La atención de pacientes no neuróticos en psicoterapia psicoanalítica supone un trabajo que, si bien es apasionante, nos enfrenta a situaciones en las que algo obstaculizará fervientemente el cambio. Esta situación será distinta a lo que sucede en las neurosis, en las que el conflicto llega a persistir en forma de compulsión a la repetición, como una defensa ante un conflicto del orden del deseo y las defensas.
Desde la perspectiva kleiniana, John Steiner (1997) propone que, cuando estamos frente a sintomatologías no neuróticas persistentes, el quehacer técnico tendrá que enfocarse en una tarea compleja, ya que estamos frente a organizaciones mentales que sostienen el inflexible estatus quo de la vida psíquica del paciente, y que tenderán a empujar al analista a participar de él, generándole una experiencia contratransferencial intensa. Este autor las denomina “refugios psíquicos”, y son organizaciones rígidas que defienden a la mente de ansiedades intolerables, como la culpa, el dolor depresivo, pérdidas no elaboradas, miedo a la dependencia, entre otras.
Vivir dentro del refugio supone una paradoja: salva pero también encierra al paciente. La persona queda emocionalmente aislada, paralizada psíquicamente y con una perturbación importante en su relación con la realidad externa. Desde la técnica, hay que identificar y poder describirle al paciente cómo está representada la parte de sí mismo que busca ayuda y cómo son las relaciones que mantiene con otras partes más perturbadas dentro de su mente, con el objetivo de desmantelar el refugio y poder con ello promover el cambio y el desarrollo psíquico. Deseo ilustrar esto con una viñeta de mi práctica.
Valeria es una paciente de alrededor de 40 años. Me contactó cuando recién había tenido a su primer bebé. El motivo de consulta era la ruptura de su matrimonio, que había sucedido unas semanas antes de que diera a luz. Deseaba que su hijo no sufriera tanto como ella ante el “abandono de un padre”. Sobre el motivo del divorcio, comentaba que quizá sus ataques de ira podrían estar relacionados. Sin embargo, estaba segura de que el exesposo era un hombre malvado y de que, si se mantenía al tanto de cubrir todas las necesidades de ella y del bebé, era para humillarla.
Tempranamente en el tratamiento, la paciente comenzó a narrar con insistencia todas sus desgracias, quejándose de que nunca encontraría ayuda ni “refugio en ningún lugar en el mundo”, ya que “todos, tarde o temprano, mostrarían sus verdaderas intenciones”. Sabía que había nacido para ser abandonada. Entre sus vivencias se incluían repetidos fracasos profesionales, amistades y proyectos interrumpidos casi en las mismas condiciones desde hacía más de 20 años, y lo que ella llamaba “la peor cosa que le había sucedido en la vida”: la existencia de su padre. Decía que deseaba cambiar y vivir mejor, pero estaba destinada a repetir infinitamente el fracaso y sufrimiento como su madre.
En una sesión, luego de una separación por fin de semana, la paciente hablaba sin poder tomar en cuenta mi presencia ni alguna de mis palabras. Repetía insistentemente una idea: “Mi madre y yo estuvimos solas. Estoy sola. No puedo confiar en nadie. Lo único que logro ver es un futuro oscuro. Sería mejor que mi bebé y yo muriéramos. Me siento enclaustrada en el dolor y el enojo. Nunca voy a salir de esta realidad”.
Le dije que le era difícil escucharme porque, aunque una parte de ella deseaba mucho poder contactar conmigo, dentro de sí sentía otra presencia muy poderosa que le insistía en quedarse ahí, escuchando todos esos pensamientos. Le dije que ese personaje la había convencido de que era lo único que tenía y que para ella no había opciones ni ayuda posible, más que un destino igual al de su madre: quedarse sola, enojada, y dejándose morir junto a su pequeño. Cuando la paciente escuchó esto, contestó sorprendida, a modo de pregunta “¿Eso fue lo que soñé anoche?” Y narró el siguiente sueño:
Yo estaba en una calle oscura, iba caminando y encontraba a mi expareja. Le gritaba, pero él no respondía; parecía no escucharme. Tenía que apresurarme; sentía un gran deseo de llegar a mi sesión contigo a tiempo. En ese momento encontraba a mi madre, como si fuera un fantasma; en el sueño sabía que ella había muerto. Me miraba a los ojos. Yo le decía que llevaba prisa, pero me respondía que no tenía caso, porque ya se me había pasado el tiempo para llegar a sesión. Me señaló una iglesia muy oscura mientras me decía que lo único que me quedaba era meterme ahí y rezar por siempre con ella.
La paciente continuó, por varias sesiones, hablando de que toda su vida había creído que su dolor venía de la existencia del padre; que ahora pensaba que siempre le había creído todo a su madre, y que todo eso que había creído era demasiado doloroso.
Me importa resaltar la idea de que, si bien este sueño podría pensarse desde la perspectiva del conflicto infantil, a Valeria y a mí nos permitió entender que lo que la mantenía paralizada en la vida tenía que ver con cómo ella se encontraba encerrada en su mente y atada a una madre que la mantenía convencida de que solamente podrían continuar si seguían unidas, aun cuando esto implicara una ruptura parcial e importante con la realidad.
Referencias:
Steiner, J. (1997). Refugios psíquicos: organizaciones patológicas en pacientes psicóticos, neuróticos y fronterizos. Ed. Biblioteca Nueva.
Freud, S. (1992). Duelo y melancolía. Obras completas (Vol. 14, pp. 235-255). Amorrortu. (Obra original publicada en 1915)