Psicología de los trastornos del pensamiento

Por Bárbara Sánchez Armass

El origen y el proceso del pensamiento son temas de interés constante para el psicoanálisis y sus distintas corrientes han vinculado con frecuencia la noción de conflicto con el desarrollo de la capacidad para pensar. En tiempos de Freud los trastornos se relacionaban con la falta de represión: el ello no abre paso al pensamiento y, en su nivel estructural, el yo queda bajo el dominio del principio del placer, permaneciendo ajeno a la realidad e inmerso en un mundo de alucinaciones, con predominio del proceso primario de pensamiento. La observación fenomenológica de estos trastornos es muy evidente. Aun así, Freud mismo señaló que en los neuróticos se pueden rastrear ciertas fallas en el juicio.

Desde la perspectiva postkleiniana, las emociones tienen un nexo íntimo con la creación de un aparato para pensar, la capacidad de brindar significados a las experiencias y de representar verdades. Este proceso es largo y no surge de manera condensada, sino como una elaboración cargada de misterio e incertidumbre. Cuando el pensar es muy doloroso, el yo busca salidas mediante distintos métodos, que tratan de evitar el dolor mental, pero que ineludiblemente conducen a la desorganización mental. Poder pensar implica responsabilidad psíquica, estar en contacto con las fantasías inconscientes y encontrarse con la propia agresión, la soledad, las heridas narcisistas, la dependencia, pero también con la belleza y el misterio de la escena primaria.

Las inhibiciones del pensamiento que observó Klein se deben a la intensidad del sadismo que irrumpe en los vínculos y a los montos de ansiedad. Si predominan mecanismos de la posición esquizoparanoide, el pensamiento es muy concreto: no hay simbolización, ni síntesis.

Las equiparaciones simbólicas, concepto que desarrolló H. Segal, explican la dificultad para lidiar con la agresión. El resultado son perturbaciones en la diferenciación entre el yo y los objetos, el uso masivo de la identificación proyectiva y las ansiedades persecutorias que dominan la mente del paciente psicótico. En estos casos, las cosas del mundo externo no son representaciones de objetos internos, sino que son el objeto malo y persecutorio; el símbolo se equipara con el objeto simbolizado.

Los trastornos de pensamiento son consecuencia de una negación severa de la realidad interna y externa. La observación clínica de la identificación proyectiva permitió comprender otros trastornos de pensamiento. Bion utilizó como marco de referencia las posiciones de Klein para comprender la función continente-contenido como un lugar donde sucede la función alfa, el proceso mismo del pensamiento con base en la elaboración de las emociones y el conocimiento. Cuando está función se perturba se crean elementos beta, que no son sujetos a simbolización: son cosas en sí mismas. Lo que no se puede pensar se evacúa mediante alucinaciones, somatización o actuaciones. Pero estos procesos pueden estar latentes en cualquier persona, cuando le resulta muy doloroso ver la verdad.

Meltzer retoma las ideas de Bion y considera que el pensamiento es un intento por significar el contacto emocional. El símbolo es un recurso para intercambiar el significado, una forma de vinculación que expresa congruencia, pero que lleva en sí un incremento de significado. El encuentro con las verdades, con los conflictos y con lo estético es la fuente del pensamiento, siempre y cuando se pueda mantener una tolerancia al proceso de pensar en sí. Estos trastornos surgen cuando no se puede ser receptivo a las experiencias emocionales y cuando predomina la hostilidad en los vínculos. Pero también se evidencian al no poder mantener el sujeto una actitud humilde, sincera e imaginativa frente a la intimidad y ante lo que está por conocer.

Si pensar es un proceso de continua construcción, un intento de significar los contactos emocionales y de representar las experiencias, entonces los trastornos del pensamiento son defensas contra la capacidad misma de pensar; en lugar de procesos simbólicos encontramos una recopilación de datos y signos convencionales o mentiras, adhesión pertinaz a grupos de supuesto básico, sobre-adaptación, uso del lenguaje sin intenciones comunicativas ni simbólicas, actuaciones, enfermedades psicosomáticas o, en casos más graves, alucinaciones y autismo.

Los trastornos de pensamiento también se muestran en el carácter, por ejemplo, cuando una persona carece de curiosidad o si sus ideas son rígidas y escindidas, si crea dependencia en sus vínculos, si se guía por las formas y no por los contenidos, si mantiene relaciones con base en estereotipos o que en general no son auténticas ni espontáneas, si no se puede beneficiar de otros o muestra mucha envidia, si padece una sensación de urgencia por resolver sus problemas o, al contrario, si se satisface con ideas preconcebidas que no le permiten dudar, etc.

Tales son los diversos modos como los trastornos de pensamiento se manifiestan no sólo en pacientes graves, sino que pueden formar parte del carácter de todo individuo.