La intimidad: un refugio interno que alimenta nuestras vidas

Por Patricia Bolaños

Estamos en una época de las relaciones del like y el follow, en donde lo que se premia es la cantidad de las relaciones y se pierde de vista su calidad.

Una adolescente de 15 años me cuenta que es amiga en Instagram de los amigos de su compañera extranjera; se dan like a las historias que cada una sube y eso la pone feliz porque son gente “muy linda”. Otra joven después de un intercambio escolar al otro lado del mundo me habla de cómo tiene más amigos que nunca, comparten un chat en el que intercambian stickers y se cuentan todo acerca de su día a día. Una joven de 20 años busca tratamiento porque terminó una relación de noviazgo que duró 5 años y que siempre fue a distancia, pues él vivía en otro país; ella describía la relación como perfecta porque nunca peleaban y a veces era muy cómodo estar tan lejos. También podemos pensar los intercambios cotidianos que tenemos con gente con la que convivimos: “¿cómo estás?, bien, ¿y tú?, todo bien, gracias”, y así podemos seguir hablando de nada que se relacione con la forma en la que nos sentimos o por lo que estamos pasando.

¿Por qué la mayoría de las relaciones tienden a la superficialidad, qué implican los vínculos profundos y por qué muchas veces se evitan?

El psicoanálisis ha estudiado la importancia de las emociones en el desarrollo mental y cómo estas plasman todos nuestros vínculos, pero también la forma en la que la mente se defiende de estas experiencias como una forma de evitar el dolor.

Podemos identificar diferentes tipos de relaciones: algunas son contractuales (Meltzer, 1973) y se caracterizan por ser mecánicas, operatorias y sin contacto emocional. Estas pueden presentarse en todo tipo de ámbito: familiar, laboral, pareja, amistad; lo que importa en ellas es que no se mueva demasiado el mundo de las emociones, que no haya un contacto que confronte, que nos ponga a pensar en el otro ni en nosotros mismos.

Por el contrario, las relaciones íntimas son aquellas que nos permiten tener contacto con el mundo interior propio y del otro; es decir, que tengan en su núcleo las emociones y que la posibilidad de tolerar y elaborar estas experiencias se traduzca en conocer un poco más acerca de la verdad de nosotros mismos.

Dada esta descripción, entendemos que las relaciones íntimas son privilegiadas, ya que implican la capacidad de tolerar la intensidad y complejidad de la vida emocional. ¿Nos podemos preguntar cuántas relaciones profundas y sinceras en realidad tenemos?, y aún más allá: ¿tenemos una relación íntima con nosotros mismos? Esto implica la capacidad de reconocer y observar la complejidad de nuestras emociones, de identificar cuando amamos, odiamos, nos ponemos posesivos o si somos generosos y sinceros con nosotros mismos acerca del porqué y para qué hacemos algo; de esa forma nos responsabilizamos de nuestras emociones, acciones y fantasías. Esto nos permite conocernos mejor, aunque implique dolor. Este genera que muchas veces empleemos defensas en contra de esta relación íntima con nosotros mismos: nos podemos desconectar, justificar o responsabilizar a otros.

La oportunidad de llevar un proceso analítico nos permite experimentar un encuentro íntimo, profundo, revelador y enriquecedor no solo con el analista, sino principalmente con nosotros mismos. Este es uno de los legados de un trabajo terapéutico.

La vivencia de intimidad es una experiencia emocional, por ello resulta en una batalla cotidiana dentro de nosotros.

Referencias

Levy, R. (2017). Intimidad: lo dramático y lo bello en el encuentro y desencuentro con el otro. Ponencia para el 50º Congreso de la API en Buenos Aires.

Meltzer, D. (1971). Sinceridad: un estudio en el clima de las relaciones humanas. En: Hahn, A. (Ed.) (1994): Sincerity and Other Works: Collected Papers of Donald Meltzer. Londres: Karnac.