El psicoanalista ante lo incierto de la clínica

Por Conrado Zuliani

Al comparar el psicoanálisis con el noble juego del ajedrez, Freud advierte que, tanto en uno como en el otro, los movimientos de apertura y los cierres, los inicios y los finales de la partida se encuentran más o menos establecidos. En cambio, lo que ocurre en el transcurso del juego es imposible de prever, pues está sujeto a las múltiples variaciones psíquicas que intervienen en el mismo; únicas para cada sujeto.

Así, el psicoanálisis se presenta como una clínica de la singularidad, procede caso por caso y ello determina que cada experiencia analítica, cada travesía analítica, resulte novedosa e irrepetible. Por esta razón, el analista en su práctica se halla permanente e inevitablemente confrontado con el enigma y la incertidumbre.

Winnicott, en su libro Realidad y juego, agradece a sus pacientes que “pagaron por enseñarle”; muestra de la humildad que señala el sendero freudiano, instando a los psicoterapeutas a “dejarse sorprender” por el material del analizado. Solamente dejando en suspenso las certidumbres previas o anticipadas, puede des-cubrirse lo novedoso. La posición del analista, entonces, conlleva soportar esa dosis de angustia que la pérdida de certezas supone. En este punto, hecho mano de las palabras del poeta, que con su arte capturó precisamente este sentimiento:[i]

Ariosto me enseñó que en la dudosa
luna moran los sueños, lo inasible
el tiempo que se pierde, lo posible
o lo imposible, que es la misma cosa.

Es probable que la escritura opere para el analista como un intento por nombrar lo misterioso y lo evanescente del objeto con el que trata, esto es, el inconsciente. Se establece una relación compleja entre la teoría y la clínica, en donde pareciera que la primera siempre queda un paso detrás de la segunda. Meltzer nos insta a dejar en suspenso el aparato teórico dentro de la sesión, tal como lo hace Freud en sus escritos técnicos, cuando llama a sus discípulos a “no cavilar mientras se analiza”.

Con la atención equilibrada y flotante, el analista idóneamente debe permanecer ante su paciente sin priorizar ninguna cosa en particular; habrá de atribuir a todo lo acontecido en la sesión el mismo nivel de importancia, evitando retener de memoria y comprender anticipadamente lo que él le expone. Su tarea le exige aguantar incluso aquellas preguntas que aún no encuentran confirmación y sostenerlas, procurando siempre no saturar la sesión con la comprensión teórica de los laberintos a los que la mente de esa persona le enfrenta. Necesita saber esperar y cuándo dejar en espera, el analista necesita también ser paciente…

¿Y, entonces, qué le corresponde a él, que recibe las palabras, algunas de ellas transferenciales, de su paciente? Si algo sabe el analista es que el camino al infierno está sembrado de buenas intenciones; por ello contiene su deseo de curar, su deseo de hacer el bien, su deseo de enseñar. Puede efectuar semejante movimiento, pues la confianza en el método analítico le ha confirmado que, si aplica el método, cura –aunque, queda para otra ocasión precisar qué entiende el psicoanálisis por “cura”–.

Podemos afirmar que lo que espera el analista es que en esa sesión, en cada una de ellas, una tras otra, pueda aplicarse, instalarse y ejecutarse el método analítico. Su objetivo fundamental es poder aplicar este método; que el trabajo asociativo y el de interpretación puedan producirse, que estas operaciones se lleven a cabo de ida y vuelta, no obstante involucren tanto avances como retrocesos, en una actividad donde, tomo una vez más las palabras de Borges, se re-vele: “La compleja escritura de esa rara Cosa que somos, numerosa y una”.


[i] Borges, Jorge Luis, El hacedor, EMECÉ, Buenos Aires, 1967.