Crisis de la mediana edad

Por Gabriela Turrent ©

Siempre había escuchado sobre la crisis de la mediana edad o “la crisis de los cuarenta”. Hasta hace algunos años, no era un problema que me interesara mucho y dudaba que se tratara de un verdadero proceso de desequilibrio que requiriera de importantes cambios psíquicos. Ahora que me acerco, a la que espero sea, la segunda mitad de mi vida, comienzo a preguntarme: ¿Qué es lo que hace que algunas personas entre los cuarenta y cincuenta años se sientan maduras, plenas y creativas, mientras que otros sufren y se aferran a la juventud?

En el desarrollo humano, hay períodos coyunturales en los que el cuerpo y la realidad externa obligan a la mente a adecuarse rápidamente a nuevas condiciones. En psicología hablamos generalmente de la infancia, la adolescencia y la vejez. Sin embargo, cada vez es más frecuente escuchar el término crisis de la mediana edad o crisis de los cuarenta para designar la serie de cambios psicológicos que transitan las personas entre los 35 y los 45 años de edad. Algunas investigaciones rechazan la universalidad de esta crisis y la adjudican a cuestiones culturales o problemas psicológicos personales. Aunque es difícil determinar si se trata de un proceso generalizado, es innegable que el hecho de dejar atrás la juventud, la fertilidad y enfrentar la muerte de seres queridos, en un período corto de tiempo, obliga a la mente a enfrentar ansiedades intensas y adaptarse a las pérdidas que la realidad impone.

Normalmente durante la tercera y cuarta décadas de la vida, las personas intentan desarrollar una existencia independiente y productiva. Trabajan, al tiempo que sus padres envejecen o han muerto y sus hijos dejan atrás la infancia. Estas condiciones externas, obligan a los adultos a pensar que han comenzado a envejecer y a reconocer que habrá algunas metas que no lograrán alcanzar.

El psicoanalista británico Jaques Elliott (1965) considera que el principal detonador de la crisis de la mediana edad tiene que ver con dejar de pensar en la muerte como algo que le pasa a otros y comenzar a considerarla como un asunto personal que nos confronta con la propia mortalidad. Al igual que sucede en otras etapas críticas del desarrollo, algunos enfrentan los retos de la mitad de la vida manifestando conductas que denotan estados de angustia pasajeros, pero que pueden ser superados, mientras que otros pueden desarrollar trastornos que comprometen la vida emocional y la posibilidad de establecer vínculos profundos.

Melanie Klein (1959) pensaba que aunque el desarrollo haya sido satisfactorio, durante la adultez los seres humanos experimentamos dolor por los placeres perdidos de la adolescencia y de la temprana infancia. Consideraba que la madurez emocional radica en encontrar maneras de contrarrestar estos sentimientos de pérdida hallando sustitutos adecuados en cada etapa de la vida. Esta autora pensaba que la capacidad para manejar emociones conflictivas y tolerar la ansiedad que produce pensar la propia muerte, tenía que ver con la relación que el bebé pudo establecer con la madre, por quien por primera vez experimentó amor y odio. Consideraba que la manera en que se puso orden al caos que generan los sentimientos ambivalentes de la primera infancia determina las reacciones ante conflictos y pérdidas como el envejecimiento y la muerte.

Las personas que lograron durante la primera infancia internalizar los aspectos bondadosos de la madre consiguen trabajar con las experiencias de dolor, aceptar la propia destructividad, tolerar el conflicto y la ambivalencia. Durante la etapa adulta, estas personas pueden comenzar a pensar y lamentar su propia muerte, restablecer los objetos perdidos de la infancia y la juventud y fortalecer su carácter. Quienes logran aceptar el dolor que despierta el envejecimiento y la muerte, viven la segunda mitad de la vida con una sensación de calma y serenidad, siguen interesándose en el mundo y pueden desarrollar la creatividad con una actitud de desapego. Encuentran sustitutos para los placeres de la juventud y siguen disfrutando de la vida con la consciencia de que ésta es limitada. No se sorprenden con la muerte y el envejecimiento, los aceptan y los reconocen como parte fundamental del proceso humano (Klein, 1963).

En cambio, cuando no se ha podido internalizar una madre que permita tolerar la pérdida y la ambivalencia, la idea de hacerse viejo o morir genera ansiedades intolerables. El yo intenta defenderse del caos interno, recurriendo a las fantasías de omnipotencia, idealización y control obsesivo que caracterizaron los primeros años (Jaques, 1965). El dolor que genera pensar la posibilidad de que la vida se acabe puede generar fantasías de inmortalidad que son la contraparte de las fantasías infantiles de sentirse indestructible. Mientras que en la infancia este tipo de fantasías llevan a los niños a sentirse superhéroes y a no medir el peligro, en la adultez generan dificultades para cuidar la salud y aumentan el riesgo de sufrir accidentes.

La ansiedad y ambivalencia que despiertan el envejecimiento y la caducidad de la vida, pueden generar sensaciones de fragilidad y vulnerabilidad intolerables, que en ocasiones conducen a la necesidad de idealizar un objeto externo que pueda librarnos de los males que se avecinan. Este tipo de defensas explican por qué tantas personas en la segunda mitad de la vida buscan refugiarse en el misticismo, dedican cada uno de sus esfuerzos a crear un patrimonio o desarrollan un cuidado hipocondríaco de la salud y la alimentación.

Otra manera de librarse de las emociones que despierta la vejez y la muerte es la realización de actividades maníacas que buscan controlar mágicamente el cuerpo o borrar el paso de los años. Estas defensas pueden traducirse en un interés obsesivo por la apariencia, que impulsa a las personas a recurrir a la cirugía plástica, a la práctica de deportes que llevan al cuerpo al extremo o a la promiscuidad, en un intento por poner a prueba la potencia.

Reconocer el envejecimiento, la enfermedad y la muerte como hechos personales e imposibles de evitar es probablemente uno de los conflictos más complejos de la mente. La manera como se enfrenta esta realidad está determinada por la fuerza de los objetos internalizados, la capacidad para tolerar la ambivalencia y la posibilidad de encontrar sustitutos a los placeres que se van dejando atrás. Quienes logran ir elaborando las ansiedades que despierta la muerte, suelen vivir la segunda mitad de la vida con una sensación de plenitud y madurez. Quienes, por otro lado, no lograr tolerar estas ansiedades, se aferran a la juventud y buscan negar la realidad interna, empobreciendo sus vínculos emocionales.

Referencias:

Jaques, E. (1965). “Death and the middle life crisis”. International Journal of Psychoanalysis. 46: 502-514.
Klein, M. (1959). “Nuestro mundo adulto y sus raíces en la infancia”. Obras completas. México, D.F.: Paidós.
Klein, M. (1963). “Sobre la salud mental”. Obras completas. México, D.F.: Paidós.

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