Zurcidos invisibles: interpretaciones entre Edipo y Narciso

 

 

 

 

 

 

 

“¡Corran todos al abordaje!

Yo hago todos los arreglos,

Aporto gran cuidado a las costuras,

A los desgarros como a las roturas”.

 

Zurcidos Invisibles, 1996

Luces de neón, agujas y papel

Alan Glass

 

 

El oficio de la sastrería y el arte del zurcido guardan, quizá, una íntima relación con el psicoanálisis. Cada historia que pasa por el diván da cuenta de los huecos, roturas y remiendos que han atravesado a cada sujeto y lo conducen a ser quien es. La trama que se hila en cada vida comienza mucho antes del nacimiento. Las primeras costuras de la existencia se dan en el juego de sostén y contención con el otro durante los inicios de la vida. También ocurren ahí las primeras desgarraduras, ausencias y malentendidos. Esa trama fina constituye el basamento para la creación de conceptos y convicciones que dan forma y sentido al paso del tiempo. La mente se configura como una trama en la que coexisten otras tramas sólidas, desgarrones y parches que, en suma, aportan una red de significados, conceptos y expectativas para el resto de la vida.

            Donde hay un remiendo en la biografía, hubo un desgarrón; donde salta a la vista una costura, se confiesa una discontinuidad o, tal vez, una ruptura. Esta es quizá una verdad incontrovertible: el paso por la vida no está exento de pasiones, tensiones y conflictos internos. El remiendo de una prenda reconoce su historia afectiva; el parche, magistral o torpemente ejecutado, señala el dolor que causó su daño. La sastrería y la costura difieren del psicoanálisis en tanto la estructura psíquica equivale a un atuendo que se confecciona en tiempo real y en diversas capas. Es tan propio que rara vez se tiene conciencia de que se lleva a todas partes. El sastre-analista no es quien trabaja y une la tela o altera la estructura de la ropa. Sabe, sin embargo, de un método para identificar los modos en que el portador del traje ha ido modificando y reparando su atuendo, no siempre del modo más eficaz o estético.

            Desde las teorizaciones freudianas se ha conceptualizado el síntoma neurótico como una solución de compromiso frente a tensiones internas intolerables. El psicoanálisis clásico mostró que existe un universo de pasiones detrás del bordado perfecto de la vida convencional. El síntoma neurótico denuncia un punto en donde lo inconsciente aflora. Más allá del bastidor de la comprensión racional, yace, en la desorganización, lo inconsciente, lo propio, el sello personal de amor y hostilidad que se lleva siempre a cuestas. En el campo de las neurosis, cuando las tensiones de la vida desafían el rígido patrón de la lógica, relucen los desgarros de la trama interna; cuando esta urdimbre no alcanza, aparece el síntoma. Las nuevas conexiones de significado que genera la práctica analítica zurcen, recubren y engrosan la trama, de modo que pueda surgir un nuevo entendimiento.

            Existe, sin embargo, una condición previa para el tejido de estas historias: tramas aún más básicas. Existe un hilado fundamental para la existencia, vinculado con los conceptos y experiencias que echan a andar el proceso de humanización; en el psicoanálisis, ni la condición humana viene determinada previamente, sino que se construye en un vínculo. No se pertenece al campo de lo auténticamente humano, sino hasta que el objeto, el otro, entra en escena para sostener y dotar de sentido a la cacofonía de excitaciones corporales y necesidades básicas.

Diversas tradiciones teóricas han nombrado este proceso o han edificado su práctica en torno a él. Freud (1914/1992) inauguró el campo a través del estudio del narcisismo; otros le han llamado rêverie, conflicto estético, estadio del espejo, y un largo etcétera. La historia es la misma: sin investidura de los padres, o sin tolerar la tensión entre el deseo y los ideales depositados en un bebé y la realidad de su otredad e independencia, se abre la puerta a grandes dificultades. El sostén vital, el afecto, el pensamiento, la imaginación de los padres y su ternura constituyen la primera puntada que une la existencia de un ser humano. Ideas como presencia, ausencia, amor, desprecio, espera y gratitud tienen su génesis en este momento inicial.

En términos afectivos, se instaura la creencia primigenia de que uno es lo suficientemente bueno para ser sostenido por otro, para no morir en el desamparo y, en su lugar, hacerse objeto para la hospitalidad del otro. Si cabe decirlo de otro modo, el núcleo de un ser humano es la convicción de la existencia de algo digno de suscitar amor y ternura.

            Nadie sale inerme de este proceso y es usual que toda urdimbre psíquica tenga sus desgarros, una que otra costura que de repente salta ante la tensión. Los síntomas neuróticos, los padecimientos del alma, siempre dicen algo de las heridas al narcisismo infantil. Ya Freud mencionaba la necesidad de analizar el Ello y el Yo en un movimiento pendular en todo análisis: el Yo como tributario de los vínculos que dan cuenta de la historia, testificando sus huecos y discontinuidades; el Ello como el fuego del que surge la fantasía, cuyo calor ha de atemperar el aparato mental.

En los pacientes en donde se desdibuja el área de tránsito entre la realidad y la fantasía, entre el inabarcable interior y el incomprensible afuera, el trabajo del análisis se torna diferente. Aquellas áreas que Freud denominó neurosis narcisistas dan cuenta de conflictos relacionados con las confecciones más tempranas de un ser humano: la confianza y la reciprocidad. Hay costuras sueltas en la mente que salen a flote cada tanto en el análisis; hay desgarrones tempranos que comandan grandes partes del existir.

            Acompáñanos en el encuentro científico Psicoanálisis contemporáneo: Interpretaciones entre Edipo y Narciso, para ahondar en la comprensión, alternancia y predominancia de estados mentales tempranos y evolucionados en la sesión analítica.

 

Referencias

 

Freud, S. (1992) Introducción del narcisismo. Obras completas (Vol. 14). Amorrortu editores. (Obra original publicada en 1914).

 

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