Sobre la envidia al psicoanalista y la reacción terapéutica negativa

Por Karina Velasco Cota

 

La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come.

Francisco de Quevedo

Mientras avanzamos en nuestra práctica, no encontramos fenómeno que resulte más intrigante como aquel que interfiere obstruyendo la labor analítica. Sabemos que un tratamiento psicoanalítico no está exento de contradicciones y afrentas. Hacer contacto con lo desconocido, con los deseos prohibidos y las emociones contradictorias que conforman nuestra humanidad, siempre resulta ser una experiencia compleja, apasionante y liberadora, pero también activamente dolorosa.

Freud advirtió casi de inmediato que sus pacientes, pese a anhelar la cura de sus síntomas, invariablemente oponían resistencia al descubrimiento de los conflictos inconscientes y al trabajo elaborativo de los mismos. Se trata de una forma defensiva ante el peligro de hacer consciente lo inconsciente. Eso lo sabemos, y lo consideramos una parte inherente del tratamiento. Sin embargo, existe todavía una versión mucho más dramática de esta oposición; se trata de aquella que, de forma particular, atenta en contra del progreso y la mejoría. ¿Por qué y bajo qué circunstancias alguien en su sano juicio impediría su propio desarrollo psíquico y emocional?

En la ceñida lógica que nos proporciona la racionalidad, pensamos que, si una persona solicita ayuda para hacer frente a los conflictos que lo aquejan, colaborará en la medida de lo posible con esta labor. Lo que resulta enigmático –y a veces difícil de comprender–, es que esa misma persona atropelle sus logros terapéuticos.

Freud denominó este fenómeno “reacción terapéutica negativa” y lo consideró un tipo particular de resistencia que se opone a la mejoría. Lo observaba en pacientes que reaccionaban de forma contraria a lo esperado, ya sea empeorando durante el tratamiento o incluso abandonándolo una vez que habían experimentado cierto alivio de los síntomas. De inicio pensó que esta oposición se enraizaba en un sentimiento de culpa inconsciente frente a la posibilidad de progresar, considerando dicho progreso podría vivirse inconscientemente como un triunfo sobre el padre edípico y por lo tanto ser sancionada por el superyó.

La relacionó también con la necesidad de ser castigado a través de la enfermedad y la oportunidad de obtener cierto grado de satisfacción a través del sufrimiento, cualidad inapelable del masoquismo. Sin embargo, más adelante, en “Análisis terminable e interminable” (1937), Freud enlazó este fenómeno con la pulsión de muerte, reconociendo que la mente no siempre está movilizada por el placer e impulsada hacia el desarrollo, sino que también está a merced de la agresión, la desvinculación y la oposición a las fuerzas libidinales.

¿Es entonces la intolerancia al progreso lo que caracteriza la reacción terapéutica negativa? Horacio Etchegoyen explica que se trata de un fenómeno clínico complejo que abarca múltiples causas, pero que invariablemente “lleva siempre la marca del triunfo y la derrota”. Esto quiere decir que no estamos meramente frente a una de tantas formas de resistencia y que por lo tanto sea necesario distinguirlo de éstas. No se trata de una expresión de rivalidad hacia el analista, del narcisismo del paciente o de la dificultad para renunciar a las ganancias secundarias que el paciente puede encontrar en el conflicto que lo aqueja. Y principalmente, la discusión sobre la reacción terapéutica negativa no puede centrarse en el empeoramiento del paciente, ya que todo tratamiento psicoanalítico entraña un constante movimiento pendular de progresión y regresión. Siendo así, ¿qué es lo que moviliza este tipo de reacción frente al trabajo analítico?

Hacia 1957, Melanie Klein inauguró una fructífera senda para la comprensión de ciertas manifestaciones psíquicas aparentemente incomprensibles y paradójicas a través de la noción de la envidia primitiva. Klein señala que la envidia se origina en la relación más temprana, aquella en la que se funden los impulsos destructivos y amorosos. Para esta autora, la oposición al progreso no puede entenderse como un fenómeno aislado, ajeno a la relación de objeto. No se trata únicamente de un tema pulsional, sino de las vicisitudes que engendra el vínculo con otro.

Como seres humanos requerimos la presencia y participación de otro para asegurar nuestra supervivencia, por lo que estamos “diseñados” desde el nacimiento para buscar la relación con otro que, en primera instancia, es la madre o una figura capaz de ejercer las funciones maternas de alimentación, seguridad, sostén, etc., sin las cuales un bebé sería incapaz de sobrevivir. No obstante, no se trata únicamente de la alimentación, en realidad todas nuestras posibilidades de crecimiento y desarrollo psíquico dependerán de la naturaleza y cualidad de los vínculos que entablamos y con los que “nutrimos” la mente.

Para Klein la envidia es la máxima expresión de hostilidad, ya que implica el ataque al objeto, no por sus carencias ni fallas, sino justamente por lo contrario, es decir, por las bondades y virtudes que se reciben de él. En ese sentido, la fórmula de la envidia transforma lo bueno y nutricio, que se recibe en el vínculo con otro, en algo malo e inservible. Etchegoyen explica que cuando podemos reconocer la generosidad de un objeto amoroso nos encontramos inmediatamente en una situación de dependencia frente a él. Esto implica un desafío para el psiquismo y evoca un sinfín de emociones de muy variada naturaleza, entre ellas, la rivalidad y el odio. Cuando estas emociones no pueden contrarrestarse con otras más amorosas, entonces la persona será proclive a efectuar un embate ofensivo hacia el objeto y lo recibido a través de y gracias a él, quebrantando así su propia facultad de experimentar gratitud.

Este fenómeno podemos observarlo de muy distintas formas en la vida cotidiana, y el vínculo analítico no es la excepción. Para Klein, la reacción terapéutica negativa es una experiencia clínica motivada por la envidia y, por lo tanto, se trata de una reacción de empeoramiento que únicamente puede tener lugar después de que el paciente reconoce un logro, el alivio de un síntoma o la operatividad de una interpretación; todas estas representaciones de la presencia de un objeto bueno que ha sido partícipe de dicho progreso.

Desde esta perspectiva, la reacción terapéutica negativa no sólo implica una dificultad para asumir un progreso, sino que se presenta como un ataque frontal hacia el avance del trabajo analítico y hacia el objeto que participa en dicho alcance, es decir, el analista.

Por ejemplo, un paciente puede decir que reconoce que hay cosas que a partir del tratamiento marchan mejor en su vida y que se siente menos abrumado, pero que prefiere disminuir el número de sesiones a la semana para ocupar sus recursos en otros asuntos pendientes. Se trata de una respuesta distorsionada y paradójica frente a algo que registra como positivo para él. Lo que le ha producido alivio ahora no merece la inversión de sus recursos. Desvalorizar este beneficio es una forma defensiva para no tomar en cuenta mi participación en el proceso, así como lo recibido en el vínculo conmigo, negando toda posibilidad de dependencia infantil.

No obstante, la reacción terapéutica negativa puede expresarse de muchas otras formas. Mientras algunos pacientes pueden enunciar abiertamente comentarios devaluatorios hacia el analista y el trabajo terapéutico, o cuestionar el método, desafiar el encuadre e incluso interrumpir el tratamiento; otros pacientes pueden expresarlo de formas mucho más sutiles como llegar tarde, no pagar los honorarios a tiempo, malinterpretar las palabras del analista, no contar sueños o tener dificultades para asociar libremente, entre otras.

Las manifestaciones de la reacción terapéutica negativa pueden ser muy variadas, pero su característica determinante no está en la conducta del paciente, sino en 1) el ataque a la labor analítica después de que ésta ha sido operante, y 2) en su motivación inconsciente: la envidia al psicoanalista por la capacidad que tiene para brindarle comprensión sobre su propia conflictiva.

La intolerancia al progreso por sentimientos de envidia es una resistencia intensa, persistente y a veces insuperable. Suele presentarse con mayor frecuencia en pacientes narcisistas y trastornos graves del carácter, pero no es exclusiva de estas entidades psicopatológicas, ya que la destructividad en menor o mayor grado es parte de la naturaleza humana. Álvarez Lince (2012) señala que “Freud y Klein llegaron a la misma conclusión al final de sus vidas: la última fuente de resistencia se encuentra en el instinto de muerte”.

Frente a este tipo de reacción del paciente, la tarea del analista reposará como siempre en la interpretación, “desde muchas maneras y de diferentes perspectivas” ‒dice Etchegoyen‒, apuntando hacia la integración de los aspectos hostiles con los más amorosos, pero no sin correr el riesgo de provocar con ello nuevamente la venganza de la envidia.

Referencias

Álvarez Lince, B. (2012). Melanie Klein: teoría y técnica. Buenos Aires: Polemos.

Etchegoyen, H. (2009). Los fundamentos de la técnica psicoanalítica. Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (1937). Análisis terminable e interminable. En Obras completas, 23 (pp. 211-254). Buenos Aires: Amorrortu, 2013.

Klein, M. (1957). Envidia y gratitud. México: Paidós.

Laplanche, J., y Pontalis J. (2008). Diccionario de Psicoanálisis. México: Paidós.

Petot, J. (2016). Melanie Klein: El yo y el objeto bueno (1932-1960). México: Paidós.

 

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