Duelo y Día de Muertos, una mirada psicoanalítica

Olaf Hernández Ortiz

 

“El 2 de noviembre ya llegaba

y la Catrina del mortífero diván saltaba,

para llegar al Centro Eleia ya tarde se le hacía,

pues aprender psicoanálisis ella quería”.

 

En 1915, en medio de la destrucción causada por la Primera Guerra Mundial, Sigmund Freud escribió De guerra y muerte: temas de actualidad, en cuyo segundo apartado reflexionó acerca de la actitud del hombre hacia la muerte. En sus palabras, tal actitud tiene dos sentidos totalmente opuestos: el primero es negar la posibilidad de que la propia existencia pueda tener un fin y el segundo es ansiar, en el fondo, la destrucción de aquel que pudiese verse como el enemigo. Un segundo escrito que vio la luz durante el período de la guerra fue Duelo y melancolía, que Freud publicó en 1917. Ahí enunció que el duelo es la reacción resultante de la pérdida de la persona amada o bien la patria, la libertad o el ideal.

Desde un inicio, Freud subrayó que el duelo no se trata de una enfermedad, puesto que, con el paso del tiempo, este estado emocional puede superarse; sin embargo, notó que puede traer como consecuencia alteraciones en la conducta, sensación profunda de dolor, falta de interés en el mundo exterior, pérdida de la capacidad de amar y alejamiento de cualquier actividad que se relaciona con la memoria del muerto. En este estado, la realidad tiene una gran importancia, dado que es la que muestra al sujeto que el objeto ha desaparecido. A la par de este rechazo, surge una fuerte oposición debido a que es complicado renunciar a cualquier vivencia satisfactoria que aquel elemento pudo dar. Finalmente, Freud señala que “la realidad pronuncia su veredicto: el objeto ya no existe más” (1917/1915, p. 252). Ante esta sentencia, el yo tiene que decidir dejarse llevar por el mismo destino que el objeto ausente u optar por continuar con las satisfacciones que le da el estar vivo. La idea freudiana del trabajo de duelo puede pensarse, en palabras de Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis (1996), como “matar al muerto” (p. 436).

El duelo en el trabajo de Klein

Años después, Melanie Klein, psicoanalista de la escuela inglesa, tal vez influida por las pérdidas ocurridas a lo largo de su vida —la más importante de ellas, el fallecimiento de su hijo Hans en 1934—  publicó Contribución a la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos, texto en el que introdujo el concepto de “posición depresiva”. El término “posición” hace referencia al modo de funcionamiento del yo respecto a las personas o cosas con las que se relaciona, ya sea de manera interna o externa. En cuanto a la posición depresiva, ésta se relaciona con la intensa pena y nostalgia que el bebé experimenta debido al temor de haber destruido a su madre a consecuencia de sus propias fantasías agresivas. Vale la pena aclarar que, en este momento, el infante ve a su madre como aquella que nutre y da placer, que frustra, pero sobre todo protege y ama.

Fue hasta 1940 que Klein en El duelo y su relación con los estados maníaco-depresivos dio a conocer una nueva manera de concebir este fenómeno. Su principal tesis fue que “el niño pasa por estados mentales comparables al duelo del adulto y son estos tempranos duelos los que se reviven posteriormente en la vida cuando se experimenta algo penoso” (1940, p. 347). El objeto del duelo es la madre y, más importante aún, el amor, el bienestar y el cuidado que aquella proporciona al bebé. Ante la pérdida de lo anterior, se vive una sensación de quedar vacío y destruido, pues todo lo bondadoso se ha ido y únicamente se queda a merced de los objetos malos, aquellos causantes del displacer y la frustración. Es tan grande la magnitud del dolor que se padece en esos primeros momentos de la vida que el yo, influido por la creencia de que él mismo dañó en su mente al objeto madre, tiene que buscar una manera de lidiar con tan extremas emociones.

Una de las mayores aportaciones de Klein para la comprensión del duelo fue precisamente la existencia de las defensas maníacas y obsesivas, donde las primeras son una posición más y a su vez son necesarias para el desarrollo normal de la persona. Para Klein, la presencia viva de aquel a quien se ama, representa un “amortiguador” frente a las fantasías y afectos hostiles. Klein sabe bien que no se ama a los otros sin ambivalencia; lo agudo del duelo tiene que ver no sólo con la ausencia de aquel a quien se ama, sino también con la falta de su presencia vital que calma y frena la ansiedad frente a la propia agresión.

Con la idea de que se ha dañado al objeto, a su vez se descubre la existencia de una dependencia hacia éste, y surge el temor de perderlo y la culpa. Hanna Segal (1972) escribió que las defensas maníacas buscan evitar experimentar dichos sentimientos y “se dirigirán contra todo sentimiento de dependencia, que se evitará, negará o invertirá” (p. 86). A veces, la hostilidad es tan grande que es imposible pensar que habría manera de remediar la destrucción. Por el contrario, se le resta valor al objeto y se desconoce su importancia, lo cual genera en el sujeto una sensación de extrema grandiosidad que le permite tener el control de aquello que deja de necesitar. Este proceso puede dar inicio a un círculo vicioso sin fin, en el cual de manera repetida se emprenden acciones para componer lo que se destruyó.

Cuando, una vez disminuidas las emociones negativas, se logra aceptar en su mayoría el dolor que la pérdida del objeto produce, entonces renace el amor por el objeto: “el sujeto en duelo siente más poderosamente que la vida interna y la externa seguirán existiendo a pesar de todo, y que el objeto amado puede ser conservado internamente” (Klein 1940, p. 362). De la anterior actitud dependerá el manejo de las pérdidas acontecidas en la vida adulta. Es importante puntualizar que el bebé no puede lograr este proceso por sí solo. Requiere del acompañamiento de personas a quienes ama y que comparten su dolor. Al aceptar esa compasión, podrá recuperar la armonía de su mundo interno y reducirá el miedo y el dolor (Klein, 1940, p. 364). La manera en que cada persona experimenta una pérdida y la posibilidad de elaborarla están en función de su propia historia y recursos. Es imposible establecer generalidades en el trabajo de duelo; pero es posible pensar que, a nivel colectivo, suelen apreciarse prácticas que determinados grupos comparten para hacer frente a la muerte.

Duelo y celebración en México

A diferencia de la mayoría de los países en los que la muerte tiene un significado de tristeza y aflicción, en México ocurre algo distinto gracias a una de sus celebraciones más importantes: el Día de Muertos, originado a partir de la mezcla de la cultura prehispánica y española. ¿Es posible observar esta festividad a través de un lente psicoanalítico? En El Laberinto de la soledad (1950) Octavio Paz señala que el mexicano moderno le da la espalda a la muerte y le es imposible pensar en la propia; aun así, ésta se hace presente: “el mexicano en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente […] En su actitud hay quizá tanto miedo como en la de otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia” (Paz, 1950, p. 22). Es posible considerar que, la idea de que la vida tendrá un fin causa terror y, a manera de defensa “maníaca”, diría Klein, se hacen fiestas y celebraciones para negar la inquietud que provoca. Se dedican calaveras literarias, las cuales expresan en forma de broma la llegada de la muerte a ciertas personas o en ciertas situaciones; se ponen altares o se adornan las tumbas con colores y una simbología específica; se ofrecen alimentos para aquellos que se piensa regresarán del más allá y, en caso de que algo falte o se ingiera la comida destinada para los que ya se fueron, se imagina que el muerto regresará a “jalar las patas”. Para los mexicanos, estas acciones a simple vista parecen comunes e incluso se admira su ingenio y belleza, pero también podemos reflexionar sobre su origen psíquico. El Día de Muertos puede relacionarse con las defensas maníacas u obsesivas, como el control y el triunfo. Y es que, como decía Klein, “las situaciones de experiencias dolorosas de toda clase estimulan a veces las sublimaciones” (1935, p. 363).

La tradicional ingesta de calaveras de azúcar, chocolate o amaranto —todos ellos alimentos dulces que provocan al paladar una sensación agradable— con el nombre de una persona ya fallecida durante esta festividad mexicana de hecho funciona como una excelente metáfora sobre el trabajo de duelo: al mismo tiempo que se acepta el dolor producido por la ausencia, llevamos a las personas que ya no están hacia nuestro interior, y es en nuestra mente donde aún podemos convivir con ellas a través de los recuerdos y las enseñanzas que nos dieron en el pasado. Durante toda nuestra vida, repetimos esta labor y esos seres queridos terminan por colocarse en nuestras mentes. Poco a poco, estos la pueblan, la llenan de bondad y es ante el predominio de esta cualidad que la visión de la realidad cambia: ya no se vive con temor y miedo. Al contrario, gracias a la presencia interna de las personas que se han ido, se crea en nosotros una sensación de confianza y seguridad que nos permite vivir con paz y serenidad, aunque aquellos físicamente ya no están; lo anterior se aproxima al proceso de la identificación proyectiva. [http://www.centroeleia.edu.mx/blog/identificacion-proyectiva-un-concepto-fundamental-en-el-psicoanalisis/]

El Día de Muertos es la fecha en la que nos es posible dialogar con los seres queridos que se han ido, traerlos de vuelta y, sobre todo, reflexionar que nuestra vida en algún momento llegará a su fin, lo cual nos da la oportunidad de disfrutar el presente con aquellos que aún están y, al mismo tiempo pensar que, aun cuando hayamos dejado este mundo físicamente, continuaremos vivos en las mentes de las personas que nos aman.

Referencias

Freud, S. (1915).  De guerra y muerte. Temas de actualidad. En Obras completas, tomo XIV (pp. 273-303). Buenos Aires: Amorrortu.

—— (1917). Duelo y Melancolía. En Obras completas, tomo XIV (pp. 235-256). Buenos Aires: Amorrortu. Obra original publicada en 1915.

Klein, M. (1935). Contribución a la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos. En Obras completas. Amor, culpa y reparación, tomo I (pp. 267-295). Barcelona: Paidós.

——–. (1940). El duelo y su relación con los estados maníaco-depresivos. En Obras completas. Amor, culpa y reparación, tomo I (pp. 346-371). Barcelona: Paidós.

Laplanche, J. y Pontalis, J.B. (1996). Diccionario de psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.

Segal, H. (1972). Defensas maníacas. En Introducción a la obra de Melanie Klein (pp. 85-94). Barcelona: Paidós.

Paz, O. (1950). Todos santos, día de muertos. En El laberinto de la soledad (pp.18-26). México: FCE.