Psicología y literatura: “He ahí el Dilema”

Por María Antonieta Rosas Rodríguez

 

Sucede cada año: ellos llegan. Y, con su llegada, hacen que una vez más me enfrente al Dilema. Así, con mayúsculas. Porque no es para menos. La cantidad de noches que el Dilema me ha provocado insomnio, la de horas que me ha mantenido pegada a la pantalla de la computadora estudiando artículos y videos de YouTube (no es broma), y la cantidad de páginas de lectura acumuladas hacen que sea imposible escribirlo de otra manera que no sea con esa “d” gigante (y en una de esas hago lo mismo con todas las demás letras).

Pero ¿quiénes son ellos?, se preguntarán, ¿y por qué son causa de tantos desvelos?

Me refiero a los alumnos de nuevo ingreso, recién llegados a la carrera de Psicología, y aquello que me quita el sueño es la pregunta que, sin falta, siempre hace acto de presencia el primer día de clase: ¿por qué tenemos que estudiar literatura? (¡Y durante tres semestres, además!)… He ahí el Dilema.

Con los años, he ofrecido una variedad de respuestas que han sido recibidas con mayor o menor aceptación por el público; esto es, mis alumnos. Este año, sin embargo, he pensado intentar una nueva estrategia: en lugar de mis habituales esfuerzos mentales, he decidido que el esfuerzo ahora lo hagan mis alumnos y enviaré al Dilema a molestarlos. Les preguntaré, por ejemplo, ¿por qué creen que se deba estudiar literatura en una carrera de psicología? ¿Por qué creen que no debería estudiarse? ¿Qué creen que es la literatura? ¿Cuál piensan que ha sido su papel en la historia de la humanidad? ¿Nos ha servido de algo? Para empezar, ¿qué esa es cosa llamada “humano”? ¿En verdad vale la pena talar todos esos arbolitos sólo para hacer libros? ¿Qué, exactamente, es lo que hace un libro? Y, mientras mis alumnos meditan sus respuestas, yo meditaré sobre las mías.

“Tiene que haber algo en los libros —cosas que escapan a nuestra imaginación— para hacer que una mujer se quede dentro de una casa en llamas. Tiene que haber algo. No te quedas ahí solo porque sí”.[1] ¿Reconocen la cita? Pertenece a un libro que precisamente habla sobre libros: Fahrenheit 451. Se trata de una novela corta (rondará apenas las doscientas páginas) escrita a mediados del siglo pasado, en 1953, por un norteamericano de gafas y un tanto narizón llamado Ray Bradbury. No es mi intención arruinarles el final, así que me concretaré a darles un resumen muy breve: en el futuro, los libros han sido prohibidos y el trabajo de los bomberos es quemar cuanto libro lleguen a encontrar. ¿La mujer de nuestra cita? Bueno, digamos que, entre vivir sin sus libros y morir con ellos, prefirió la muerte.

¿Por qué? Esa es la pregunta que atormenta al protagonista de nuestro libro, un bombero de nombre Montag. También es la pregunta que, si todo ha salido bien, debe de estar atormentando en este momento a mis alumnos. Después de todo, cuestionar la necesidad de la literatura, ¿no es lo mismo que incendiar bibliotecas? Bradbury, siempre optimista, decía que no había que quemar libros, bastaba con hacer que la gente no quisiera leer. Con que la gente, añadiría yo, se preguntara si leer literatura sirve para algo… y decidiera que no.

Antes de que me acusen de exagerar, permítanme hacerles una pregunta a ustedes, mis lectores: ¿cuál fue la última novela que leyeron (las lecturas de exigencia escolar no cuentan)?, ¿cuándo fue la última ocasión que abrieron un libro impulsados por una necesidad emanada de su mente y de su espíritu?, ¿cuándo fue la última vez que experimentaron la magia que yace “en lo que dicen los libros, en cómo han cosido los retazos del Universo para crear una prenda que podamos vestir”?

Si no pueden contestar a estas preguntas o si tienen que pensarlo demasiado, los bomberos de Fahrenheit 451 han hecho su trabajo. “Recuerden, los bomberos apenas y son necesarios. La gente dejó de leer por su propia voluntad”. Estamos tan centrados en nosotros mismos, en nuestra propia insignificancia, en la irrelevancia cotidiana de las redes sociales y la televisión en streaming y el constante timbrar de nuestros teléfonos celulares (hazmecasohazmecasohazmecashazmecasohazmecaso) que no tenemos tiempo para preocuparnos por cosas importantes. “¿Cuándo fue la última vez que algo verdaderamente te preocupó? ¿Algo importante, algo real?” Porque la preocupación nace de la atención, de prestar atención al mundo con todo el cuerpo, con toda la mente. “¿Has visto el rocío en la yerba esta mañana?”, le preguntan alguna vez a Montag. ¿Lo vieron ustedes?

Los libros están ahí para recordarnos que debemos ver el mundo, que el universo es poesía, que la vida es un enigma, que no estamos solos, que estamos solos, que estamos vivos, que un día moriremos, que hemos sido geniales y también un atado de imbéciles. La literatura —el arte entero— es el registro y el retrato de nuestra humanidad.

 

A pesar de mis quejas, disfruto mucho del Dilema. Siempre es un buen pretexto para leer más libros, aprender más cosas… escribir artículos. Pero ¿saben algo? Disfrutaré… ¡qué digo disfrutar!… Celebraré el día que mis alumnos de psicología no tengan que preguntarme para qué sirve estudiar literatura porque no hacerlo será para ellos una locura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Todas las citas de este artículo son traducciones mías y fueron extraídas de Bradbury, R. (2013). Fahrenheit 451. Nueva York: Simon & Schuster.