‘Roma’ y ‘El Renacido’. Algunas reflexiones sobre la maternidad y la paternidad.

Karina Velasco Cota

Roma y El renacido. Algunas reflexiones sobre la maternidad y la paternidad

Karina Velasco Cota

 

Recientemente hemos sido testigos del alcance que ha tenido a nivel nacional e internacional la película Roma, del mexicano Alfonso Cuarón, director de cintas como Gravedad (2013) y Niños del hombre (2006), entre otras. Se trata de un filme que toca la identidad de un México complejo a través de un fino retrato sobre la convulsión política y la composición sociocultural a principios de los años setenta.

El éxito de Roma recuerda el entusiasmo que sentimos cuando El renacido (2015), de Alejandro González Iñárritu, otro experimentado director mexicano, superó nuestras expectativas con una historia aguda que reflexiona sobre el amor, la venganza y la posibilidad de sobrevivir a ambos.

Roma y El renacido son, sin duda, obras de arte que sorprenden en muchos terrenos, una fotografía esmerada, una sonorización que lo invita a uno a transportarse a la escena misma y argumentos desafiantes que tocan dramas atemporales y universales. Discutir estas películas puede lograrse desde diversas aristas, no obstante, el propósito de esta nota no es hablar sobre cinematografía o las disyuntivas sociales, sino del sustrato psicológico en las dos historias.

Para el psicoanálisis, los ejes de comprensión de la mente son los sueños, la sexualidad infantil y la relación transferencia-contratransferencia, es decir, el vínculo que se establece bidireccionalmente entre el terapeuta y el paciente en cada sesión; sin embargo, la literatura, la pintura, el cine y la música han sido siempre elementos de gran interés para la comprensión de la vida emocional de los seres humanos. Freud, por ejemplo, retomó la tragedia griega de Edipo para hablar de la conflictiva sexual en la infancia o la novela de Gradiva de Jensen para sustentar los principios de la interpretación de los sueños, así mismo tomó fragmentos biográficos de Leonardo da Vinci para discutir su teoría sobre el narcisismo. El psicoanálisis y el arte ostentan una relación de intimidad que nos permite hacer un interesante intercambio de ideas, y en esta ocasión en particular, estas dos estupendas películas nos brindan la oportunidad de hacer algunas reflexiones sobre la maternidad y la paternidad.

Suele pensarse en la maternidad, y a veces en la paternidad, como un corolario biológico impreso en la mujer y en el hombre de forma natural, pero en realidad, en los seres humanos, ser madre o ser padre excede el hecho biológico y adquiere una significación social, cultural, histórica y, por supuesto, psicológica. La perspectiva psicoanalítica, como una mirada microscópica de la mente, contempla en la maternidad y la paternidad, no sólo una impronta o un empuje innato, sino una disposición emocional.

Roma cuenta la historia de dos mujeres que pese a encontrarse en diferentes circunstancias de vida y pertenecer a diferentes estratos socioculturales, comparten un sitio en común, la maternidad. Por un lado está Sofía, una mujer contrariada por la partida de su marido, con la mente quebrantada por la separación y sobrepasada en su función para mirar y atender a sus hijos. Por otro lado está Cleo, una joven sencilla, originaria de Oaxaca, con una devoción enternecedora y, a su vez, imponente, para amar y cuidar a cuatro pequeños que no son sus hijos biológicos.

A través del guion de la película, Cuarón nos invita a hacer una reflexión con respecto al misterio que entraña la facultad para cuidar de otro que no es uno mismo, pero que simultáneamente nos representa. Donald Winnicott, destacado pediatra y psicoanalista inglés, describe un estado emocional y psicológico específico que desarrolla una madre poco antes de ver nacer a su hijo y durante los primeros meses de éste. La “preocupación materna primaria”, como la llamó, es un replegamiento temporal en el que la madre despliega una sensibilidad profunda hacia las necesidades de su recién nacido. Esta condición es necesaria para el bienestar psicológico y emocional del bebé, y depende de diferentes factores como el momento vital en el que se encuentra la mujer, el contexto en el que se dio el embarazo y el lugar que este bebé ocupa en su fantasía. En el caso de Cleo, podemos observar cómo, pese a su sobresaliente capacidad para amar a los hijos de Sofía, el vínculo con su propia hija se ve obstaculizado: “yo no quería que naciera” –dice.

Wilfred Bion, psicoanalista británico, habló también de una disposición mental específica y necesaria para que una madre pueda cuidar de su bebé. La capacidad de rêverie, para este autor, es un estado de ensoñación y de receptividad frente a las necesidades de otro, y permite, por ejemplo, que una madre, en lugar de entrar en pánico ante el llanto de su bebé, lo tolere, lo contenga y a través de un trabajo psíquico interno le devuelva una experiencia que lo alivie.

Vale decir que, pese a que he mencionado las ideas de estos dos autores, hay un acuerdo palpable en el pensamiento psicoanalítico con respecto a la importancia de la presencia de la madre en el desarrollo de su hijo. Freud mismo introdujo en su texto Inhibición, síntoma y angustia de 1926 la profunda experiencia de desamparo que sufre un bebé ante la ausencia de su madre, vivencia que se repetirá a lo largo de la vida frente a situaciones que impliquen una separación como la ruptura con la pareja, la pérdida de un ser querido, cambios de residencia, etc. Esta noción fue analizada minuciosamente por Melanie Klein y los psicoanalistas postkleinianos. Por otro lado, Jacques Lacan y posteriormente autoras francesas como Françoise Dolto y Maud Mannoni profundizaron en la función que ejerce la madre y el padre en la construcción del individuo, así como la participación de sus propios deseos y conflictos en la sintomatología de sus hijos.

Podemos decir entonces que, desde diferentes ángulos, el psicoanálisis describe la disposición maternal como un fenómeno complejo que no responde a una fórmula causa-efecto o al nivel educativo, ni a un principio binario “está o no está”. Se trata de un tejido entre la historia personal de cada mujer, sus identificaciones, es decir, la manera en la que ella misma fue cuidada y amada por su madre, las fantasías o libretos inconscientes de la mente, los propios padres actuando desde su mundo interno, etc. Estos factores en conjunto conforman un estado mental que en determinado momento posibilita la concepción y el cuidado de otro.

Roma muestra una escena bellísima en la que Cleo entona una delicada melodía en mixteco para despertar a la pequeña Sofi. Podemos imaginar que es la imagen de una madre presente que cuida con afecto y constancia de su bebé, lo sostiene, lo arrulla con tranquilidad y aunque le habla en un lenguaje desconocido para él, es la música de su voz –en palabras de Donald Meltzer– el puente a través del cual le transmite seguridad y vitalidad. Este vínculo de la vida temprana es la base sobre la cual se erige la salud mental de todo ser humano.

En el drama final, cuando Cleo evita que los niños se ahoguen en las agitadas aguas del mar de Tuxpan, Cuarón plasma una redención. Si nos tomamos la libertad de pensar este cuadro como un sueño, encontramos, entre muchos otros significados, la lucha emocional que embarga a una madre para salvaguardar el bienestar de sus hijos pese a las múltiples afrentas que su vida emocional y su mundo interno le representan.

En esta película figuran también dos personajes masculinos que redirigen la discusión hacia la paternidad. Por un lado está Antonio, padre de los hijos de Sofía, se trata de un hombre ensimismado que miente abiertamente y se aparta del hogar y, por otro lado está Fermín, un joven violento que frente a la noticia del embarazo de Cleo la agrede y la abandona. Cuarón plasma en su obra no sólo la dificultad que algunos hombres pueden enfrentar para ejercer la paternidad, sino el impacto que esto tiene en la mujer que es madre. Donald Meltzer comenta que el hombre, como padre, desempeña una función imprescindible frente a la maternidad de la mujer. A través de su capacidad reparadora, de mantener el orden y de brindar protección, el padre permite que la madre pueda volcarse tranquila y por completo hacia el cuidado de un nuevo ser.

En ocasiones, los hombres se ven impedidos para llevar a cabo dicha función por diferentes motivos. Sería justo decir que la paternidad depende también de muchos factores que se entremezclan. Hablamos de una disponibilidad psicológica que va más allá de la herencia biológica y el rol sociocultural asignado a los varones, que permite, entre muchas otras cosas, que un hombre sea capaz de tolerar emociones penosas como la envidia frente al embarazo y la maternidad, los celos que despierta la unión entre la mujer y su bebé, la rivalidad frente a sus propios hijos, sus modelos de identificación, etc.

A propósito de la paternidad, El renacido es una cinta que dibuja, entre muchos otros temas, el lazo entrañable que el protagonista tiene con su hijo Hawk, producto de una relación multicultural. Para este padre, tener un hijo mestizo implica la lucha constante contra el narcisismo, es decir, la capacidad de sobreponerse al dolor de no encontrar en su hijo una réplica de sí mismo, y aun así aceptarlo y amarlo sobre sus diferencias. Esto no sólo sucede con hijos multirraciales, es parte de la vida cotidiana. Padres que no toleran que sus hijos desplieguen cualquier evidencia de ser distintos a ellos, desde que sean mujeres y no varones, hasta elegir carreras distintas o practicar deportes o actividades artísticas que se oponen a la tradición familiar. Por otra parte, la historia refleja también la identificación con un hijo que representa la propia batalla del padre para diferenciarse del establishment de su grupo cultural. Él mismo es un hombre en búsqueda de autonomía en un mundo en el que ser hombre es equivalente a exhibir poder y violencia.

La película plasma de manera magistral la complejidad de la condición humana. La trama tiene lugar entre hermosos paisajes plagados de vida y otros francamente bestiales, de la misma manera que la mente oscila entre sentimientos de amor y venganza. Generalmente, las personas solemos observar la hostilidad en otros porque nos cuesta reconocer que también albergamos sentimientos violentos. Las guerras, el terrorismo y los regímenes dictatoriales como los que todavía existen en nuestra época son prueba de ello y de cómo el odio se abre paso a través de casi cualquier argumento.

La maternidad y la paternidad, como parte de la vida mental de un ser humano, transitan también sobre una paleta emocional que va de los matices más sublimes hasta los más insufribles. Mientras que el abandono, la violencia y la indulgencia se traducen en áreas deficitarias en la mente de un niño, el interés y el cariño de un padre hacia un hijo, junto con la devoción de la madre, constituyen un profundo estímulo para el desarrollo emocional.

Ambas películas abordan la capacidad para recuperar y resguardar los aspectos amorosos, sobre los hostiles y narcisistas. Esta condición es imprescindible para los estados mentales que permiten el cuidado y la crianza de otro. De la misma manera como el bebé requiere de una madre capaz de tolerar y contener sus ansiedades, y de un padre cercano y vivificante, el paciente se beneficia de un analista sensible, vital y comprometido. Estas cualidades no se construyen a través del estudio, que, pese a ser inherente a nuestra profesión, debe acompañarse de la supervisión asidua y el análisis personal; la presencia de otros modelos de identificación que nutren la personalidad y alientan la curiosidad sobre las emociones, las fantasías, los deseos y las pasiones humanas es un enorme baluarte.