Depresión en el arte

Por Ana Livier Govea

Innumerables son los cuestionamientos en relación con la actividad creadora, la capacidad creativa del artista, las afecciones emocionales, la locura y su relación con la genialidad (si es que existe alguna). Los supuestos sobre la depresión como catalizador purificante de los procesos creativos en el artista atormentado son bastante comunes.

Estos planteamientos no son novedosos, pues el mismo Aristóteles en su texto “Problema XXX” (El hombre genial y la melancolía) afirma: “Todos los hombres excepcionales son melancólicos.” Esta condición obedece, según el Estagirita, a causa físicas (un exceso de bilis negra) y, por tanto, todos aquellos que tengan este exceso participarán también de la excepcionalidad que está reservada a los grandes personajes (Peretó R. 2010). Para Aristóteles existe una relación entre la melancolía y la genialidad y, por tanto, sería esta condición humoral algo deseable. Aristóteles no solo entendía a la melancolía como una tristeza idealizada e inofensiva que en ocasiones cubre con un halo de seducción y misterio al “artista” (idea que reaparece y perdura en el Renacimiento y en el Romanticismo), sino que se debía a la mezcla de los humores, los cuales definirán la personalidad. Hoy sabemos que el tormento, la melancolía y el abatimiento corrosivo poseen un aspecto sufriente y doloroso para quien padece esta condición.

La melancolía, según Aristóteles, se debía a un exceso de bilis (-colia) negra (melan-) en el cuerpo. Este humor se encuentra en todos los hombres, aunque no se manifiesta del mismo modo. Pensaba que el humor se alteraba por ciertas causas: o bien por un problema digestivo, o bien por cambios transitorios en el frío o el calor, o bien por una preponderancia del humor melancólico sobre los demás debido a una cuestión constitutiva del sujeto. En el primer caso, aparecerán las «enfermedades melancólicas» (epilepsia, parálisis, depresión, fobias) y, en el segundo, el hombre melancólico por naturaleza.

El humor melancólico que se relacionaba con la bilis negra evocaba el lado oscuro del hombre, el cual pone al cuerpo en un estado de tensión que da lugar a una variedad de conductas. Esta tensión vinculada al humor melancólico involucra facilidad para recordar, imaginar y escribir. Aquí la melancolía se destaca como algo positivo y sería como “un don para la creatividad” o “la alegría de estar triste”. Se establece así un vínculo entre inspiración, genio y locura a partir del término melancolía (Pérez Álvarez, 2012).

Y ya desde esos tiempos se ha relacionado al genio artístico con los padecimientos del alma. Con Diderot se solidifica la idea de que el artista es un ser excéntrico e inestable, un inadaptado poseído por su tormento y exorcizado en cada obra.

En la Edad Media, la concepción sobre la melancolía cambia; ya casi no se la vincula con un nivel excepcional en el sujeto y, por el contrario, se le considera como una enfermedad y se le asocia con el pecado de la acedia. Esta última tenía una variedad de sentidos relacionados con la aflicción, dejadez, tristeza, desánimo y pereza. De hecho, la acedia bajo la modalidad de pereza se incluyó entre los pecados capitales y se la vinculaba con el trinomio: tristeza-aflicción-desesperación. También se le consideraba en términos de negligencia, ociosidad e indolencia (Pérez Álvarez, 2012).

En el renacimiento, la melancolía se vincula con la ampliación de la conciencia de sí mismo, con acento en la sensibilidad para apreciar las cosas del entorno. La melancolía como estado de ánimo tiene que ver con la tristeza sin causa. Es común observar los estados melancólicos personificados en las artes, en donde se encapsula a la melancolía en el ensimismamiento reflexivo.

 

Melancolía 1. Alberto Durero

Durante los siglos XIX y XX se da una gran transformación en la concepción de la melancolía. Por una parte, en el ámbito de la literatura se transforma en aburrimiento y en el contexto clínico se le transforma en depresión. En este contexto, la melancolía fue definida como un estado de depresión mental en el que la tristeza no está justificada; por lo tanto, en esta línea, la melancolía terminaría por ser un subtipo de la depresión.

Desde la clínica de esa época, algunos autores definieron la depresión como un estado opuesto a la excitación, consistente en una reducción de la actividad general, la cual produce desde fallos menores en concentración hasta la parálisis total. También en esta época aparece el abordaje psicoanalítico con las aportaciones de Sigmund Freud.

Freud, en su ensayo “Duelo y melancolía”, compara el estado depresivo que surge por un duelo y el estado depresivo que surge en la melancolía. De acuerdo con este autor, la melancolía pareciera ser una depresión profundamente dolorosa en donde existe una suspensión del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda actividad y la disminución del sentimiento de autoestima que se manifiesta en autorreproches (Freud, 1917). Tanto el duelo como la melancolía implican una reacción a una pérdida, pero en el duelo la pérdida es conocida, mientras que en la melancolía es inconsciente, se refiere a un objeto investido narcisistamente e incorporado en el yo. Es decir, hay una identificación narcisista con y una ambivalencia hacia este objeto perdido, donde predominan el odio y la destructividad (Freud, 1917). Este texto es fundamental en la literatura psicoanalítica para poder entender lo que llamamos trastornos depresivos.

 

Ahora bien, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la depresión es un trastorno mental frecuente que se caracteriza por la presencia de tristeza, pérdida de interés o placer, sentimientos de culpa o falta de autoestima, trastornos del sueño o del apetito, sensación de cansancio y falta de concentración. El DSM-V contiene su apartado “trastornos depresivos” y propone distintas variantes de esta condición patológica. Por ejemplo, trastorno depresivo mayor y trastorno depresivo persistente o distimia. El deprimido tiene un ánimo decaído, aletargamiento, falta de apetito y afecciones somáticas, por mencionar algunos síntomas. El diagnóstico, así como su duración e impacto en la vida del individuo, dependerá de la gravedad de los síntomas.

Entonces, ¿el arte de Plath, Woolf, Pizarnik, Hemingway, Balzac, Flaubert, Cioran, Poe o Conrad provienen necesariamente de los estados afectivos perturbados y obnubilados por la depresión, o bien su capacidad creadora procede de múltiples componentes?, ¿es la capacidad artística creadora la pareja creativa indomable de la depresión o la melancolía?

 

Beethoven, encerrado en el dolor de la sordera, pasó gran parte de su vida dominado por un tono depresivo, con accesos de cólera y rasgos geniales. Claude Monet experimentó el abatimiento que precede a los momentos de intensa creatividad exiliado de su estudio. En los lienzos del primer periodo de Edvard Munch se palpa el sufrimiento devenido de la muerte y la enfermedad; por ejemplo, en “ Amor y dolor”, “Ansiedad” y “El grito” (1893-1894).

 

Melankoli, 1894. Edvard Munch

Y es que, a decir verdad, en la historia del arte encontramos incontables nombres de artistas deprimidos, ansiosos, iracundos, maníacos o melancólicos; también encontramos estas mismas condiciones sintomáticas y estructurales en personas que, pese a padecer la patología, no son creadores ni creativos ni artistas. Por lo tanto, el padecimiento psíquico quizá no sería condición única, necesaria y determinante para poder afirmarse y erigirse como un genio innovador. Antes bien, la depresión, así como otras perturbaciones psíquicas, deberá tomarse en serio a la luz del conocimiento actual para su pronta detección e intervención oportuna.

 

 

Referencias

Brenot, P. (1998). Le génie et la folie. En peinture, musique et littérature. París: Plon.

Sandblom, P. (1992). Enfermedad y creación. Cómo influye la enfermedad en la literatura, la pintura y la música. México: Fondo de Cultura Económica.

Peretó Rivas R. (2011). Aristóteles y la melancolía. En torno a Problemata XXX,1. En: Contrastes. Revista internacional de filosofía, 17.

Freud, S. (1917). Duelo y Melancolía. En: Obras Completas (vol. 14). Buenos Aires: Amorrortu, pp. 235-255.

Pérez Álvarez, M.   (2012). Las raíces de la psicopatología moderna. La melancolía y la esquizofrenia. Ediciones Pirámide. Madrid, España

Organización Mundial de la Salud. OMS|Depresión(who.int)