Convertirse en padres: de la paternidad a la parentalidad

Por Gabriela Cardós Duarte

El proceso de convertirse en padres es complejo, en él se ponen en juego muchos elementos de tipo social, económico y sobre todo psico-emocional para los que no estamos preparados, en la mayoría de los casos. Nos es bien conocida la frase: “Nadie nos enseña a ser padres”, que de hecho resulta muy cierta pues el proceso de ser padres se construye a partir de nuestra historia personal.

Deberíamos empezar por aclarar que el término “paternidad” da cuenta del fenómeno biológico de convertirse en padres. Pero, también se refiere al reconocimiento jurídico que relaciona a los descendientes de una pareja entre sí y con sus progenitores, aunque en ocasiones sólo tengan un antepasado común. Dicho reconocimiento determina los derechos y obligaciones de los miembros de una familia o etnia dentro de la sociedad.

De acuerdo a Lebovici (2004), la “parentalidad” es una estructura dentro del psiquismo, que se construye y evoluciona a la par que lo hace el individuo y su familia. Implica haber trabajado consigo mismo y reconocer que hay algo heredado de nuestros propios padres, es decir, un legado trans-generacional.

Por otro lado, históricamente, el deseo de tener un hijo ha sufrido modificaciones a lo largo de los siglos. En su texto ¿Existe el amor maternal?, Elizabeth Badinter (1981) muestra que muchos de los niños nacidos en Francia hacia 1780 fueron cuidados por nodrizas casi desde el momento de su nacimiento. Algunos niños tenían la suerte de vivir en la casa paterna. Sin embargo, era usual que los pequeños se criaran fuera y posiblemente nunca llegarían a conocer a su madre o lo harían hasta muchos años después, encontrándose con una extraña, que presumía de haberles dado a luz.

Solís-Ponton (2004) refiere que desde tiempos muy antiguos hasta incluso la Edad Media, la motivación para tener hijos se relacionaba principalmente a cuestiones de grupo, más que a razones personales. En la familia romana, el padre tenía poder total sobre su mujer y su descendencia, éste podía abandonar a un bebé recién nacido bajo cualquier pretexto, si era una niña, si tenía un defecto físico, etc. Hasta el siglo XVIII surgiría una tendencia social a los sentimientos de amor por los hijos y poco a poco se desarrolló una preocupación por el lugar que ocupan en la familia y su bienestar.

Volviendo al discurso psicoanalítico, la parentalidad es, entonces, la maternidad y la paternidad psicológicas, que se construyen en el psiquismo y es producto de lo intersubjetivo y de la transmisión generacional.

La transmisión se deposita en el “hijo imaginario”: durante el embarazo, la mamá piensa en el bebé que va a tener, en el nombre que le pondrá –el cual está cargado de muchos sentidos–, en el parecido que tendrá con ella o con el padre, si prefiere que tenga un sexo u otro, o desarrolle ciertas habilidades. A todo ello se le suma la representación de a quién le remite el bebé inconscientemente. Por esta razón, su hijo será portador de semejante herencia; este bebé imaginario lleva ya la transmisión trans-generacional.

Después, nace el pequeño. La madre en sus brazos sostiene al “bebé real”, pero igualmente carga al imaginario y se sentirá decepcionada al compararlos. De hecho, cuanta más distancia exista entre el bebé imaginario y el bebé real, mayor será la probabilidad de que existan conflictos en el vínculo inicial entre madre e hijo.

Durante el embarazo se “sueña” con un “hijo ideal”, identificado en el inconsciente con el superyó de los abuelos. Así se introduce el conflicto edípico de los padres, en la relación con el nuevo miembro de la familia. Lebovici (ibíd.) lo explica más o menos de la siguiente manera: cuando la hija le dice a su madre que está embarazada, ocurre un cambio mediante el que se expresa una deuda de vida; la madre acepta que ahora ella será la abuela y cree que su hija lleva algo de sí misma, que le restituye su competencia como madre. Por su parte, el futuro abuelo se alegra con la noticia, pues se piensa como el padre adoptivo de ese bebé; se reactiva el Edipo y fantasea con ocupar el lugar del yerno. En general, pareciera que el embarazo estimula el narcisismo de los padres, quienes ahora desean ser buenos progenitores, para dar a los abuelos un hijo de sí mismo.

Ahora, si este bebé se siente deseado por sus padres, conseguirá convertirlos dentro de su mente en eso mismo, en sus padres. Los autores aquí mencionados suponen que la parentalidad se origina en una serie de intercambios interactivos, donde también será tarea del bebé parentalizar a sus progenitores: deberá mostrarles que se siente cómodo en sus brazos, que es capaz de reconocer su voz y que prefiere que sean ellos quienes le prodiguen cuidados.

En resumen, la parentalidad empieza con el deseo de tener un hijo, prosigue con el embarazo, el nacimiento y el desarrollo del pequeño, siendo al mismo tiempo producto del parentesco y de la parentalización de los padres.

Bibliografía

  • Badinter, E. (1992) ¿Existe el amor maternal? Madrid: Paidós.
  • Geissman, C., Houzel, D. (2000) El niño, sus padres y el psicoanalista. Madrid: Síntesis.
  • Solis-Ponton, L. (2004) La Parentalidad, desafío para el tercer milenio: un homenaje internacional a Serge Lebovici. México: Manual Moderno.