Pensando los celos desde la clínica del psicoanálisis

Por Dra. Yolanda del Valle

Cuando la persona a la que amamos dedica su tiempo, su atención o su cariño a otro, suele sorprendernos un sentimiento doloroso que llamamos celos. A los celos se le suman diversos sentimientos como la tristeza, la sensación de abandono, dudas sobre la fidelidad del otro, amor propio herido, incertidumbre, odio hacia quien nos arrebata lo que consideramos nuestro, deseos de venganza, etc. Es así que los celos nunca vienen solos, se acompañan de muchas otras emociones que van y vienen con mayor o menor intensidad y que, en ocasiones, remueven a los celos del lugar central para ocuparlo ellas mismas. Eso sucede con la sensación de pérdida y abandono en el caso del melancólico, o con la suspicacia, la duda y la desconfianza en el paranoide, emociones que en esos casos acaban siendo más poderosas que los propios celos.

Los celos son motivo frecuente de consulta, como el caso de Eva, quien buscó tratamiento porque tuvo que abstenerse de contratar empleadas para el trabajo doméstico desde que su marido se interesó sexualmente en una de ellas. Los celos fueron fuente de sufrimiento constante a lo largo del tiempo. “Durante años me empeñé en no creer que fuera cierto”, comentaba, “hasta el día en que la nana de los niños se quejó conmigo de sus insinuaciones”. Entonces Eva puso un alto contundente. No volvió a emplear a ninguna mujer y se limitó a contratar a un par de jovencitos para sacar adelante algunas tareas de la casa, quedándose ella misma con una buena parte de la carga. Afligida y llorosa, me comentaba la forma en que su esposo trataba a las empleadas, su amabilidad con ellas, sus miradas lascivas cuando se retiraban. Durante todo ese tiempo ella se obligó a regresar del gimnasio sin terminar su rutina, con el temor (y el deseo) de encontrar al marido «en pleno clinch«. A lo largo del día lo llamaba bajo cualquier pretexto para averiguar en dónde se encontraba y con quién y en cualquier oportunidad registraba las cosas de uno y otra buscando algo que sirviera como evidencia de su sospecha. Los celos se habían convertido en un descalabro que no la dejaba vivir tranquila.

El sentimiento inicial del recién nacido de ser uno con la madre, se transforma luego en un impulso de posesión amorosa que la considera de su absoluta propiedad al tiempo en que está seguro de ser el único en su corazón y en sus pensamientos. Es por esa razón que descubrir que hay otro y que ese otro es motivo de interés para la madre, le resulta intolerable, desastroso; además de que le impone, desde muy temprana edad, la enorme tarea de solucionar una pasión que sobrepasa las posibilidades con las que cuenta para resolver un conflicto de esa naturaleza. ¿Cómo va a saber el infante qué hacer con el odio que le despierta el enemigo recién descubierto? ¿Cómo va a saber qué hacer con el sentimiento de incertidumbre que le despierta sentir amenazado el único territorio conocido? Esto lo obliga a llevar a cabo una serie de maniobras con mejor o peor suerte dependiendo del soporte directo que reciba de la madre y de esa manera va construyendo el destino de sus relaciones a futuro porque este conflicto deja huellas tan profundas que bien pueden descubrirse en el trasfondo de sus fracasos futuros en la relación con sus pares, o puede estar en la base de la dificultad para tener pareja, o bien formar parte de tendencias autodestructivas de manera insospechada. ¿Qué tiene mi hermano que yo no tengo? ¿Por qué mi mamá lo quiere más que a mí? Los celos fraternos son universales y pueden surgir aún antes de que nazca el bebé. Irene, hija única de tres años, no soportaba la idea de que “la hermanita” que crecía en el vientre de mamá llegara algún día a compartir el espacio con ella. Aunque de muy mala gana, acabó por admitir que “la hermanita” se desarrollara dentro del vientre de mamá, que ocupara un espacio en su interior, que de repente se moviera y papá acercara su mano a la panza de mamá para sentirla, pero mostraba un total desacuerdo de que la bebé viviera en su casa, durmiera en la cuna que sus papás colocaron en su recámara, o que fuera atendida y amada; se mostraba reacia a asumir que llegaría a ser parte del mundo real que ella habitaba y que consideraba tan suyo. Un par de meses antes de la fecha del parto, la mamá explicó a Irene cómo se desarrollaba la bebita dentro de ella mostrándole un libro con las imágenes del feto en su evolución hasta el nacimiento. Durante la narración, Irene se mostraba atenta, absorta en cada imagen, hojeaba el libro aparentemente pensativa e interesada, hasta que tropezó con la figura de la cabecita del feto saliendo del cuerpo de la madre, en ese momento, como producto de una iluminación repentina, la niña encontró la solución a sus problemas y emocionada gritó a su mamá: “ya sé que vamos hacer cuando nazca la bebé, mami: ¡la regalamos!”

Sin embargo, las soluciones radicales surgidas de la omnipotencia son un lujo del que la infancia puede echar mano, pero resultan nocivas y absolutamente ineficaces más adelante.

Cuando se trata del Edipo nos encontramos ante una configuración mucho más compleja, en la que los celos juegan un papel central porque se viven de manera continua en diferentes carriles de doble dirección y entre diferentes estaciones intercomunicadas: aparecen en la rivalidad del niño con la madre por el amor del padre y en su rivalidad con el padre por el amor de la madre. Asimismo cualquiera de los padres experimenta celos hacia el niño cuando siente que éste le roba la atención de su pareja o surge en ambos padres al mismo tiempo cuando pelean por la preferencia del niño propiciando un forcejeo de graves consecuencias para el mismo.

El Edipo considera fundamentalmente tres personajes lo que permite analizar el elemento triangular del drama de los celos a partir de sus tres protagonistas: el que se siente celoso, el que es celado y el que se considera como rival; por otra parte, las posiciones dentro del triángulo pueden ser intercambiables dependiendo de la dinámica que se desarrolle. Por ejemplo, en el caso de Eva sucedió que, meses después de enfrentar a su marido por su supuesta infidelidad con la empleada, buscó chatear con un antiguo novio que pasó a ser su confidente y más tarde su amante, responsabilizando a su marido del affaire que sostenía con él: “nunca lo hubiera hecho, pero el engaño de mi marido me llevó a buscarlo”. Mudó así de ser la víctima del infiel a ser la infiel, colocando a su marido en el papel de víctima. Sin embargo, con el tiempo descubrió que había proyectado en su marido algo que tenía que ver con sus propias pulsiones eróticas y agresivas, por lo que aquel episodio de celos que la llevó a buscar un tratamiento analítico comenzó a significarse de manera muy distinta.

En el celoso priva un sentimiento de exclusión que lo puede llevar a sumergirse en una dolorosa sensación de abandono, de rabia narcisista o de duda pertinaz. La acusación de infidelidad o su sospecha puede despertar en aquel a quien se cela de manera injusta, angustia, enojo, una necesidad absurda de justificarse, sentimientos de persecución, duda sobre sí mismo y, en un caso extremo: lo empuja a llevar a cabo la infidelidad. Esto se debe a que, con frecuencia, se ligan elementos inconscientes de quien cela y de quien es objeto de los celos, lo que propicia que la acusación se transforme en realidad ya que esa acusación se vive como una orden o como una invitación a efectuar la infidelidad y eso se liga a un deseo inconsciente de hacerlo. Lo que era una sospecha termina en una realización que cumple la profecía del celoso, quien remata diciendo: “¿Ya ves? ¡Tanto que lo negaste! ¡Ya sabía que me engañabas…!”

Y si bien esta paradoja confirma “que realmente existía lo que no se manifestaba aún”, en una vuelta más de tuerca podemos descubrir que la insistencia del celoso para lograr que se dé la traición, le permite constatar y demostrar a todos, no tanto que el otro es infiel, cuanto que él no está loco.

Finalmente, el tercero en el triángulo amoroso es el contrincante, “el otro”; el que estorba a la relación de dos, o quien la erotiza y la enciende. El tercero puede ser aquel a quien se percibe como posible amante, pero también puede ser la madre, la amiga, el hermano, el jefe, el trabajo, de aquel a quien se cela. En algunos casos es un don Juan el que inicia el conflicto porque disfruta de hacer sentir amenazado al celoso, o porque desea hacerle llegar el clamor de su erotismo ya que es él su verdadero destinatario. También se puede observar que la atracción por el adversario puede tener más peso que la pérdida del amor del objeto. Eva, por ejemplo, descubrió con sorpresa en su trabajo analítico que, en su obsesión por encontrarse de frente con la escena de infidelidad o con alguna evidencia de la misma, sus fantasías diurnas se concentraban en la empleada y casi no consideraban a su esposo; en sus ensoñaciones buscaba hacerla sentir mal, exhibirla, humillarla, sermonearla. Más adelante recordó haber sentido una pasión semejante en la adolescencia con la compañera del internado en el que estudió durante unos años que le provocaba las emociones que con la empleada inconscientemente revivía. Pero el tercero puede ser también quien se mantiene ignorante de un papel que los otros dos le adjudican mientras él desconoce su supuesta participación en el juego. Cuando Perla era una jovencita, inició una relación de noviazgo con un muchacho que había demostrado gran interés en ella. Muy al inicio del noviazgo las cosas marchaban muy bien entre ellos hasta que Perla comenzó a interesarse en conocer los detalles de su relación anterior y Jorge comenzó a darle alguna información sobre la misma. A partir de entonces, Perla encontraba siempre argumentos para reclamar a Jorge: “¿Qué será lo que escondes?, porque cuando te pregunto sobre tu ex siempre me contestas sólo por encimita.” “Te quedaste callado, es señal de que estás pensando en ella.” “¿Por qué diste vuelta en esta calle? ¿No será que esperas encontrarla?” Como Perla la traía a colación con un motivo o con otro de manera cotidiana, aquella mujer del pasado de Jorge comenzó a ser un fantasma siempre presente entre ellos, hasta que un día él le confesó que si bien no sentía ya ningún interés por su antigua pareja y había terminado la relación con ella profundamente convencido, últimamente se preguntaba si Perla no tendría razón y que lo honesto sería tomarse un tiempo para despejar esa duda que había comenzado a alterarlo. Unas semanas después, habiendo comprobado que su ex novia no le interesaba en lo absoluto, Jorge buscó nuevamente a Perla pero ella lo rechazó de manera contundente. Este episodio me lo narró Perla varios años después de haber iniciado su análisis, a raíz de haber descubierto que desde entonces repitió de una u otra manera la misma historia tanto en la relación con su marido, como con las parejas que tuvo después de su divorcio. Durante todos esos años estuvo convencida de que “todos los hombres son iguales” pero, sobre todo, la dominaba el odio y la desconfianza hacia las “mujeres zorras” que se metían con ellos. Después de años de trabajo logró darse cuenta de los aspectos inconscientes que perturbaron su intimidad en la experiencia amorosa y de su responsabilidad directa en ello.

En el trabajo con el paciente es indispensable diferenciar los celos de otras manifestaciones, especialmente de la envidia. Podemos reconocerlos de manera inmediata cuando se manifiestan abiertamente, pero los celos tienden con frecuencia a utilizar todo tipo de disfraces, incluso se les puede hacer desaparecer del escenario ya sea reprimiéndolos o negándolos. “Nunca he sido celoso. Los celos son algo que jamás he sentido”, aseguraba un paciente obsesivo. De hecho, no es difícil comprobar en la clínica el profundo impacto y la destructividad de los celos que difícilmente se manifiestan.

Pensados sobre un continuo, los celos van, de los considerados como normales, a los celos delirantes de gran capacidad destructiva que encontramos en las celotipias. En su análisis es muy importante considerar los planos de la realidad y de la fantasía: si la queja corresponde a lo real o es algo que se imagina; así como la dimensión consciente y la inconsciente de los celos. Esta última encierra la mayor riqueza explicativa y es el punto de interés sobresaliente para la clínica psicoanalítica que es donde hay que desentrañar sus significados, justamente en la zona idónea para el desarrollo de nuestro trabajo: la transferencia-contratransferencia que recorre la interrelación entre paciente y analista.

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