‘El Rey León’, una mirada psicoanalítica

Por Sara Fasja

 

Este verano tuvimos el placer de mirar cómo la tecnología y el desarrollo de las imágenes generadas por computadora llevaron la clásica historia de dibujos animados de 1994 a convertirse en una obra de alto nivel pictográfico que permite a la audiencia revivir las maravillosas escenas y diálogos que nos cautivaron hace 25 años.

El Rey León está impregnado de sentidos y significados emocionales, y es lo que quiero exponer en estas cortas líneas, señalando de forma sintética algunos de los conceptos psicoanalíticos a la luz de las teorías de Sigmund Freud y las valiosas aportaciones del psicoanalista postkleiniano Donald Meltzer. Cabe mencionar que también podríamos pensar estos mismos temas desde otras perspectivas y otras escuelas psicoanalíticas, que nos ofrecen importantes y valiosas ideas alrededor de estos mismos conceptos.

Simba tiene tantas ganas de ser grande como lo vemos en cualquier niño chiquito que se cree grande, fuerte y poderoso como su papá, y que no se da cuenta de la diferencia generacional sino a través de sus propios fracasos y de la comparación con los adultos. Es interesante observar cómo Simba se pone en peligro en repetidas ocasiones sólo para probar que ya tiene ese rugido de grande o, como Freud lo plantea, ese “pene grande” que tanto desea el hijo que envidia al padre y cree que se puede conseguir en forma rápida y omnipotente (esta comparación con el padre es un concepto que inferimos gracias al psicoanálisis de niños y adultos). La canción “I Just Can’t Wait to Be King” refleja precisamente eso: a Simba le urge ser rey, pero esa urgencia de sentirse libre haría de él un gobernante prepotente que desea el poder y el reino, más por una motivación infantil que por querer gobernar con responsabilidad y cuidado.

Mufasa muestra la imagen de un sabio que tiene buenos consejos y actos, pero su autoridad es desafiada una y otra vez. No logra parar al niño frenético. Él y Sarabi se muestran ingenuos y débiles cuando se trata de su hijo, al igual que a veces los padres cerramos uno o hasta los dos ojos cuando se trata de los nuestros.

No sé si podría aventurarme a pensar a Zazú como el superyó, esa prohibición de los padres que inicialmente es externa y en algún momento se internaliza. Zazú ocupa el lugar de la conciencia moral en la película: una figura perseguidora que posteriormente se convierte en protectora. Cuando se acepta el lugar de los padres, se puede admitir a ese superyó como una figura bondadosa que cuida y protege, y no como un ente perseguidor del que uno quiere escapar.

Skar es el prototipo de la perversión, entendida desde los desarrollos teóricos de Donald Meltzer. Este médico y psicoanalista estadounidense describe que el perverso tiene dentro de su mente un outsider, un personaje que utiliza los dolores infantiles como propaganda para engatusar al niño de la mente y convencerlo de hacer maldades, justamente para triunfar sobre esos sentimientos infantiles dolorosos. Cuando Skar convence a Simba de ir al cementerio de elefantes, utiliza lo que sabe que más le duele, es decir, su pequeñez y sus límites, la comparación con los adultos, el enojo contra su padre y su rivalidad con él. No hace falta más que usar esa propaganda para desatar la desobediencia en Simba, y es esa misma propaganda la que en la mente de Skar justifica la crueldad y malicia de matar a su propio hermano. Las ganas de ganarle a su hermano, la inferioridad y los celos ─emociones todas naturales entre hermanos─ en Skar se convierten en la justificación de sus actos asesinos.

Simba siente que ha matado a su padre (aunque eso no fue del todo verdad), pues sus deseos inconscientes probablemente sí eran deshacerse de su padre para tener él la fuerza, el reino y a las leonas. Freud nos ha enseñado que la culpa viene por los deseos inconscientes infantiles, ya sean sexuales o agresivos. La culpa de Simba es demasiado grande para soportarla, no la aguanta, necesita escapar.

Ahora vayamos a los personajes divertidos de la película: Timón y Pumba. Estos dos llevan a Simba a encontrar la defensa perfecta para dejar de sentir esos dolores insoportables con los que escapa, que son la culpa intolerable, la indecible tristeza por la pérdida de su padre y la pérdida de su hogar. Esos sentimientos tan dolorosos son rápidamente sustituidos por dos palabras mágicas, Hakuna Matata o, como se diría en México, “me vale”. Con esa filosofía ya no duele nada, todos esos sentimientos son negados y escondidos en lo más profundo de la conciencia. Ya no se ven. Pero con esa negación también sobreviene una limitación grande para convertirse en quien uno puede ser. Se necesita poner esfuerzo para dejar esos sentimientos afuera, y esto implica que no queden fuerzas disponibles para hacer algo más, para asumir ninguna responsabilidad, para ser uno mismo. Simba pasa de ser carnívoro a comer insectos, de ser el rey de la selva a ser uno más de los animales que no hace nada especial. Sí, ya no siente tristeza ni culpa, pero el precio es caro.

Pienso que la línea de la vida de la que hablan Timón y Pumba contrasta con el círculo de la vida de Mufasa, pues la primera representa la bidimensionalidad y el segundo la tetradimensionalidad de las que habla Meltzer. La línea no conlleva ni responsabilidad ni sentido, simplemente uno nace, come y se muere, sin influir ni ser influido, sin hacer nada importante. El círculo representa un sentido, un impacto de lo que uno hace en los demás y en uno mismo, una circularidad de la vida que implica pensar.

Pensar duele y no todos lo aguantan, porque nos enfrenta con la vida, con uno mismo, con el dolor, la culpa y la responsabilidad. Meltzer dice que el núcleo de la mente son las emociones, y el enemigo número uno de la mente es el antipensamiento, que uno utiliza para defenderse del dolor mental, quedándose en la protomentalidad al rehusarse a entrar en contacto con lo más profundo de sí mismo, precisamente porque esto lo enfrentaría a un dolor intenso.

El proceso por el que pasa Simba para hacerse responsable y sacar su potencial es muy parecido a lo que sucede en un análisis, obviamente sin considerar que Simba lo hace en unos pocos minutos. El primer paso es cuestionarse, escuchar a Nala, quien representa a un amigo verdadero que hace reflexionar, o en nuestra analogía podríamos pensar en el trabajo del analista. Después de la confrontación y una mirada afuera de sí mismo, Simba se enfrenta con las dudas acerca de quién es, pero Rafiki le muestra que su padre está dentro de él.

Esta maravillosa imagen de Mufasa reflejado en él mismo difiere de la de Narciso, quien también se refleja en un lago, pero lo que ve es su propia imagen, a diferencia de Simba, quien logra ver en el agua el reflejo de su padre, una figura interna que representa su pasado, su herencia y su papel en el ciclo de la vida. Puede ver a ese padre que creía perdido, valorarlo y guardarlo dentro de sí. De esta manera logra internalizar a un padre bueno, creativo, que se convierte en fuente de admiración, inspiración y motivación. Esta posibilidad de introyección de los padres es lo que le permite a Simba tener la fuerza y la valentía para enfrentarse a sí mismo y a Skar.

Meltzer propone que, cuando hay un verdadero pensamiento, el mundo se voltea patas arriba, uno deja de ser quien era antes, se produce angustia, miedo y a la vez alivio y coraje. Esos verdaderos sentidos son por los que vale la pena el esfuerzo de pensar, y es algo que se puede producir en un proceso analítico. Es este sentido lo que llevó a Simba a esforzarse, luchar y ocupar su lugar como el Rey León.

 

Referencia

Meltzer, D. (1974). Los estados sexuales de la mente. Buenos Aires: Kargieman.