Las infinitas formas de evitar extrañar a alguien

Por Karina Velasco Cota

 

¿En qué hondonada esconderé mi alma

para que no vea tu ausencia

que, como un sol terrible, sin ocaso,

brilla definitiva y despiadada?

Jorge Luis Borges

 

Probablemente, no hay experiencia más dolorosa en la vida de una persona que aquella que está relacionada con una separación o con la pérdida de un ser querido. Se trata de situaciones capaces de evocar un sinfín de emociones difíciles de tolerar: abatimiento, culpa, desesperanza, enojo y, a veces, deseos de venganza.

Los grandes teóricos del psicoanálisis, que se han dado a la tarea de explorar el psiquismo temprano y la vida infantil, piensan que cada vez que nos enfrentamos a una separación o a una pérdida, revivimos un sentimiento de desvalimiento similar al que surge en el niño cuando su madre se aparta de él. El ser humano, a diferencia de otros mamíferos, es una criatura que nace en tal estado de prematurez que es imposible que pueda hacerse cargo de sí mismo durante los primeros años de vida, por lo tanto, queda a expensas de que otro cuide de él para asegurar su supervivencia. El niño dependerá, por largo tiempo, de la madre o de su cuidador hasta que, en el mejor escenario, sea capaz de lograr la autonomía. Este proceso no está exento de dificultades. Mientras que hay niños más resueltos que pueden separarse de la madre para después volverse a encontrar con ella sin mayor agitación, hay otros para los que resulta brutalmente amenazante alejarse de ella.

Estas primeras experiencias de separación y de pérdida —por ejemplo, cuando es destetado, entrenado para controlar esfínteres, enviado a su propia habitación o comienza el colegio— si bien son vividas de forma subjetiva de acuerdo con el funcionamiento mental del niño y la solidez del vínculo que este tenga con su madre, invariablemente, dejan una huella en el psiquismo, condenándonos a evocar, una y otra vez a lo largo de la vida, la angustia de quedarnos solos. Así que, cuando en la adultez sobreviene una ruptura amorosa o la pérdida de alguien significativo, se remueven todas estas emociones, acompañadas no solo de un sentimiento de desamparo, capaz de inspirar los versos más dolidos, sino peor aún, de un intenso temor de haber sido responsables de tal catástrofe. Sin embargo, los seres humanos tampoco somos criaturas capaces de lidiar de golpe con la vorágine emocional que produce una pérdida, para ello contamos con un nutrido arsenal de estrategias defensivas que nos protegen, por lo menos temporalmente, del dolor mental y del terrible drama que implica extrañar a alguien.

Algunas de las defensas más eficaces son las que conforman la triada maníaca que teorizó Melanie Klein en 1940, en su artículo El duelo y su relación con los estados maniaco-depresivos. Para esta autora, frente a una pérdida, las personas solemos sentir miedo y angustia de haber dañado al otro, de ser los responsables de haber sido dejados o simplemente de no haber hecho lo suficiente. Es decir, nos sentimos culpables y quedamos a merced de ansiedades depresivas que nos generan mucho pesar. Una manera de lidiar con la culpa es a través de fantasías omnipotentes y violentas, dirigidas a restarle valor e importancia al objeto perdido en un afán de controlarlo y triunfar sobre él. Al fin y al cabo, no se puede extrañar aquello que no es digno de ser extrañado.

Roberto, por ejemplo, argumenta en su consulta que, desde hace tiempo no es capaz de conciliar el sueño y lo atribuye al estrés laboral. Ha tenido también algunas crisis de angustia que lo llevaron a ver a un cardiólogo. Este, después de examinarlo, le recomendó ver a un psicoterapeuta. Durante la entrevista, se devela que recientemente se separó de su pareja y volvió a la casa de los padres. Ambos tienen un bebé de seis meses. Desde su perspectiva, desde que su hijo nació, su novia se tornó “aburrida y fastidiosa”. Me explica que ella lo terminó, luego corrige y me dice que fue de común acuerdo. Considera que no hay manera de que puedan convivir en armonía porque ella quiere “transformarlo en un robot a su completa disposición”. Concluye diciendo que su padre le aconsejó no preocuparse porque “hay muchos peces en el mar”.

Una vez que Roberto transforma a su novia en una mujer “aburrida y fastidiosa”, no hay cabida para experimentar la tristeza que pudo haber surgido a raíz de la separación. Tampoco hay espacio para reflexionar en los sentimientos de celos y exclusión que le despertó el nacimiento de su propio hijo y mucho menos para albergar un sentimiento de culpa por su propia responsabilidad en dicho desenlace. Podríamos decir que el consultante, a manera de un robot, blindó su mente contra cualquier sentimiento doloroso que pusiera en jaque su equilibrio psíquico. La frase “hay muchos peces en el mar” es una forma de devaluar al objeto con el propósito de hacerlo sustituible, reemplazable y, entonces, no echarlo de menos.

Carlos Moguillansky (2013), siguiendo las ideas de Klein, explica que las defensas maníacas son procesos que tienden a evitar el dolor a través de la negación del valor que tiene el objeto perdido. Lo más significativo en el vínculo con el objeto reside en su unicidad y singularidad. Por ello, cuando sobreviene una pérdida, el reto más difícil en la elaboración del duelo es el reconocimiento de dicha ausencia. Para este autor, una solución maníaca ante la separación gira en torno a la denegación defensiva de lo propio del objeto —hasta llevarlo al anonimato— para poder sustituirlo rápida y fácilmente y, así, evitar el dolor de haberlo perdido.

Junto con las defensas maníacas, se encuentran las defensas obsesivas. Estas consisten en la repetición de ciertas conductas que apuntan a negar o a disminuir, de un modo omnipotente, las diversas amenazas que proceden del duelo. Recuerdo a una paciente adolescente que, antes de irse a estudiar fuera de México, dedicó gran parte de su tiempo para hacer, junto con su madre, extenuantes listas de pendientes: qué empacar, qué comprar, qué tirar a la basura, etc. Entre las dos, limpiaron minuciosamente el clóset, completaron trámites y alistaron todo lo necesario para el viaje. Podríamos pensar que, en el afán de ordenar y organizar lo externo, la realidad psíquica y el caos emocional interno, originado por la próxima separación, es negado omnipotentemente. Los rituales de fin de año son otro claro ejemplo de las defensas maníacas y obsesivas que sirven para lidiar con las ansiedades depresivas que acompañan el paso del tiempo.

Adicionalmente, existen otras maniobras que persiguen la disminución del dolor: la negación de la separación o la pérdida y la idealización. Es común que después de la muerte de un ser querido, el deudo quiera conservar alguna pertenencia de este: una prenda, un reloj o incluso las cenizas, en un intento por negar su ausencia. Por otro lado, se tiene la necesidad de “poner en un pedestal” al fallecido y no se tolera ningún comentario que “ensucie” su recuerdo. Estas acciones si bien no son patológicas, ponen en evidencia la necesidad de la mente humana para deshacer la ausencia. Es decir, no hay necesidad de extrañar al que no se fue y de alguna forma continua presente.

En esta misma línea, la identificación con el objeto perdido es también una forma de lidiar con el duelo. Sigmund Freud (1917), en Duelo y Melancolía, describió un mecanismo que, ante la incapacidad del yo para resignar el objeto, lo conserva a través de una identificación narcisista. Freud explica que en estos casos “la sombra del objeto recae sobre el yo”. Es decir, este se identifica con la parte odiada del ausente, dando lugar a la melancolía. La persona, entonces, no puede recuperarse de la pérdida, pierde la vitalidad, su autoestima se ve menoscabada, se llena de autorreproches, de intensos sentimientos de culpa y de una  necesidad de ser castigado.

Algunas maneras de evitar extrañar a alguien son esperables y espontáneas. Estas tienen el propósito de ayudarnos a lidiar con el impacto emocional de una separación o de una pérdida y nos permiten dosificar el dolor hasta el momento que en que las ansiedades depresivas se puedan experimentar y elaborar. Los mecanismos de defensa no son patológicos per se, pero cuando se rigidizan y se convierten en la única alternativa para enfrentar las experiencias vitales y emocionales, entonces se puede considerar la presencia de un cuadro psicopatológico de naturaleza narcisista, como la melancolía, la psicopatía, entre otros.

 

Referencias

Freud, S. (1917). Duelo y Melancolía. En Obras Completas (vol. 14). Amorrortu.

Freud, S. (1926). Inhibición, síntoma y angustia. En Obras Completas (vol. 20). Amorrortu.

Klein, M. (1940). El duelo y su relación con los estados maniaco-depresivos. En Amor, culpa y reparación. Obras Completas (tomo 1). Paidós.

Moguillansky, C. (2013). El dolor y las defensas maníacas. Psicoanálisis, 35(1), 251-281.