Aportaciones de alumnos. Hipótesis clínica sobre la novela ‘A fuerza de palabras’ de Vicente Leñero

Aportaciones de nuestros alumnos de la Licenciatura en Psicología

En la materia de literatura que cursaron los alumnos de segundo semestre de licenciatura leímos algunos cuentos y novelas que nos permiten percatarnos de que la literatura, dentro de toda la intencionalidad lúdica y la propuesta ficcional que lanza a los lectores, teje intensas relaciones con la psicología al crear personajes contradictorios y, quizás por esta misma razón, tan próximos a la realidad empírica. Por un lado, el alumno Rafael Corominas analiza al protagonista de una novela japonesa, Eguchi, cuyo conflicto se centra entre el erotismo y la vejez, en el ensayo “Aplicación de la teoría freudiana de la personalidad a la obra La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata”; por el otro, Itzifani Navarro escribe un ensayo, entre teoría y ficción, en el que analiza a Enrique, un personaje situado en los confines de la lucidez y la locura en “Hipótesis clínica sobre la novela A fuerza de palabras de Vicente Leñero”. Los rasgos de ambos protagonistas emulan la naturaleza psíquica humana y la representan de manera tan verosímil, que nos hacen pensar que la literatura, esta gozosa fiesta de palabras, es también un personaje que de vez en cuando se vale, ¿por qué no?, recostar en el diván.

Ana Sofía Ramírez Heatley

Profesora titular de Literatura II

Hipótesis clínica sobre la novela A fuerza de palabras de Vicente Leñero

Por Itzifani Navarro Torres

 Ser psicoanalista es, sencillamente, abrir los ojos ante la evidencia

de que nada es más disparatado que la realidad humana.

Jacques Lacan

Introducción

Te preguntarás de dónde surge mi ímpetu por este paciente que no es más que ficción: el protagonista de una novela. Pues bien, hace algunos años, cuando cursaba el primer año de la carrera de psicología, leí A fuerza de palabras, la segunda versión de la novela La voz adolorida (1961) del escritor, periodista, dramaturgo, guionista y académico mexicano Vicente Leñero (1933-2014).

Se trata de un texto en forma de monólogo que me envolvió en el apasionante realismo psicológico del que yo estaba obteniendo mis primeras pinceladas. El ejercicio de la lectura me llevó a experimentar el impulso de escuchar y apreciar la historia del protagonista Enrique, y considerarla como una oportunidad exploratoria de lo que me esperaba dentro de unos años en mi consultorio.

Con esta obra, Vicente Leñero coloca al lector en la posición de los que estamos en la búsqueda y el trabajo de la salud mental del individuo y la sociedad. El receptor se encuentra atrapado en una vorágine de sucesos de una vida que parece haber sido sometida al silencio por los personajes cercanos a Enrique, ya fueran reales o producto de su desorden psíquico, asunto que el escritor deja totalmente a la interpretación individual.

En este cauce de palabras y voces internas, que llevan dejos de sinsentido y de cordura, se aprecia el dolor y la angustia que envuelven la infancia, adolescencia y juventud de un Enrique que nunca encontró a la madre imaginada, y que, más bien, se sintió castigado por el yugo de lo único familiar que le quedó: sus tías, amistades y personas añoradas que se mezclan en un torbellino de palabras a lo largo de la historia. En la novela, el monólogo de Enrique se dirige a un oyente que jamás conocemos. En él explica por qué abandonó el manicomio y cómo ha sido su vida hasta entonces: cuál fue su experiencia al haber vivido durante su infancia y juventud bajo el régimen de dos aparentemente insesibles tías dentro de una casa que albergaba el encierro de su madre, sin posibilidad alguna de visitarla.

Es por estos recuerdos peculiares entre pasado y presente, entre ficción y realidad, entre personaje y paciente que decidí tomar este caso. Pues Enrique, mi paciente, se encuentra inmerso en algo tan enmarañado y lleno de perturbaciones parecidas al personaje creado por Vicente Leñero… Te veo la semana siguiente para que analicemos juntos este caso.

Enrique

Tal como acordamos la semana pasada durante nuestra conversación telefónica, me gustaría platicarte sobre un caso nuevo que llegó a mi consultorio. Estaba terminando de redactar mis consultas del día. La noche era fría y lluviosa; en el sanatorio se percibía un clima particularmente silencioso, parecía que los sedantes ya habían surtido efecto. De pronto comenzó a escucharse barullo en la puerta de traslados y salí a ver qué era lo que estaba pasando.

Recuerdo perfecto cómo entró un aire helado por mis piernas hasta terminar soplando mi nuca, como un susurro anunciante; dos enfermeros lo sujetaban con fuerza. Él solo daba gritos ahogados; pedía regresar a la casa de San Ángel; gritaba con furia que su hijo moriría esa noche si no cuidaba la entrada del sótano. Conforme iba acercándome cruzamos la mirada, pude ver sus ojos. Parecían dos agujeros negros profundos y solitarios, su piel estaba cuarteada, su aliento parecía muerte, sus ropas enjuiciaban ser de otra época. No es que desconfíe de mis habilidades psicoanalíticas, pero al mirar ese rostro tan perdido, recordé cuando estaba en el primer año de la carrera leyendo una novela sobre un personaje psicótico.

Lo pasaron al pabellón catorce, le administraron un sedante, y sus alaridos se fueron extinguiendo en la obscuridad de la madrugada. Al día siguiente, parecía otra persona. Se percibía más tranquilo y lúcido, así que comenzamos nuestras sesiones caleidoscópicas.

El paciente se llama Enrique, llega al sanatorio después de presentar un brote psicótico, aunque él manifiesta que llegó aquí para solicitarme ayuda con el rescate de su hijo. Fue criado por dos de sus tías —Ofelia y Carmen—, ambas solteras. La figura paterna siempre estuvo ausente; su padre murió en un viaje cuando Enrique estaba en la primera infancia. Su madre desarrolló trastorno esquizoafectivo, esto después de la muerte del padre. Solo por periodos convivía con un tío —llamado por el paciente tío Pepe—, quien murió cuando Enrique estaba en la segunda infancia. Esto ocasionó que sus relaciones afectivas se basaran en lo bipersonal, volcando sus deseos solo en la figura femenina.

Primera entrevista

Comenzó pidiendo ser escuchado con atención para que yo pudiera entender el motivo por el cual buscó este encuentro. Desde la edad preescolar, Enrique creó un amigo imaginario llamado Raúl Zetina. Este personaje le ayudó a sobrellevar toda la parte social hasta la adolescencia; recuerda que en la escuela era muy señalado por los niños malos, como él les llamaba, se sentía perseguido y muy criticado.

Enrique comenta: “Para acabar con sus burlas, para poner punto final a los apodos y a las majaderías que se secreteaban con Raúl y que luego Raúl se sentía obligado a confesarme porque al fin y al cabo él era mi niño amigo, empecé a juntarme con ellos, a hacerles y a reírles cuentos que no me daban risa” (Leñero 26).

Para Enrique esta etapa significa una fuerte necesidad de vincularse. Sin embargo, teme la intrusión, el abandono, el rechazo y, por ende, Raúl siempre trataba de calmarlo y calmar a los otros niños tratando de integrar a Enrique. Dentro del cuadro simbiótico que lo caracteriza, lo significativo sería que representa la naturaleza de sus propios vínculos. Es decir, él piensa que es nada para nadie, de ahí, el sentir la mirada persecutoria de su familia y compañeros simboliza la fantasía del Yo de ser atacado por todos.

En la adolescencia, este amigo imaginario que solía cuidar sus heridas se fue convirtiendo en un personaje persecutorio y ambivalente, al grado de que conceptúo una escena de abandono: Raúl lo corre de su casa por instrucción de la suegra, dejándolo a la deriva. A partir de entonces ya no vivió a este personaje como una ayuda, sino como un ojo crítico que lo llevaba a estados paranoides.

En el caso de Enrique, las perturbaciones psicóticas se fijaron en la etapa temprana del desarrollo. Es evidente la ruptura total del Yo, proyectando así la parte destructiva y odiada en su estructura psíquica, lo que hace que se perciba como un peligro para el objeto amado, y por lo tanto, origina la culpa.

Segunda entrevista

Enrique entra súbitamente sujetado por uno de los enfermeros, se nota un tanto molesto, pero está más ávido por seguir hablando.

La sesión se dirige inmediatamente a la vida con la mamá. La madre fue totalmente ausente y creada desde un constructo imaginario. El pequeño Enrique fue agredido física y verbalmente desde el momento en que su madre se desvaneció en los sueños profundos de las alucinaciones. La custodia se encontraba a cargo de sus dos tías: Ofelia —una señora que él describe como poco tolerante, cero amorosa y amargada a causa de no haber conocido el amor—. Enrique comenta: “Tía Ofelia era tan mala como las mujeres más malas del mundo” (Leñero 56).

Para la infancia del paciente, esta tía fungía como la representación de la madre malvada; la que lo abandonó, la que no tiene muestras de cariño, la que no se preocupa por saber cómo se siente, qué lo está confundiendo, sino todo lo contrario: lo castiga, incluso a altas horas de la noche, lo trata de mantener distante y continuamente destaca sus errores.

De su tía Carmen, Enrique suele mostrar vestigios de cariño, un cariño matizado por la identificación hacia un odio por la madre mala. El paciente relata cómo la influencia ruin y desmedida de tía Ofelia mermó la autonomía de tía Carmen, sucumbiendo ante los chantajes, al grado de perder al amor de su vida, convencida por ésta de que no estaba a su altura y no tendría ningún futuro con él.

No menciona en qué momento pasó, Enrique solo sabe que poco a poco se dio cuenta de que su madre vivía enclaustrada en una habitación de la casa, y que no podía verla aun cuando anhelaba estar entre sus brazos, imaginando lo hermoso de su rostro. Esta prohibición le generaba niveles de angustia intolerables. Para Enrique era importante que su mamá fuera como una fotocopia de la profesora que tuvo cuando asistía al colegio (Miss Eugenia), pero no solo modificando el aspecto externo, sino también entraba en juego el aspecto emocional, así como los afectos que se adhieren al caso.

En el caso de Enrique percibo una tendencia fuerte al funcionamiento psicótico, resultado de una clara identificación con la psicosis materna, así como una falta en el vínculo con ésta.

Tercera entrevista

Enrique se muestra decepcionado, confundido y muy molesto al entrar al consultorio. Le pregunto qué es lo que pasa, y con un tono de voz rencorosa y fría me responde que no valió la pena el viaje hasta aquí, pues la ayuda que me solicitó no ha llegado y es probable que su hijo ya esté muerto.

Lo insto a hablar del tema, le pido que me explique qué es lo que pasa con ese hijo; comienza una historia de amor con una mujer llamada Isabel Huerta, una mujer de apariencia física más grande que él, vestida de luto cuando la conoció, de carácter afectivo y tierno. Lo escuchaba hablar y comprendía por qué se sentía enojado o triste, pues ella también había tenido una infancia dolorida. Al poco tiempo se casaron y tuvieron un hijo.

Enrique comenta: “Yo no podía acompañarla porque estaba en cama, con fiebre, encerrado allá arriba en mi cuarto. Isabel se acercó. Voy a salir, me dijo. ¿A dónde vas?, le dije. A ver al doctor porque la criatura va a nacer muy pronto…salió del cuarto y no volví a verla” (Leñero 151).

Enrique menciona que su hijo sí vivió pero que siempre estuvo enfermo, y desde que se recuperó, sus tías lo tienen encerrado en el sótano.

Para Enrique, el momento de crear un mecanismo de idealización con la madre se vio truncado por su ausencia, y aunque trató de reflejarlo con la creación de una mujer buena, en este caso Isabel, se realizó de forma patológica, lo que le impide defenderse de ansiedades persecutorias. Entonces, si el objeto no fue perfecto ni poseía todo, se destruye y ataca al Yo (ansiedad persecutoria) —el Yo tiene que preocuparse por él y preocuparse por repararlo (ansiedad depresiva)—.

El surgimiento de Isabel fue un mecanismo masoquista que revivió el abandono y la muerte de su madre dejando al hijo —donde se ve proyectado Enrique— solo y desprotegido física y emocionalmente. Ahora ese hijo está atrapado en el sótano que Enrique describe como “un lugar horrible, una cárcel, manicomio sin luz, que es muy grande, mal ventilado, sucio y lleno de voces, voces por todas partes que persiguen y atormentan a su infeliz morador” (Leñero 135).

Este sótano es la representación de la psicosis sobre el Yo que le atormenta y, que su ruptura psíquica le impide abrir y explorar.

¿Y tú qué opinas acerca de este paciente?

Bibliografía:

Asociación Americana de Psiquiatría. Guía de Consulta de los Criterios Diagnósticos del DSM-5. España: Editorial Médica Panamericana, 2014.

Brown, Cynthia y Maricela Vargas. “Capítulo II. Psicoanálisis y Esquizofrenia.” Creciendo con la Esquizofrenia de mi Madre. Tesis de Maestría. Centro ELEIA; México, D. F., 2000.

Leñero, Vicente. A fuerza de palabras. México: Fondo de Cultura Económica, 2002.

Consulta el artículo Aplicación de la teoría freudiana de la personalidad a la obra «La casa de las bellas durmientes» de Yasunari Kawabata aquí.

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