En torno a “El machismo mexicano: La huida de la femineidad” de Marvin Goldwert (Primera parte)

Por Elia Olvera

El tema del machismo se aborda en diversos foros y manifestaciones culturales de la actualidad, es por esta razón que deseo comentar un poco acerca de un artículo que, particularmente, considero muy interesante por la perspectiva con la que trata este tema: “El machismo mexicano: La huida de la femineidad” de Marvin Goldwert.

El doctor Goldwert señala que en el centro del machismo mexicano se encuentra la negación de la bisexualidad o la huida de la femineidad, lo sobresaliente es que el doctor Goldwert trata de explicarlo no sólo desde una perspectiva psicoanalítica, sino también desde la histórica.

Recordemos que el concepto de bisexualidad fue introducido por Freud, quien afirmaba que todo ser humano tendría disposiciones sexuales tanto masculinas como femeninas, que se manifestarían en los conflictos que experimenta para asumir su propio sexo. Esto, sin embargo ‑dice Goldwert‑, no se aprecia en la sociedad mexicana, pues apunta que el macho mexicano reprime los sentimientos de femineidad y se protege de ellos adoptando el papel de hombre viril y temerario. Mismo que es resultado tanto de fuerzas históricas, como del condicionamiento familiar.

De acuerdo con el sociólogo Salvador Reyes Nevares ‑citado por Goldwert‑, la sociedad mestiza se forjó dentro de una bisexualidad metafísica: los conquistadores españoles desempeñaron el papel de intrusos masculinos activos que, literalmente, violaron a la civilización india pasiva/femenina. Fueron, además, los primeros machos: hombres valientes, crueles, incansables, audaces y villanos. Una vez conquistados, los indios se rindieron con lamentos y pasividad femenina. Por lo tanto, el macho moderno es el mestizo inseguro producto de esta bisexualidad metafísica, es decir, es un hombre atormentado por la femineidad del papel del indio y la traición de la Malinche (la madre universal de México y la amante india de Cortés), por lo que busca el resarcimiento y adopta un papel hipermasculino.

Goldwert manifiesta que, a partir de la Conquista, existe en cada hombre mexicano una polaridad estereotipada en que la masculinidad es sinónimo de la personalidad activa-dominante y la femineidad de la pasiva-sumisa. Más adelante, en el México colonial, la bisexualidad metafísica pasó de los españoles y los indios al macho y la mariana: las relaciones entre hombres y mujeres se ajustaron a un molde estereotípico del hombre dominante y agresivo, y la mujer abnegada, pasiva y obediente. Durante la época de la Independencia, el machismo surgió de una forma política violenta en la figura del caudillo (el hombre fuerte y carismático), que era la personificación de la agresividad sexual, la masculinidad, la acción y la temeridad, el sucesor del conquistador.

Posteriormente, veremos que en la imagen de Porfirio Díaz se mezcló el paternalismo y el machismo (macho supremo y figura paterna). Luego, la Revolución Mexicana desató una orgía de machismo, desenfreno sexual y destructividad. De manera que Pancho Villa se convirtió en un modelo de virilidad que tenía los atributos que caracterizan el machismo: narcisismo, petulancia, agresividad destructiva, odio hacia los superiores, profundo desdén hacia la mujer y un gran amor por la madre, según lo describe el psicoanalista mexicano Aniceto Aramoni ‑también citado por Goldwert en su artículo‑. Posterior a la Revolución, la historia y el acondicionamiento familiar se funden en el fenómeno del machismo mexicano.

En la segunda parte de este artículo, abordaremos las conclusiones con las que Marvin Goldwert cierra su interesante trabajo, en las cuales explica cómo se ve reflejada la herencia de los contextos mencionados en la actual figura del macho mexicano.

 

Referencias

Goldwert, M. (1985). Mexican Machismo: The Flight from Femininity. Psychoanal. Rev. 72(1):161-169.