El romanticismo y su influencia

Por María Antonieta Rosas Rodríguez

Alrededor de la década de 1760, surge en Alemania un movimiento artístico denominado el Sturm und Drang (traducido como “tormenta e ímpetu”), cuya propuesta declaraba la superioridad de los sentimientos por sobre la razón desapasionada que enarbolaba la Ilustración francesa, preeminente en Europa durante gran parte del siglo XVIII. Así, en una especie de irracionalismo, el conocimiento científico (y racional) se ve desplazado, en el Sturm und Drang, por la intuición y el sentimiento como modos de conocer el mundo que resultan más acordes al idealismo alemán, representado, entre otros, por Kant y Hegel.

 

No sorprende demasiado que la “rebeldía” estética de esta propuesta alemana pronto cristalizara en un movimiento artístico que marcaría el siglo siguiente y cuyos efectos aún son tangibles a doscientos años de distancia: el romanticismo.

 

Las limitaciones del presente artículo nos impiden explicar este movimiento a detalle, así que habremos de contentarnos con una definición escueta que explica al romanticismo como un movimiento que promueve el individualismo y la imaginación, y la idealización de conceptos tales como el amor, la naturaleza y el pasado, al mismo tiempo que concede a los artistas la libertad de expresar su propia y particular subjetividad. 

 

En el curso «Psicoanálisis, literatura y cine», hablaremos, entre otros temas, del que acaso sea el subgénero romántico más popular de todos: el gótico. Sus historias, ubicadas en lugares siniestros y pobladas de elementos sobrenaturales, con su atrayente combinación de amor y romance, todavía son parte de los catálogos de cines, librerías y canales de streaming.

 

El gótico decimonónico —con una estética derivada del conflicto entre la razón y la locura, el orden y el caos, lo moderno y lo atávico—, décadas más tarde, ofrecerá al psicoanálisis terreno fértil para explorar conceptos como lo ominoso, el desdoblamiento y la erosión del yo. Ejemplo de esto es el ensayo publicado por Sigmund Freud en 1919, Das Unheimliche, en donde el padre del psicoanálisis toma un cuento gótico alemán, “El hombre de la arena” (Hoffmann, 1817), como punto de referencia para construir su concepto de lo ominoso (también, lo ‘siniestro’).

 

Sin embargo, no es solo en el ámbito del psicoanálisis donde se nota la influencia del gótico romántico. También, en las primeras décadas del siglo XX, podemos encontrar su influjo en la más moderna de las artes: el cine.

 

Obras góticas literarias como Frankenstein (Shelly, 1818), El vampiro (Polidori, 1819), Fausto (Goethe, 1808 y 1832) y El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde (Stevenson 1886) inspirarán —tanto en términos argumentales como de propuesta escénica— importantes obras cinematográficas como El gabinete del Doctor Caligari (1920), El gólem (1920), Nosferatu (1922), El estudiante de Praga (1926) y Fausto (1926).

 

Conforme avanza el siglo XX y las ideas del psicoanálisis se instalan más firmemente en el discurso colectivo, veremos en el cine y en la literatura una transformación del concepto gótico de lo ‘monstruoso’. Los elementos sobrenaturales y los seres fantásticos darán paso a los monstruos internos que habitan nuestro inconsciente y escenifican la lucha de nuestra mente racional contra nuestros impulsos y deseos más irracionales.