La secretud de la oveja negra

Por Laura De La Torre Peguero

«El drogadicto es una persona que ha perdido la libertad de poder abstenerse de tomar la droga».

(Armando Barriguette. Lo que el vino se llevó.)

México es un país bastante tolerante en cuanto a las adicciones, a ratos por falta de información y a ratos por la complejidad de emociones que despiertan tanto en el adicto como en la familia o a la sociedad. Conforme más y más se investiga para tratar de comprender qué hay detrás del uso, abuso y adicción a las sustancias nos encontramos con el inicio de un laberinto en el cual entran en juego aspectos personales, familiares, políticos, morales y socioeconómicos que deberían ser estudiados por diversos especialistas de la salud.

Al parecer, existen y persisten dos posiciones distintas entre el estudio psíquico aportado por la compresión psicoanalítica y el estudio orgánico desde la medicina de las adicciones. Esta escisión podría ser un reflejo de lo que sucede en relación con el fenómeno que se estudia. Numerosos teóricos coinciden en la inespecificidad de la personalidad adictiva; es decir, que no hay un listado a revisar para saber si estamos frente a un adicto, a una persona que abusa de las sustancias o que consume en exceso. Domínguez cita a Velasco (2000, 24): “no existen fórmulas psicodinámicas fijas, como tampoco hay una personalidad típica, cuyos impulsos inconscientes expliquen la predisposición a desarrollar una farmacodependencia”. Pareciera que estos fenómenos existen por partes, o mejor dicho, fragmentan a la persona, pues está la parte de la personalidad que, cual Dr. Jekyll y Mr. Hyde, se transforma al entrar en contacto con la sustancia o acción a la que es adicta y desconocen lo que el otro hace o deshace. A las personas que están a su alrededor les es bastante complicado asimilar estas transformaciones por la serie de emociones que se despiertan cuando se va de uno a otro personaje, sin darse cuenta de que ellos entran también a ratos en este baile con sus silencios.

Una paciente me compartía, con bastante dolor y desconcierto, la sensación de no saber en qué momento los otros habían encontrado o aprendido el límite o el freno a las bebidas: ¿quién les enseñó? “Escucho cómo las demás me dicen: no, si me tomo otra me pierdo… Yo me pierdo desde la primera; no sé encontrar cuál es la que me hará perderme… No lo hago a propósito, mi plan no es beber hasta desconectarme, solo me pasa”. Mientras que otro paciente me repetía varios momentos en los que a su madre se le pasaban las copas, sin poder reconocer en ella una adicción a la bebida. Se guardan silencios ante estas situaciones.

El primer paso es aceptar que hay un problema: esta es una de las frases que, palabras más, palabras menos, se repite en el abordaje terapéutico. Sin embargo, por lo general se le dice solo a ese que consume. La familia o el ambiente donde se desarrolla este individuo de manera caricaturizada se desmarca y le apunta al individuo cómo es él quien tiene que comenzar este camino. Sin embargo, ningún ser humano se hace solo, con lo que quiero poner sobre la mesa la importancia que toma el que el círculo que rodea a la oveja negra, por lo general al inicio, tiende a ningunear el consumo, justificarlo con estrés, problemas emocionales o ignorar el hecho de que la adicción no aparece de manera intempestiva, sino que es una enfermedad crónico-degenerativa.

Escucharemos anécdotas en las que la familia intenta tapar la adicción ante la mirada de los demás: “está dormido”, “se siente mal”, entre otras, son frases que dan señales de la negación y participación de la familia en el ciclo vicioso. Estos rasgos negados y omitidos se tienen que señalar y hablar: los silencios y etiquetas sobre el sujeto hacen una escisión maniaca de poner todo lo malo en el individuo que “no controla” o no escuchó la frase que se repite en el spot publicitario “todo con medida”, quitándose la responsabilidad y desmarcándose de la situación. Pues el beber “una cervecita en una fiesta” es participar de la fiesta. Cuando el hijo llega a casa drogado, la mamá le dice: “hijito, tienes los ojos muy rojos; seguro tienes mucho sueño. Duerme”.

No es cuestión de voluntad o de echarle ganas; se requiere una intervención interdisciplinaria que, a su vez, necesitará más de un intento.  Durante el curso se abordará la complejidad del uso y abuso de sustancias con el fin de obtener herramientas para la detección adecuada de la adicción. Es importante revisar desde la medicina lo que sucede con el cuerpo, pero hay que poner el acento en lo psíquico y en cómo encontrar en cada etapa del ciclo vital ciertos rasgos para poder hacer una intervención oportuna, intentando integrar la división entre lo psíquico y somático que conforma al ser humano.

 

Referencias

Barriguete, A. (1996). Lo que el vino se llevó. México: Editorial Diana.

Domínguez, M. (2012). Adictología y psicoanálisis: un debate impostergable. El adicto tiene la palabra. Metapsicología de las adicciones. Buenos Aires: Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, pp. 13-18.

Rodríguez, J. A. (2010). ¿Por qué nos drogamos? Del poder y otras adicciones. Madrid: Biblioteca Nueva.

Artículo del Curso «Drogas, patrones de consumo y factores de riesgo» que inicia el 3 de febrero de 2021