Espigar lo humano
Por Liliana L. Caro L.
Se podría pensar que hay en Freud una cierta manera de mirar lo humano que no coincide con la mirada del científico de su tiempo. En la Viena del positivismo, donde el saber aspiraba a la transparencia de lo medible, Freud dirige su atención hacia los desvíos: los sueños, los síntomas, los lapsus del lenguaje y la sexualidad. Su curiosidad se orienta a lo que la razón desdeña mirar. Tal vez ese gesto inaugura una de las actitudes de su teoría: la de espigar. Pero ¿qué significa este término? En inglés, la palabra glean apareció por primera vez en el siglo XIV y significaba “recoger grano u otros productos dejados por los segadores”. También puede denotar “recoger información o material poco a poco”. Su raíz atraviesa el inglés medio (glenen), el anglofrancés (glener) y el latín tardío (glen(n)ō), que alude a “hacer una colección” (Merriam-Webster Dictionary, voz “glean”).
Espigar invita a pensar en un gesto antiguo: un cuerpo que se inclina y una mirada que busca. Hay, además, en el acto de espigar un ritmo paciente y, sobre todo, una suerte de confianza en que se podrá encontrar algo que valga la pena recoger. En el corazón de “Recordar, repetir y reelaborar” (1914/1979) hay un pasaje que parece menos técnico que humano, una inflexión ética en la voz de Freud:
Es preciso que el paciente cobre el coraje de ocupar su atención en los fenómenos de su enfermedad. Ya no tiene permitido considerarla algo despreciable; más bien será un digno oponente, un fragmento de su ser que se nutre de buenos motivos y del que deberá espigar algo valioso para su vida posterior. (p. 154)
El discurso del médico se abre a una dimensión que no es la del mero diagnóstico, sino la de la escucha de lo incómodo como fuente de verdad. Freud no invita al enfermo a menospreciar su padecimiento ni a librarse de él como quien extirpa un mal; lo invita, más bien, a acercarse y mirar atentamente. Espigar sugiere una labor paciente, casi amorosa: recoger lo que queda después de la siega, lo que parecería residuo o desperdicio. Así, el malestar se convierte en un lugar fértil donde algo puede ser hallado. Freud coloca al sujeto frente a su propio campo interior y lo llama a recoger lo que puede ser encontrado.
Contemplar así el padecimiento lo cambia de enemigo deleznable a oponente digno. En esa inversión del sentido se cifra una ética: la de reconocer en lo enfermo una forma de lo propio, una voz que ha sido silenciada por la represión y que retorna una y otra vez. Espigar implica, entonces, una especie de reconciliación con lo que el yo había rechazado y la apertura para iniciar una tensa interlocución con ese fragmento del ser que se nutre de buenos motivos.
Creo que esta potente metáfora podría extenderse también al trabajo del analista. Quizá el analista sea, un poco, un espigador. Espiga en la palabra, pero también en el silencio, en los gestos, en lo que no se dice. Recolecta fragmentos, huellas, resonancias. No busca de inmediato la gran cosecha del sentido: confía en el tiempo del proceso, en la fecundidad del vínculo transferencial, en la capacidad del método para hacer emerger lo que aún no se sabe. Desde esta perspectiva, la actitud del analista combinaría humildad y curiosidad: nada de lo humano es demasiado pequeño para ser escuchado. Incluso en lo aparentemente banal —una frase interrumpida, un lapsus inadvertido— puede encontrarse una vía de acceso al inconsciente.
Esta actitud de espigar —humilde, digna, curiosa y paciente— encuentra un eco inesperado en el documental de Agnès Varda Los espigadores y la espigadora. Varda recorre distintos paisajes de Francia filmando a quienes recogen lo que otros desechan: hombres y mujeres que se inclinan sobre los restos de los mercados, los campos o las calles para recuperar objetos, alimentos o materiales. Algunos acumulan sin rumbo; otros transforman lo hallado. Varda se pregunta por el sentido de ese gesto y, al hacerlo, convierte la cámara en un instrumento de espigueo: recoge imágenes, voces, fragmentos de vidas. Espigar, dice, puede ser un acto de la mente.
Entre las figuras que retrata hay quienes intentan crear con lo recolectado, pero se quedan en el gesto inicial: acumulan sin procesar, reúnen sin elaborar. Sus habitaciones desbordadas de objetos parecen museos del sinsentido. Otros, en cambio, logran convertir los restos en una obra: el artista que afirma que el arte consiste en ordenar su mundo interno y externo transforma lo espigado en expresión, en pensamiento, en belleza. La diferencia entre unos y otros no está en lo que recogen, sino en lo que logran hacer con ello.
Quizá ahí resida la reelaboración que planteaba Freud: no basta con recoger, hay que transformar. El analista y el paciente espigan juntos entre los restos del discurso, pero el sentido no surge por acumulación. Requiere un trabajo de digestión simbólica, semejante al que Bion (1974) describió como la capacidad de procesar las experiencias emocionales hasta convertirlas en alimento para la mente. Lo espigado se vuelve fecundo solo cuando pasa por la transformación psíquica que le confiere forma y sentido. Sin ese trabajo, el análisis correría el riesgo de quedarse en una recolección interminable de material inconexo: una acumulación sin metabolización.
Espigar, entonces, no es una tarea de la memoria, sino del pensamiento. No consiste solo en recordar, sino en reelaborar: en permitir que lo recogido se transforme en algo nuevo. Así como Varda convierte los desechos en imágenes y las imágenes en una reflexión sobre el tiempo y la belleza, el trabajo analítico transforma los fragmentos del discurso en vías de acceso al deseo y a la verdad singular de cada sujeto. El arte y el psicoanálisis comparten esa vocación. Quizá la metáfora del espigar pueda pensarse como una forma de ética: la ética de quien no desprecia lo incompleto, de quien se inclina con respeto ante la imperfección.
Pensar el psicoanálisis desde esta imagen es pensar una práctica del cuidado y de la espera. Cada sesión puede ser un campo después de la tormenta: el analista y el paciente se inclinan sobre él para buscar, entre los restos, los signos de vida. A veces hallan objetos rotos, palabras viejas, silencios. Pero si la búsqueda se sostiene, si se confía en el método, tal vez algo se ilumine. En este sentido, espigar también podría ser una forma de resistencia contra el olvido y la indiferencia: una forma de amor que recoge, con paciencia y con ternura, los fragmentos de lo que somos.
Referencias
Bion, W. (1974). Aprendiendo de la experiencia (1962). Paidós.
Freud, S. (1979). Recordar, repetir y reelaborar. Obras completas, (vol. 12). Amorrortu. (Obra original publicada en 1914).
Varda, A. (2000). Les glaneurs et la glaneuse [Los espigadores y la espigadora]. Ciné-Tamaris.
Merriam-Webster Dictionary, voz “


