Reseña de La paciente silenciosa
“Las emociones no expresadas nunca mueren. Quedan enterradas en vida y emergen más adelante de formas más desagradables”.
Sigmund Freud
Por Julia Mateos Payró
En la conferencia inaugural de las Jornadas 2013 “Psicosomática actual: teorías y enfoques clínicos, Catherine Goestchy retoma el síntoma histérico desarrollado por Freud en el. Es una historia lo que el escritor Alex Michaelides expone en La paciente silenciosa (2022) a partir del síntoma de su protagonista Alicia Berenson, quien pierde el habla a partir de la vivencia de un suceso traumático.
En la contraportada del libro encontramos la siguiente síntesis: “Tras dispararle cinco tiros en la cabeza a su marido, la exitosa pintora Alicia Berenson no vuelve a pronunciar palabra. Su silencio convierte una tragedia doméstica en un misterio que fascina a toda Inglaterra, y nadie se obsesiona tanto con el caso como Theo Faber, un ambicioso psicoterapeuta… empeñado a desentrañar lo que ocurrió aquella noche” (p. 46). Se trata de una obra actual que ha captado la atención de psicoanalistas debido a la extensa investigación que elabora el autor sobre el psicoanálisis contemporáneo. Este thriller se desenvuelve en Inglaterra y, al leerla, quien esté familiarizado con el psicoanálisis, sonreirá al encontrarse a Winnicott, Bion, Meltzer, autores no comunes de ser mencionados en una novela de ficción; sin embargo, cuando uno de los dos protagonistas es un psicoterapeuta formado en Londres, se vuelve notoria la relevancia de mostrar al lector cómo se trabaja, las corrientes terapéuticas, los conceptos como transferencia y contratransferencia, continente-contenido y el trabajo “sin memoria y sin deseo” postulado por Meltzer.
La novela comienza con unos escritos del diario de Alicia previos a la muerte de su esposo, el famoso fotógrafo Gabriel Berenson. Son un intento de diario a la Ana Frank, aunque la propia protagonista hace burla de si misma por parecer demasiado pretenciosa al compararse con ella. En el diario, Alicia habla de sus problemas en relación con la depresión, la falta de creatividad, la contención de su ira, etcétera. Poco a poco deja entrever que estamos ante una paciente fronteriza a quien el arte de pintar le ha servido de continente ante las ansiedades más profundas a lo largo de sus 33 años de vida. Después del asesinato, Alicia no pudo dar ninguna declaración: solo hubo un cuadro, un autorretrato con una sola palabra: Alcestis, la heroína de un mito griego en el que una esposa da su vida a cambio de la vida de su amado. Este cuadro y el permanente silencio son los que despiertan la curiosidad de The Faber, un psicoterapeuta de 42 años que, a la vez del desenvolvimiento de la trama de Alicia, narra su historia infantil, el inicio de su análisis personal y didáctico, y la decisión de volverse psicoterapeuta.
La novela también aborda términos como transferencia y contratransferencia con gran sensibilidad literaria: “Cuando alzaba la mirada hacia el rostro de Ruth… veía que en sus ojos se acumulaban lágrimas mientras me escuchaba. Puede que esto sea difícil de comprender, pero esas lágrimas no eran de ella. Eran mías” (p. 32) También destaca el siguiente pasaje: “Así es como funciona la terapia. El paciente delega sus sentimientos inaceptables en el psicoterapeuta, quien recibe todo aquello que a él le da miedo sentir, y lo siente por él. Y entonces, muy pero que muy despacio, le va administrando sus propios sentimientos hasta que se los devuelve. Tal como Ruth me los devolvió a mí” (p. 32)
Este tipo de descripciones nos remonta al salón de clases, cuando escuchamos a los maestros hablar sobre el significado del tratamiento analítico con pacientes, sobre todo con pacientes graves, no neuróticos como diría Green. Uno lee en La paciente silenciosa a Ana María Wiener cuando la analista Ruth le dice a Theo Faber, en relación con la psicoterapia, “No es ningún paseo. Trabajar con pacientes, ensuciarse las manos…” cuando habla sobre el cansancio después de una sesión analítica, en el que uno termina cansado de haber trabajado.
Theo Faber se ensucia las manos más de la cuenta, rompe el encuadre analítico, y aunque el tratamiento fuese poco ortodoxo al desenvolverse en una clínica psiquiátrica carcelaria, toma decisiones que en el estudiante y practicante de psicoterapia es bien sabido no ideal, como el contacto con familiares y colegas del paciente mayor de edad. No puede abstenerse y hasta un supervisor de la clínica le tiene que poner un freno, retomando a Meltzer, cuando le avisa la importancia del trabajo “Sin memoria y sin deseo”.
Se describe también el cambio de técnica, pues ya como leemos en Ortiz (2011): “Las propuestas metapsicológicas tradicionales se vuelven a pensar y se cuestionan a la luz de nuevas formas de comprensión clínica”. No se puede trabajar con contenido con una paciente que no habla. El terapeuta emplea un modo de trabajar con el paciente grave por medio de la imaginación, rellenando huecos con sus propias palabras y sin interpretar centralmente los contenidos inconscientes (Leiberman y Bleichmar, 2013).
En las sesiones con Alicia, Theo tiene que hacer uso de su imaginación; por ejemplo, al pensar en voz alta el cuadro del autorretrato realizado después de la muerte o asesinato de su esposo Gabriel. Utiliza interpretaciones en el aquí y el ahora de la transferencia, sabiendo y haciéndole saber al lector que “la terapia no solo consiste en hablar. También es proporcionar un espacio seguro, un entorno de contención” (p. 100). Quien no ha pasado en el trabajo con pacientes graves por múltiples sesiones de 45 minutos en silencio, donde se cuestiona la efectividad del proceso, donde uno comienza a sentir emociones y hay que nombrarlas por ellos, con la esperanza de que se puedan hablar o mostrar en un futuro, ya que como retoma otra psicoterapeuta, colega de Theo Faber, “La mayor parte de la comunicación es no verbal, como sin duda sabrás” (p. 100).
En el análisis de un paciente, como en la novela, se va desentrañando una historia. Una historia de la sexualidad infantil, una historia detrás de lo simbólico, en este caso, del cuadro de Alcestis que nos va mostrando los estados psíquicos de la paciente, sus recursos y sus limitaciones según su estructura mental. Me parece relevante la forma en que se le da nombre, a partir de una obra narrativa, al trabajo de los psicoanalistas contemporáneos, aunque fuese en un thriller con una fuerte crítica a la importancia de la salud mental y del análisis de un psicoterapeuta.
Referencias:
Michaelides, A. (2022). La paciente silenciosa. Alfaguara.
Goetschy, C, Martínez, C. Zuliani, C. Bleichmar N. Leiberman, C (2014) Psicosomática Actual: teorías y enfoques clínicos.
Ortíz, E. (2011). La mente en desarrollo. Reflexiones sobre clínica psicoanalítica. Paidós.
Leiberman, C y Bleichmar, N. (2013) Sobre el psicoanálisis contemporáneo. Paidós


