El tránsito adolescente. La relación con los padres y los amigos

Por Magaly Vázquez

La adolescencia implica un proceso necesario de crecimiento, transición y transformación psíquica que le permite al joven convertirse en un adulto independiente y autónomo. El artículo anterior se desarrolló alrededor de una de las principales tareas psíquicas a elaborar durante los años adolescentes: dejar atrás el cuerpo infantil e integrar las nuevas características sexuales en la mente.

 

En este escrito abordaré otra tarea psíquica importante que el joven deberá llevar a cabo. Tal como la relación con su cuerpo y él mismo se transforma, también lo hace el vínculo con las personas a su alrededor, principalmente, con sus padres.

 

Todo niño percibe a sus padres de una forma idealizada, omnipotente y omnisciente, es decir, está convencido de que ellos lo saben y lo pueden todo. Debido a la certeza de que lo que dicen o hacen papá y mamá es una verdad absoluta, no los cuestionan. Es gracias a eso que se siente seguro y protegido, se muestra obediente y amoroso, pues lo que más teme es perder su amor y aprobación. Sin embargo, cuando el niño crece, es necesario que esa visión se transforme, que los padres caigan de ese pedestal para construir una identidad propia, es decir, una forma de ser más autónoma que implique valores, pensamientos e ideologías propias.

 

El adolescente amplía su mundo y se da cuenta de que los padres no son perfectos. Esto lo sumerge en un estado de confusión y decepción. Ahora, necesita anclarse en otro lugar, identificarse con otros. Esa percepción que tenía de los padres se deposita principalmente en los amigos —aunque también en profesores o figuras como artistas, líderes políticos, etc.— y a los padres se les menosprecia. Es importante mencionar que durante este periodo, la presencia de los padres se vuelve amenazante debido a que los deseos sexuales y agresivos infantiles hacia ellos resurgen, pero con una importantísima diferencia: el cuerpo es sexualmente maduro y podría consumar tales deseos.

 

Los comportamientos que se observan en el joven respecto a sus padres, con frecuencia son la rebeldía y la arrogancia. Los cuestionan, desobedecen y pelean. No soportan que los toquen, los besen y se acerquen a ellos. Prefieren estar con los amigos y afirman que solo ellos los comprenden; así es que buscan su aceptación y pertenencia, pues ahora son lo más importante. Por momentos, sin embargo, el adolescente busca de nuevo la compañía, la escucha y el consuelo de los padres o busca ser tratado como cuando era un niño pequeño y exige, por ejemplo, que le resuelvan los problemas.

 

Estas oscilaciones en el joven lo que ponen de manifiesto son el proceso interno de la dolorosa pero necesaria experiencia de separación de sus padres y la búsqueda de autonomía. El enojo y el desprecio en realidad son defensas necesarias para poder renunciar y separarse de ellos. Más adelante, habrá un reacercamiento, pero de forma distinta, más diferenciada, independiente y permeada, idealmente, por la gratitud y el reconocimiento de lo que los padres hicieron por él.

 

Por supuesto, también es un proceso complejo y doloroso para los padres. Por un lado, tendrán que tolerar que su hijo ya no sea un niño y empatizar con la necesidad, del ahora joven, de alejarse; por otro, tendrán que seguir desempeñando la función parental; es decir, estar disponibles emocionalmente para sus hijos y limitarlos cuando sea necesario.

 

La función del grupo de amigos es de suma importancia, pues son el “puente” y el sostén que le permitirá transitar la separación, probar cierta independencia y contener las emociones que se juegan en este momento de la vida. No obstante, hay quienes no pueden tramitar esta tarea psíquica para dar el salto de lo familiar a lo social y, por lo tanto, hacia la autonomía. Son jóvenes que se muestran demasiado apegados y dependientes emocionalmente de los padres —como “niños bien portados” que no dan problemas ni en casa ni en la escuela— o son demasiado oposicionistas y el pleito es una manera de no renunciar a ese vínculo. Con respecto a los amigos, si el adolescente no tiene alguno, se aísla o no se une a un grupo tipo pandilla, son focos rojos importantes que hay que atender.

 

Te invitamos a participar en el diplomado «Adolescencia: psicología y conflictos» del Centro Eleia, en donde estudiaremos de manera profunda el complejo tránsito psíquico adolescente, así como sus manifestaciones esperables y patológicas.