La disposición emocional del analista

Por Graciela Arredondo

 

La disponibilidad emocional del analista es un requisito esencial para que el proceso analítico se pueda llevar a cabo. El psicoanálisis es un trabajo de dos, en donde paciente y analista quedan inmersos en un mundo emocional. A través de la transferencia y la contratransferencia, podrán contactar y trabajar las emociones más profundas.

 

Para conseguirlo, es necesario que el terapeuta cuente con un entrenamiento riguroso y lleve un análisis personal. También requiere que deje de lado toda expectativa con respecto al paciente y ponga su atención en el vínculo paciente-analista, es decir, en lo que está pasando entre ellos. Meltzer (1989) así lo explica:

 

 El paciente impone en nosotros la transferencia, las imágenes de sus objetos internos actuales y nuestra propia habilidad de cargar con estas imágenes no depende de nosotros, sino de nuestra voluntad para permitir al paciente hacer contacto con nuestros objetos internos. La contratransferencia consiste en recibir esos objetos internos y reaccionar de una forma más humana de lo que el paciente anticipa (en Harris, 2021, p. 47).

 

El mismo autor en Cargando la transferencia: de Freud a Klein a Bion (1989) explica cómo se da el proceso transferencial, al que percibe como un estado muy peculiar en el que se encuentra el terapeuta: primero, el self del analista se hace a un lado para permitir que sus objetos internos reciban la transferencia; luego, el self regresa para transmitir en forma de interpretación la transacción que se ha dado. De este proceso, la transacción es lo importante; la interpretación es secundaria, ya que “solo le asegura al paciente que uno no está dormido, que uno está escuchando lo que pasa” (1989, en Harris, 2021). Para describir este fenómeno, Meltzer asemeja al terapeuta con un narrador de partidos de futbol: “no está en el campo, no es un jugador, sino que es un comentador de la interacción del paciente y de los objetos internos del analista basados en la transferencia del paciente y la contratransferencia que viene de esos objetos internos” (1989 en Harris, 2021).

 

La contratransferencia también resulta fundamental en el proceso psicoanalítico. Esta es algo compleja, pues al ser un objeto de la proyección del paciente, es decir, al recibir de golpe las intensas emociones, el analista queda impactado por el estado emocional de este. Dichas emociones resuenan con los objetos internos del terapeuta que, a su vez, generan en él sensaciones que lo orientarán, al estilo de una brújula, a entender del paciente lo que está sintiendo (aún sin verbalizarlo) y los objetos con los que está poblada su mente, y a tener una idea de los sentimientos que este puede llegar a suscitar en los otros. Es por ello que la contratransferencia, como un instrumento, debe estar muy bien afinada para que pueda guiar al terapeuta.

 

Para Meltzer (2005c, en Harris, 2022), la disposición del analista está en su capacidad para recibir lo proyectado —el estado mental del paciente-, pero al mismo tiempo en su capacidad para recuperarse rápidamente y no ser dominado por él, y como consecuencia no actuarlo en la contratransferencia. En realidad, precisa el autor, “uno se recupera un poquito tarde, ya que casi siempre hay una nota de enojo en la voz o un tono amoroso antes de que el analista se pueda recuperar del daño causado”. Esta es la razón por la que debe estar muy pendiente, también, de la emocionalidad, tono y musicalidad de su voz. Para alivio de todos, en general, un buen analista se recupera antes de caer en la actuación.

 

En todo proceso psicoanalítico se requiere de un gran compromiso con el paciente. En este la actitud analítica del terapeuta implica proporcionarle el mejor trabajo analítico que sea capaz de brindar, tolerando el propio dolor mental. De aquí la importancia del método analítico, que está desarrollado para tal propósito. Si se sigue a consciencia este método, ya lo señala Meltzer (1989, en Harris, 2021), el analista será capaz de tolerar ansiedades, de hacer sacrificios que no podría hacer fuera del consultorio y de pensar de una forma más precisa y creativa.

 

No es tarea fácil para el terapeuta estar disponible y dejarse impactar por las emociones del paciente, reconocerlas en sí mismo, entenderlas y procesarlas (todo esto a la velocidad del rayo). Es por ello que, al decir de Meltzer (1986, en Harris, 2022), el analista necesita tener una buena condición tanto artística como atlética, ya que su labor se da bajo una gran tensión que lo lleva a su límite.

 

Iluso es pensar que el analista puede atravesar un proceso analítico con sus pacientes sin “salir raspado”. Comenta Meltzer: “si el psicoanálisis es bueno, debe de doler” (1965, en Harris, 2021). Se trata, pues, de un proceso de dos, en el que terapeuta y paciente se sumergen como dos nadadores al agua, empapándose por igual, y en el mejor de los casos saldrán ambos más fortalecidos. Después de todo, si el proceso es doloroso, es mejor hacerlo acompañado.

 

Referencias

 

Harris, M. (2021). Selected papers of Donald Meltzer. Volume 3: The Psychoanalytic Process and the Analyst. The Harris Meltzer Trust.

 

Harris, M. (2022). Donald Meltzer. A contemporary introduction. Routledge