¿Podemos hablar de una psicopatología infantil? Reflexiones en torno al diagnóstico en niños

Por Michelle Aymes

 

La infancia es un periodo en el que el psiquismo está en vías de construcción, por lo tanto, no podemos hablar de diagnósticos fijos. Cuando nos llega un niño a consulta, es importante pensar qué conflictivas ocurren en su mente, ya que la experiencia clínica con estos pacientes nos ha enseñado que el niño sufre, tiene angustias o atraviesa por conflictos que, en ocasiones, lo detienen en su desarrollo psíquico. Diagnosticar no es estigmatizar o poner una etiqueta, sino delimitar los conflictos que están en juego, cómo pesan en lo intersubjetivo y las defensas que se han ido estructurando ya en ese niño.

 

Es de vital importancia detectar dificultades tempranamente para intervenir de manera oportuna. Esto no implica dar diagnósticos definitivos, porque no hay causas únicas para los síntomas y no podemos comprender cada situación desde un mismo vértice. Lo importante es poder mirar la realidad psíquica del niño, sus fantasías, sus angustias y sus modos de relación, entre otras cosas. Por otro lado, no podemos pensarlo como un ser independiente de la estructura familiar y de lo que ocurre en ella. Catherine Mathelin (1994) contrasta dos experiencias clínicas. En una de ellas, el chico llega a la consulta sin los padres; en la otra, hay unos padres que demandan análisis para su hijo, pero en el discurso no le dan un lugar. En ambos casos, piensa que no puede darse un trabajo terapéutico.

 

Además de no pensar al niño separado de sus padres, cabe destacar que este cuenta con un mundo interno propio. Las experiencias se podrán registrar y comprender de una manera u otra. Un niño podrá vivir un evento como terrorífico, mientras otro podrá percibirlo más bien placentero. Como señala Beatriz Janin (2012), todo niño arma un recorrido propio, dado por sus propias disposiciones y por el encuentro que pudo armar con los adultos que lo rodean.

 

Tenemos que tomar en cuenta que los trastornos de aparición temprana van a cobrar diferentes sentidos a lo largo del desarrollo, pues en cada etapa se estará reorganizando algo distinto. Janin (2012) lo ejemplifica con el miedo a la oscuridad.  En los primeros años, este tiene que ver con el miedo a la ausencia o a la separación de los padres y en etapas edípicas, vemos que, en ocasiones, estos miedos se anclan a esta conflictiva. Sergio de seis años está en constante lucha por el lugar que ocupa en la familia. Se pone grande como el padre que mira como omnipotente, pues cree que posee cualidades grandiosas y que todo lo puede. Además, en sus juegos, plasma el deseo de quedarse pegado a la madre. Sergio tiene miedo a la oscuridad y tiene sueños recurrentes en los que hay personajes que lo persiguen, una bruja que lo come o que pierde partes de su cuerpo.

 

Como se mencionó antes, cada sujeto significará las experiencias de manera distinta. Sin embargo, podemos considerar algunas dificultades centrales que impiden o favorecen el desarrollo mental. Varias posturas psicoanalíticas coinciden en pensar que la diferenciación entre la madre y el bebé, así como la separación paulatina y la creación de una identidad propia son logros del desarrollo psíquico o piedra angular de algunas patologías.

 

Por otro lado, las fallas para significar o representar las experiencias es otra de las dificultades relevantes. La capacidad para simbolizar se da a lo largo del desarrollo, pero aparece en los primeros años de vida como una herramienta para procesar las emociones que, a veces, se sienten intolerables. Por ejemplo, una niña después de estar en el hospital por un virus que le generaba vómitos constantes, armaba una historia con sus muñecas:  vomitaban sin cesar, se asustaban, querían a su mamá y más tarde la doctora las curaba. De esta manera, a través de sus juegos, representaba sus temores, vivencias y fantasías. Esto da la posibilidad de tramitar afectos, pues de lo contrario quedarían en ocasiones ligadas al cuerpo, deviniendo, por ejemplo, en algo psicosomático.

 

Todos los seres humanos nos enfrentamos con diversas ansiedades en el transcurso de nuestra vida, incluso, desde etapas tempranas del desarrollo. Para Melanie Klein, la ansiedad es un motor del desarrollo psíquico, pues nos empuja a establecer una relación con el objeto, a relacionarnos con el afuera, pero también, en algunos casos, a manifestar una psicopatología. En el funcionamiento mental aparecen diferentes tipos de ansiedades y es muy importante en la clínica el tipo de ansiedades predominantes, ya que nos ayudarán, entre otras cosas, en el diagnóstico y a comprender mejor al paciente; por ejemplo, si nos encontramos con ansiedades de tipo neurótico o psicótico. Freud habló de las angustias vinculadas al complejo de Edipo, la rivalidad, los celos, la exclusión y las ansiedades de castración. Por otro lado, habló sobre la angustia que el bebé siente ante la ausencia de la madre y ante la imposibilidad de satisfacer sus deseos. Posteriormente, Klein habló sobre las ansiedades más tempranas, las depresivas y las persecutorias que serán un eje central para comprender el psiquismo.

 

Los eventos que ocurran durante la infancia dejarán una huella y tendrán un lugar en la mente del niño de acuerdo con varias circunstancias: el momento del desarrollo, el estado anímico de los que lo rodearon, cómo se enfrentó la situación (por ejemplo, si se volvió algo que no se podía hablar), la realidad psíquica y los recursos internos del niño.

 

El trabajo con niños es una tarea compleja y, a la vez, apasionante. Te invitamos al diplomado «Embarazo, parentalidad, desarrollo temprano y psicopatología infantil».  Estudiaremos los primeros años de la infancia y el trabajo clínico con niños.

 

Referencias

 

Janin, B. (2012). El sufrimiento psíquico en los niños. Noveduc.

 

Matheline, C. (1994). Clínica psicoanalítica con niños. Nueva Visión.