¿Están dispuestos los padres a invertir igual en la formación profesional de sus hijas como en la de sus hijos?

Celia Leiberman

Todos los seres humanos tenemos convicciones que forman parte de nuestra propia identidad, de nuestra manera de ser. Algunas de esas convicciones provienen de nuestra experiencia. Esto en el mejor de los casos. Otras veces se originan de prejuicios, que, sin darnos cuenta, incorporamos a nuestra forma de pensar y de sentir. Por supuesto, las convicciones a las que me refiero definen nuestra manera de comprender al mundo, a nosotros mismos y a nuestros hijos.

En este contexto, quiero hablar de la convicción que tienen muchos padres (y madres) de que vale la pena insistir para que sus hijos varones estudien una carrera que les asegure un futuro profesional, mientras que, cuando se trata de sus hijas, en muchos casos, no tienen la misma idea. Piensan que ellas pueden vivir con mayor comodidad y eficiencia dedicándose a la atención del marido, la crianza de los futuros hijos; que su presencia en la casa asegura la solidez y el buen desarrollo vital y emocional de toda la familia. Insisten, de buena fe, en que es lo mejor para ellas. El argumento que suele sustentar esta creencia es la educación de las madres y abuelas que así vivieron, según la tradición familiar.

Pienso todo esto, por supuesto, desde mi propia experiencia. Quizá también, en cierta medida, desde mis propias convicciones y prejuicios. Nunca podemos estar seguros de que no sea así.

Nací y crecí en un hogar donde siempre vi a mis padres compartir el trabajo que mantenía a la familia (eran comerciantes en un pueblo pequeño), las preocupaciones por el presupuesto, la crianza de los hijos, el deseo de que todos ellos progresaran en su vida intelectual y profesional. En ese sentido, mi madre —trabajando siempre junto con mi padre— me facilitó mucho que yo pudiera tomarla como una figura de identificación que me impulsó a estudiar y trabajar, como lo hacía mi hermano. Entiendo que muchas mujeres no tuvieran ese aliciente, ese viento a favor que tuve gracias a la pareja de mis padres.

En mi función de directora del Centro Eleia, tuve muchas entrevistas con mujeres jóvenes y no tan jóvenes que deseaban entrar a la licenciatura o a la maestría de la institución. En muchos casos, también platiqué con sus madres, quienes regularmente las acompañaban. Escuché las dudas que algunas de ellas tenían respecto a que sus hijas estudiaran una carrera y tuvieran una profesión que estaban eligiendo con toda libertad. Algunas mamás, con mucha generosidad, se mostraban contentas de que sus hijas eligieran un destino diferente al suyo, que les brindaba mayores opciones de progreso personal. Otras se sentían temerosas frente al cambio generacional que estaban observando. Las hijas querían casarse y tener niños en el futuro, pero pensaban que esas posibilidades podían darse junto con su desarrollo profesional.  Algunas veces, ellas tenían que luchar contra los prejuicios de su propia familia, que pensaba que ambos desarrollos eran imposibles de lograr y mantener.

En algunas oportunidades, volví a encontrarme con esas madres dudosas cuando venían a la fiesta de graduación en que participaban sus hijas. Me contaban la alegría que sentían que hubieran culminado sus estudios y se capacitaran para un desarrollo profesional. De manera especial, me expresaban que, además, las vieron cambiar a medida que cursaban las materias. Decían algo así como: “Usted no puede imaginarse cómo cambió mi hija durante estos años, cuánto más sensible se volvió hacia quienes sufren un dolor mental. También cómo compartió conmigo la alegría de observar a niños pequeños crecer de manera saludable. Ahora ya consiguió trabajo como psicóloga en un kínder.”

Por supuesto, no siempre la historia termina así. Hay jóvenes que luego de cursar uno o dos semestres se dan cuenta de que prefieren estudiar otra carrera y la eligen con toda libertad. Es lógico que así sea. Ahora bien, lo que sintieron y vivenciaron en las materias que sí cursaron en Eleia, los ayudó a ser personas más perceptivas y sensibles. Las así llamadas “materias humanísticas” (literatura, historia del arte, antropología), que son numerosas en nuestro programa de licenciatura en Psicología, ayuda a los alumnos a ser más amplios en sus criterios de comprensión, apreciar las distintas manifestaciones del arte, estar más empapados de las culturas pasadas y actuales. En fin, se han enriquecido como personas.

Desde mi experiencia profesional (soy médica, psiquiatra y psicoanalista), tuve la posibilidad de atender en consulta privada a varias mujeres que, al llegar sus hijos a la adolescencia, vivieron una depresión llamada comúnmente “síndrome del nido vacío”. Son mujeres que se deprimen, con síntomas como tristeza, llanto fácil, insomnio, trastornos alimenticios y que muchas veces se enferman orgánicamente, porque sienten que su vida se termina cuando ya no tienen que seguir ocupándose con la misma intensidad de la crianza de sus hijos. Como si fuera lo único que aprendieron a hacer en su vida.

Las alumnas que cursan en Centro Eleia viven tan ocupadas en general, durante su formación primero y luego en su vida profesional (y también tan contentas de todo lo que logran profesionalmente), que no tendrán tiempo ni espacio mental para sufrir ese tipo de depresiones. El otro punto, la idea de que una mujer descuida su hogar o la crianza de sus hijos porque se llena de obligaciones laborales, tampoco es frecuente que suceda con esta disciplina. Un factor importante es que, si una mujer se dedica a la clínica de psicoterapia atendiendo pacientes en su consultorio, será ella misma quien organice y decida sus propios horarios de trabajo. Es ésta una ventaja que ofrece el poder dedicarse a un trabajo independiente como psicoterapeuta o psicóloga clínica. Además, aumenta la sensibilidad y comprensión en la atención de los propios hijos y de toda la familia.

Recuerdo la plática que tuve con una colega psicóloga cuando tuvo su primer hijo. Quiso hablar conmigo porque le llamó la atención que yo fuera madre de tres hijos y también una psicoanalista que vivía contenta con su profesión. Me dijo: “No sé bien qué pensar. Tanto mi madre como mi suegra y todas las mujeres de la familia me dicen: ‘Ya te diste el gusto de trabajar un poco como psicóloga. Creemos que es suficiente. Ahora eres madre y tienes que dedicarte a tus hijos’”. Me preguntó: “¿Ahora qué hago? Les hago caso a ellas, que me acosan todo el tiempo, o trato de seguir adelante con mi profesión, que me gusta mucho”.

Como podrán imaginar, al elegirme para esta consulta, ella ya sabía mi respuesta, dado que sabía que yo hice ambas cosas y salí (creo) indemne. Se lo confirmé pensando que era ella misma quien estaba haciendo la elección. Así fue, siguió ejerciendo la psicoterapia y como madre feliz de dos hijos que ahora ya son adultos.