Presencial o virtual, lo que cuenta es el vínculo

Por Muriel Wolowelski

En junio del 2019, la comunidad Eleia se encontraba reunida celebrando sus Jornadas Clínicas, que ese año versaron sobre la identificación y la identidad. Ninguno de nosotros imaginaba en ese momento que un año después el mundo entero estaría inmerso en la pesadilla de la pandemia, imposibilitando cualquier reunión numerosa, si no es que cualquier tipo de reunión.

En las Jornadas Clínicas de 2019, dedicamos un espacio importante para estudiar la construcción de la identidad durante uno de los momentos claves de la vida: la adolescencia. En su trabajo, Meltzer, entre otros teóricos, señala como los jóvenes necesitan contar con espacios adecuados donde reunirse con amigos y amigas para experimentar en libertad y poder desarrollar así funciones psíquicas imprescindibles. La presencia de este grupo de pares posibilita a los adolescentes el alejarse de sus padres y demás adultos, generando un necesario espacio personal del cual se van adueñando. La identidad propia, argumenta Metzler, no se alcanza sin este espacio de intercambio sexual, social e interpersonal.

A inicios del 2020, sin embargo, la pandemia de COVID-19 se dejó caer frente a nuestra mirada incrédula y eliminó de un plumazo la posibilidad de este crucial intercambio. La amenaza nos ha conducido a todos a la reclusión, sin opciones ni salidas. Hemos debido aprender a desinfectar, limpiar y mantener la distancia. A adaptarnos a un nuevo modo de vida y de relacionarnos carente de movilidad y usando solo los medio tecnológicos a nuestro alcance. La Internet ha sustituido el mundo exterior, ahora vedado. Los padres que siempre les pedían a sus hijos que dejaran el celular para integrarse a la convivencia familiar, son ahora quienes toman cursos veloces para entender cómo hacer home office. El vocabulario cotidiano dejó de lado a Waze para darle la bienvenida a nuestro nuevo conocido: Zoom. El tráfico ha dejado de usarse como pretexto para ser sustituido por “una mala conexión”.

Tampoco resulta fácil cuidarse, porque ante una amenaza casi desconocida las medidas de seguridad que debemos seguir son trabajosas. Cuando hablo con conocidos me cuentan que fueron “al súper rapidísimo”. Sin embargo, el problema no radica en una cuestión temporal (que nos tardemos más o menos). Son suficientes tres segundos, rozar una superficie contaminada, para quedar contagiado. Para evitarlo, debemos de usar cubrebocas y guantes, cuidar de no tocarnos la cara, lavarnos las manos casi de forma obsesiva, desinfectar todos los objetos a los que tenemos acceso… La línea entre la paranoia y la realidad se ha tornado muy delgada, y las precauciones deben ser constantes.

El mundo espera ansioso el descubrimiento de una vacuna que nos permita volver a los añorados salones de clase, pero eso va a tomar al menos ¿un año?, ¿dos? Las eminencias médicas del mundo repiten constantemente que no pueden asegurar si contraer el virus deja inmunidad, si se irá o volverá. Por eso tenemos que aprender a vivir con la pandemia, tenemos que cambiar nuestro modo de pensar, tenemos que reorganizarnos y armar espacios de dispersión y de ejercicio, encontrar momentos de estudio, otros de interacción virtual con amigos, así como espacios de reflexión y soledad.

En el ámbito de la educación, el mundo virtual se ha impuesto como una realidad tangible e inevitable, donde ya no importa el campus universitario, ni la biblioteca, ni la cafetería, ni las clases presenciales. Ahora adquieren relevancia los vínculos que se forjan en línea y destaca el lugar significativo que ocupa el maestro, quien acompaña con cercanía telefónica o virtual a sus alumnos para hablar, compartir y resolver los mil detalles de la vida escolar. El contacto personal, ese que desestimábamos hace apenas unos meses, hoy importa más que nunca.

Tanto a jóvenes estudiantes como a profesores, les está tocando llevar a cabo una transformación radical que en muchas ocasiones se vive con angustia, persecución, claustrofobia y desmotivación. Es tarea de los profesores atravesar el proceso de adaptación a una nueva modalidad educativa sin descuidar el acompañar con comprensión a sus educandos.

En Centro Eleia pensamos que el trabajo en línea no debe resumirse en pedirles a los alumnos que resuelvan formularios en casa o que realicen tareas por su cuenta, solos. Los profesores Eleia estamos en movimiento constante, atendiendo el proceso por el que pasan nuestros estudiantes y acomapáñandolos en todo momento. En todos estos años hemos formado un equipo docente de excelencia que enseña y estimula con calidez profesional (con amor y firmeza, como diría Freud, al referirse a la crianza de los hijos).

Estudiar en tiempos de pandemia es un reto, pero no puede evadirse. Es tentador pensar en esperar hasta que regrese al antiguo sistema, pero el horizonte no se ve cercano. Después de estos dos meses de sorpresa y adaptación, debemos sacudirnos todos y salir del confort para innovar. Los jóvenes son los que llevan a cabo las grandes transformaciones, los que aspiran bocanadas de nuevos aires creativos. Son los que, bien estimulados, dejan volar su imaginación y proponen caminos novedosos, antes impensables. Es a ellos a quienes tenemos que acompañar para sostenerlos en estos momentos de cambio y, así, ayudarlos a reencontrarse para que puedan sacar el potencial que vive en su interior.