El mundo interno

Por Sara Fasja Laniado

Jean Arundale, en su artículo “The Way to Identity: an Auspicious Method?”, subraya que sólo cuando se accede al mundo interno de los pacientes es que se puede lograr una modificación de los objetos y del self. El analista considera la mente como un mundo interno, con personajes y una realidad concreta. Frecuentemente, conforme el analista se interesa en el mundo interno del paciente, éste último también se empieza a interesar al respecto.

En el proceso analítico, al ir presentando al paciente consigo mismo, es necesario conocer las partes buenas y malas de su self, para que la identidad propia se desarrolle y se complete. Es fundamental reconocer los aspectos no agradables, como los celos, la envidia, el sadismo o la destructividad, así como ser capaz de identificar las partes buenas, los atributos positivos y los logros. La conciencia de las partes malas permite encontrar una serie de posibilidades o alternativas. El bienestar proviene de ser capaz de internalizar y preservar objetos buenos por medio del amor. Para la identidad y la estabilidad, es crucial tener un objeto interno bueno (Arundale, 2017, p. 11).

            A manera de ejemplo, relataré una sesión en la que se muestra el trabajo con los objetos internos, es el análisis de una paciente joven, quien, un día, acude a su cita sin haber planeado qué decir. Ella frecuentemente asistía a la sesión y hablaba verborréica los primeros veinte o veinticinco minutos. En esa sesión en particular, menciona que no sabe qué decir, y luego recuerda que pudo parar de hacer lo que siempre hace en el día: rumiar ideas sobre sus conflictos, dejando de trabajar, aislándose y atrasándose en todas sus responsabilidades por esta actividad mental. Eso me llama la atención, por lo cual le muestro la diferencia de cómo viene ahora y el contraste con su actitud de sesiones anteriores. En respuesta, me cuenta un sueño: ve a su abuela como un fantasma moviéndose. Todos saben que está muerta, pero ella es la única “especial” que puede verla, incluso, la abuela pasa por donde están los demás, pero no la ven. Ella se sube al coche y va manejando, saludándola. Asocia con la muerte de su otra abuela, quién tenía cualidades, pero no tantas como la abuela del sueño; ésta es una mujer activa, se mueve por ella misma en camión, estudia, viaja sola, les lleva comida a los pobres, cocina muy bien, y relata cuánto siempre le ha encantado pasar tiempo con su abuela, porque la admira y le gusta hacer muchas cosas con ella.

            Utilizo como herramientas la concepción del mundo y los objetos internos, el sueño, la asociación y la forma en que hoy viene a la sesión ‑la transferencia‑, para, de esa manera, poder pensar en una interpretación: le digo que su sueño habla de una parte de ella que se identifica con su abuela, en su posibilidad de moverse y de ir a todas partes, pero que, en el sueño, la abuela es un fantasma. Le comento que, posiblemente, en su identificación con la abuela, ella se queda con el movimiento, pero sólo en el nivel fantasmático, es decir, en el movimiento mental que la hace sentir especial y capaz de resolver todo. Sin embargo, ahora lo traía sólo en el sueño, porque hoy no lo hizo “fantasmáticamente”, sino en la realidad, y pudo trabajar. Es decir, le ofrezco una descripción para señalarle de qué manera ella reproduce el estilo de movimiento vigoroso que la abuela tiene, pero no termina de integrar de una forma más sólida y menos fantasmática la creatividad y el compromiso emocional fecundo que la abuela tiene con la vida. Confunde el estilo acelerado e hipomaniaco con la vitalidad.

Me responde que considera su actividad mental muy importante, pero que, al final, siempre acaba sin resolver nada; que entiende bien lo que digo y recuerda también que ella no le comenta a nadie que tiene planes de cuidarse sola, es decir, de hacerse cargo de sí misma, no obstante, sí lo piensa mucho, pero cuando tiene la oportunidad de compartirlo, prefiere que los demás la sigan atendiendo y no les dice que tiene la idea de hacerse cargo de ella.

            De esta asociación, comprendimos que la metáfora de la abuela fantasma dentro de su mente es compleja y tiene múltiples significaciones. Por un lado, es la identificación con una abuela que logra cosas por ella misma, pero por otro, es una identificación en el nivel fantasma, que no logra una consistencia en su interior porque es superflua, está en la forma y no en el fondo. Ella cree que su estilo acelerado implica hacer cosas por ella misma, se siente especial por esto, pero en cuestiones fundamentales ella no logra hacerse cargo, sino deja que la lleven. En respuesta a esta interpretación, la paciente contestó “sí, dejo que me lleven, como en el asiento de atrás de la camioneta en el sueño”.

            Esta sesión fue, básicamente, una entrada al mundo objetal interno de R. La relación e identificación con su abuela aportan una valiosa posibilidad para comprender algunos de sus conflictos actuales: es parecida en la agilidad y aparente autonomía a su abuela, pero simultáneamente no se hace cargo de sí misma. De esta comprensión, la paciente puede tomar un nuevo conocimiento y fuerza interna para modificar su identificación con la abuela, hacer uso de ésta no sólo en el nivel adhesivo, sino realmente para comenzar a moverse, identificándose ahora con la verdadera vitalidad.

            Últimamente, en la transferencia, yo me había sentido muy demandada por ella. Una sesión anterior a la que comento, le interpreté dicha demanda constante y su verborrea. Ella se dio cuenta de que también le pedía a su madre que le dijera qué hacer, y le insistía hasta que le resolvía las cosas. Al trabajar la transferencia en el aquí y el ahora de la sesión, pudimos acceder al mundo de objetos internos, transportándonos a su vida actual, a sus recuerdos de pequeña, sus identificaciones y a su identidad actual. Descubrir los componentes de la identidad no es una tarea intelectual, sino un ejercicio de exploración entre paciente y analista, mediante un emotivo e intuitivo hallazgo de aspectos duraderos del self y “hechos seleccionados” (Bion, 1967, citado en Arundale, 2017, p. 22). Esto constituye la identidad, conforme Arundale la entiende.

            La asociación libre y la autorreflexión en el proceso analítico habilitan al paciente a entrar en contacto con la complejidad de su identidad: partes vivientes de él que antes no conocía. El paciente puede sopesar opciones y escoger qué y a quién quiere en su vida, puede crear relaciones verdaderas con otros y visualizarse desde diferentes puntos de vista, además de llegar a conocer su rol en las dificultades que conlleva su vida, los ataques hacia sus objetos y rastrear las fuentes de su agresión (Arundale, 2017, p. 20).

            En el análisis, los pacientes pueden cambiar la imagen distorsionada de los padres hacia una más integrada y realista de ellos. Como ejemplo, pienso en un paciente de quince años que consulta conmigo, a causa de lastimarse la cara y sacarse costras. Viene con odio y coraje a su madre, porque ella le pegaba de pequeño. Al trabajar sobre los aspectos agresivos de la madre, también apareció la posibilidad de pensar en la historia dolorosa que ella tuvo de niña y comprender un poco sus identificaciones agresivas. Más adelante, el paciente pudo contactar con un sentimiento nuevo: el reconocimiento de que su madre siempre estuvo con él, que no lo abandonó y también lo procuró y cuidó. De esta posibilidad de comprensión, resultó un nuevo cariño hacia su madre, una relación ambivalente, ya no totalmente impregnada por el odio y la agresión. Los sentimientos intensos de odio, aparte de la alteración que provocan en la mente y la interferencia con la verdad, son sentidos como un daño tanto al objeto como al self. La experiencia de sentir que se ataca a los objetos buenos es devastadora y crea una culpa poderosa, la cual, a su vez, se puede convertir en arrebatos de rabia y resentimiento hacia quienes se los considera responsables del sentirse culpable (Arundale, 2017, p. 21). Conforme el amor y el odio se vinculan e integran, el paciente puede restaurar y ver a sus objetos de manera más realista, sin la devaluación e idealización que los coloreaba anteriormente (Arundale, 2017, p. 20). En el análisis, los pacientes pueden comenzar a experimentar a sus objetos como menos persecutorios y más útiles o atentos.

            Paciente y analista transitan por un camino complejo, poco a poco, el paciente puede ir encontrándose a sí mismo (Arundale, 2017, p. 19). Se descubren identificaciones, relaciones internas con objetos, partes de sí mismo y creencias distorsionadas, así se avanza hacia la integración y modificación de la identidad del paciente.

Referencias

Arundale, J. (2017). The Way to Identity: An Auspicious Method? En Identity, Narcissim, and the Other. Londres: Karnac, pp. 1-22.