La separación: aspectos metapsicológicos y clínicos

Catherine Goetschy

El tema de la separación ha cobrado mayor importancia en la historia del psicoanálisis junto con el estudio de las relaciones tempranas, o sea, los vínculos que los bebés desarrollan con sus primeros objetos de amor (los padres o las personas que se ocupan de su crianza). Podría decirse que el tema de la separación posee un lugar central en la reflexión clínica de fines del siglo XX y principios del XXI. Pensar acerca de la separación conlleva una reflexión profunda sobre cuestiones tan diversas como las del desarrollo mental y emocional del bebé –normal y patológico–, el establecimiento de vínculos significativos con otros (es decir, cómo se construyen en un inicio), la sexualidad humana (dicho sea de paso, la palabra sexus en latín viene de secare, que significa “cortar”), el conflicto psíquico y las emociones que despierta, así como el trabajo que impone a la mente.

La separación es un fenómeno universal

A lo largo de la vida, todos los seres humanos pasamos por una serie de separaciones, algunas temporarias, otras definitivas. Sin embargo, son normales, necesarias e imprescindibles para la construcción de la individualidad. Dentro de las múltiples separaciones normales, pueden mencionarse las siguientes. En un desarrollo regular, la primera separación es la del cuerpo de la madre que ocurre al momento del nacimiento, sigue el destete, el nacimiento de un primer hermano implica perder el estatus de hijo único, ir al kínder y luego a la escuela conlleva una separación. Las mamás se acordarán probablemente de la renuencia, de las lágrimas y/o de la rápida huida de sus hijos en el primer día de clases (tal vez se acuerden incluso de las propias). La adolescencia es una época de transición entre la niñez y la adultez, llena de separaciones (del cuerpo y la sexualidad infantiles, también de los padres como objetos amados y admirados, entre otras). Para muchos jóvenes, el estudiar lejos de la casa parental significa dejar el hogar para siempre. Durante la vida adulta, eventos tales como el casamiento, el divorcio, los cambios laborales (ya sean ascensos, ya sean despidos), la muerte de los padres, implican separaciones más o menos bruscas, deseadas o duraderas. Finalmente, la vejez es en general una etapa de la vida en la que se acumulan las separaciones y pérdidas. Notamos que la experiencia de separación es ineludible: no hay algo que comience cuyo fin no llegará algún día.

Quiero hacer una aclaración entre los términos separación y duelo, ya que aparecen muchas veces juntos en la literatura. La separación alude a algo temporario, es decir, después de una separación existe la posibilidad de un reencuentro con el objeto, mientras que en el duelo la pérdida es definitiva. Ahora, dentro de la práctica y la clínica, la diferencia tal vez no sea tan clara. Para un bebé la separación momentánea de la madre es primero vivida como una pérdida total, hasta que pueda tener en su mente una representación del objeto “mamá” que no está presente; de allí la importancia de una ausencia no demasiado prolongada de la madre. El destete, unas de las separaciones normales y necesarias del desarrollo que recién mencioné, es de hecho una pérdida definitiva del seno materno. En cuanto al duelo, por ejemplo, la muerte de un ser querido, si bien no cabe más la posibilidad de encontrarla en la realidad externa, la persona sigue existiendo en la mente de uno –y hasta como un objeto bueno– siempre y cuando uno acepte su desaparición después de un trabajo de duelo. Separaciones y duelos exponen al sujeto a la ausencia y la renuncia; por lo tanto, provocan reacciones, emociones y defensas similares, que van desde lo normal hasta lo patológico. En mi exposición hablaré de separaciones aunque algunas de ellas sean definitivas.

Los seres humanos presentamos una gama amplia de reacciones frente a la separación

En general, los cambios y más aún las separaciones nos afectan, cualquiera que sea nuestra edad o grado de dependencia hacia otros. Perturbaciones en el sueño o en el apetito, variaciones importantes en el estado de ánimo, sentimientos de inseguridad, enojo o tristeza, enfermedades físicas, desgane, apatía, irritabilidad y agresividad, la búsqueda desenfrenada de actividades, el alcoholismo, la práctica de deportes peligrosos, son manifestaciones bastante comunes frente a la separación.

No siempre logramos conectar dichos indicadores con sentimientos de pérdida, en parte, porque se supone que los eventos felices (ir a estudiar a otra ciudad u otro país, casarse, tener nuevas responsabilidades en un trabajo o mudarse a una casa nueva) son deseables; por consiguiente, uno no está tan pendiente de lo que se perdió. Por otra parte, también solemos usar poderosos mecanismos de defensa para eludir el dolor mental asociado a la pérdida. Por supuesto, hay pérdidas dolorosas de entrada, en particular, la muerte de un ser querido.

Las manifestaciones que solemos encontrar en la clínica analítica como respuesta a una separación son tan variadas como el temor a ser olvidado, el apego o la fusión con otras personas para nunca sentirse solo, la hostilidad y la rabia, el sentimiento de no necesitar de nadie más, la insensibilidad a lo sucedido, el sentimiento de no valer nada; finalmente, tenemos las adicciones, donde suele existir una fantasía de control todopoderoso sobre la sustancia o la actividad (que por ende nunca le hace falta a uno). Con eso espero haberles mostrado que la separación, fenómeno universal, desencadena respuestas individuales.

Lee el material completo en el siguiente enlace: La separación. Catherine Goetschy. Jornadas Clínicas 2015