La vida emocional dentro del grupo familiar

Por  Nadezda Berjón M.

 

Por la mañana, los hijos despiertan siempre a la misma hora para prepararse e ir a la escuela y los padres para ir cada uno a sus trabajos. Por la tarde, los chicos van al club deportivo a tomar las clases que les corresponden y vuelven a casa en la noche a cenar y dormir. El domingo en la mañana hacen labores del hogar, y por la tarde visitan a los abuelos. Todos cumplen con sus funciones y a tiempo.

 

Papá y mamá no pelean (aunque tampoco se hacen bromas, ni coquetean entre ellos); y los hermanos se respetan (manteniendo mucha distancia entre ellos, casi como si fueran extraños. No se escuchan gritos, pero tampoco risas. Todo funciona como un reloj: visten de modo similar (misma moda, mismo estilo); son leales a los valores grupales; y comparten la misma actitud ante la vida. En este cuadro perfecto, aparece una masa homogénea, un cuerpo indiferenciado conformado no por sujetos, sino por ausencia de individuos.

 

Los vaivenes emocionales son parte del ser humano y del modo en que se vincula con otros. El amor conlleva hostilidad, frustración y dolor. Por ejemplo, un padre que ama a sus hijos, también se desespera cuando debe dividir su tiempo entre cuidarlos y las actividades que a él le son placenteras. Si debe sacrificar una tarde de futbol por llevar a los hijos al doctor o a una competencia de matemáticas, lo hará con cariño, pero también con un monto de resentimiento. En otro caso, la relación entre hermanos puede ser amable y divertida; juegan y comparten actividades, pero cuando se trata de la atención de la madre se transforman en acérrimos rivales casi enemigos.

 

De acuerdo con Bott Spillius et al. (2011), la «ambivalencia» es sostener estados afectivos contradictorios en torno a una relación de objeto, por ejemplo, amar y odiar a la madre o al padre. La coexistencia de tendencias amorosas con las agresivas forma el tejido conectivo entre las personas. Sin embargo, hay familias que tienden a negar tales afectos, dando preferencia exclusiva a aquello que se ven bien o que es socialmente valioso como el respeto, el orden y la obediencia. Esto genera tensiones al interior del grupo, forzando posturas y actitudes sobreadaptadas que, finalmente, pueden desencadenar problemas como adicciones, depresión o inhibiciones importantes en diferentes esferas de la vida. Por ejemplo, la presión por ser buenos hermanos, la cero tolerancia a la discrepancia y el malestar, la exigencia de una aparente y constante felicidad familiar en la que nadie puede externar una opinión distinta a la del conjunto son situaciones en las que surge enojo, cansancio o tristeza, pero para los cuales no hay lugar.

 

Varios son los psicoanalistas que escriben sobre las personas demasiado normales, que se apegan a las normas y que aparentan una vida sin conflicto, pero que también carecen de pasión auténtica y de profundidad en sus vínculos.

 

Bollas (1987) los denomina «normóticos» y los describe con las siguientes características:

 

• Buscan el confort material y las actividades recreativas; no experiencias que evoquen sentimientos o que generen momentos de tensión emocional.

• Están pegados a la objetividad y a las cosas, por ejemplo, sus salidas en familia son ir al centro comercial a comprar una nueva pantalla; no asistir a una exposición o salir a caminar y tener una conversación espontánea.

• Se interesan por los datos y los hechos con exceso de acento en la lógica y la razón, sin dar cabida a lo complejo de los vínculos.

• Rechazan la vida mental propia y ajena.

• Muestran desinterés por la vida subjetiva, los sueños y las fantasías.

 

Veamos algunas situaciones posibles en las que se muestra esta afección normótica.

 

La hija adolescente está triste, nada la anima y se encierra en su cuarto a dormir. Los padres se preguntan: ¿cómo puede ser que una joven se sienta deprimida si no le hace falta nada? Entonces, la presionan para que se reincorpore a las actividades; consiguen un médico psiquiatra para que salga adelante con antidepresivos; siguen las indicaciones al pie de la letra, pero no escuchan lo que le ocurre, solo quieren que pare. Como señala Bollas, hay desinterés por el interior de la vida mental.

 

Otra situación, los hijos pequeños quieren jugar. El padre agenda una sesión de una hora en la que van a pegar a la pelota con el bat. En el proceso, los hermanos se persiguen y hacen trampa empujándose cuando le toca el turno al otro. El padre se enoja pues la actividad es pegar con el bat, y así debe ser durante el tiempo acordado, y rechaza cualquier variación. Es como si el padre negara la vida psíquica de los hijos, su creatividad e individualidad.

 

Otra situación más; una madre recibe la noticia de que una tía querida enfermó. Es grave y no va a recuperarse. Dicha persona la cuidó de pequeña, es casi como una madre para ella. Sin embargo, no atraviesa por momentos de zozobra, no llora ni se muestra afectada. Lo que hace es resolver: le lleva enfermeras y ve que todo esté en orden. Los afectos no aparecen, la única acción es en lo objetivo y en los hechos.

 

En estas escenas familiares no hay lugar para lo subjetivo, la emoción y el mundo interno. No hay pasiones para expresar los diversos matices de afectos que surgen en el contacto entre ellos. Es una vida emocional pobre, casi inexistente, que deja sensación de vacío y de falta de sentido.

 

De estos y otros temas hablaremos en el curso corto «Amor y pleitos en la vida familiar». Inicia el sábado 6 de agosto. ¡Te esperamos!

 

Referencias

 

Bollas, Ch. (1987). Cap. 8. La afección normótica. En La sombra del objeto (pp. 167-191). Amorrortu.

 

Bott Spillius, E., Milton, J., Garvey, P., Couve, C. y Steiner, D. (2011). The New Dictionary of Kleinian Thought. Routledge.