado”).

Luego trata de reprimir, mediante la agresión, a ese objeto malo internalizado y dividido que, a pesar de todo, sigue compartiendo el vínculo amoroso con el objeto bueno. Y como es inconcebible que el yo como un todo se reprima a sí mismo, aquí surge la división del yo central, pues es mucho más factible que una parte del yo reprima a otra (Fairbairn, 1947). Entonces surge una parte del yo que sigue vinculada al objeto necesitado, a la cual denomina “yo libidinal”, y hay otra parte agresiva que quiere reprimir al objeto rechazante, ése es el “saboteador interno”. Al mismo tiempo, ambas partes del yo, por estar ligadas al objeto malo, son reprimidas por el “yo central”. Esto implica que el yo central reprime, mediante la agresión, tanto a los objetos malos internalizados como a los yos subsidiarios que son ese yo necesitado o libidinal y el saboteador interno o yo antilibidinal.

Fairnbairn no vaciló en desechar algunos postulados de la teoría freudiana para reformularlos a partir de su propia visión sobre las relaciones objetales. En su concepción, el vínculo con la madre es lo que prima, no las pulsiones innatas, y es también lo que marca las diferencias psíquicas internas. Esto lo aplicó directamente al tratamiento de pacientes gravemente perturbados, pues estaba convencido de que el origen de las condiciones psicopatológicas se encuentra en las perturbaciones que afectan a las relaciones objetales durante el desarrollo. Esto quiere decir que los problemas de la personalidad están vinculados a las relaciones de varias partes del yo con los objetos internalizados.

Por otra parte, Fairbairn concibe los sueños como cortometrajes que reflejan la realidad interior, más que como realizaciones de deseos (según Freud); para él son una especie de puesta en escena en la que cada personaje es una parte de la mente del soñante. En consecuencia, utiliza la interpretación de los sueños para entender las relaciones objetales del paciente y sus perturbaciones, además de que se centra en el fenómeno de la transferencia pues considera que “los resultados terapéuticos están íntimamente relacionados con el establecimiento, por parte del enfermo, de un tipo especial de relación de objeto con el analista” (Fairbairn, 1947: p. 351).

Por eso no es de extrañar que Bleichmar y Leiberman concluyan que “la descripción de la estructura endopsíquica propuesta por Fairbairn, y en especial la aplicación que él sugirió en la interpretación de los sueños, es considerada hoy en día una de las formas más interesantes de manejar el material proporcionado por el paciente en la sesión” (2017: p. 295).

 

Referencias

Bleichmar, N., y Leiberman, C. (2017). El psicoanálisis después de Freud. Teoría y clínica. México: Paidós.

Laplanche, J., y Pontalis, J. B. (1993). Diccionario de psicoanálisis. Barcelona: Labor. (Obra original publicada en 1967.)

Ronald, W., y Fairbairn, D. (1947). Las estructuras endopsíquicas consideradas en términos de relaciones de objeto. Revista de Psicoanálisis, 5(2): 346-395.