Entre poner un límite y destruir: notas sobre la agresividad. Una mirada psicoanalítica sobre sus destinos posibles

Fecha: 24 septiembre, 2026

Autor:

María Fernanda Mendoza Luna

 

A veces decir “no” se siente agresivo. También puede ocurrir que poner un límite nos haga sentir culpa, como si al cuidar algo propio estuviéramos dañando al otro. Sin embargo, no toda agresividad destruye. En ciertos momentos, esa fuerza permite separarnos, salir de la complacencia o poner en palabras algo que veníamos callando.

La dificultad aparece cuando esa misma fuerza ya no intenta darle forma a algo del enojo, del dolor o del límite, sino herir; cuando el vínculo deja de ser un espacio donde se puede hablar y se convierte en un lugar donde alguien tiene que ganar, someter o destruir.

En el día a día usamos la palabra “agresivo” para muchas cosas distintas. Una persona puede ser llamada agresiva porque se enoja, porque contradice o porque empieza a poner un límite donde antes callaba. Sin embargo, no toda oposición implica una intención de lastimar. La agresividad no equivale, de entrada, a hostilidad o destrucción: también puede expresar enojo, límite, movimiento o necesidad de separación.

Desde una mirada psicoanalítica, conviene detenernos en esa diferencia. La agresividad forma parte de la vida psíquica; lo que varía son sus destinos, sus intensidades y las posibilidades que cada persona tiene para darle algún cauce psíquico. La agresión destructiva, en cambio, aparece cuando esa agresividad queda al servicio del ataque, del daño o de la anulación del otro.

Freud pensó la pulsión como una fuerza que puede tomar distintos destinos: el trastorno hacia lo contrario, la vuelta hacia la propia persona, la represión y la sublimación (Freud, 1915). Desde ahí, es posible pensar la agresividad con más matices: no aparece bajo una sola forma y sus efectos pueden ser muy distintos.

Por ejemplo, una persona que logra decir “hoy no quiero” sin justificarse durante media hora quizá no está atacando a nadie; tal vez está intentando cuidar un límite que antes le costaba mucho trabajo sostener. En una discusión puede verse algo parecido: no es lo mismo decir “me molestó que no me avisaras” que decir “claro, no sorprende, ¡tú nunca piensas en nadie!”. En la primera frase todavía hay un intento de comunicar algo del enojo, del dolor o del desacuerdo; en la segunda, predomina el intento de descolocar, avergonzar o hacer menos al otro. Ahí la agresividad cambia de tono: ya no intenta proteger algo propio, empieza a dañar el espacio común.

Winnicott permite pensar la agresividad desde otro vértice. En sus formas más tempranas, no conviene atribuirle de inmediato una intención destructiva: antes de la integración de la personalidad ya existe agresión y, en su origen, la agresividad es casi sinónima de actividad. Más adelante, el autor vincula esta idea con la movilidad (Winnicott, 1950-1955). Esta precisión ayuda a no confundir toda expresión agresiva con la intención de dañar.

Desde ahí, conviene evitar una lectura moralizante. Cuando un niño empuja, muerde o se opone, no habría que leerlo de inmediato como “malo” o destructivo. A veces, esas expresiones están más cerca de una actividad que busca desplegarse que de una intención de hacer daño. Lo importante será cómo el ambiente recibe esa agresividad, la limita y ayuda a que encuentre formas menos destructivas.

Algo semejante puede reaparecer, con otros matices, en distintos momentos de la vida. La agresividad puede cobrar fuerza cuando una persona necesita diferenciarse: deja de decir que sí a todo, se permite molestarse, reconoce que algo le incomoda o advierte que necesita distancia.

No es sencillo reconocerlo en el momento. Muchas personas sienten culpa apenas se enojan. Otras pueden decir “solo estoy siendo honesta” para justificar un comentario que, más que ayudar a pensar, termina lastimando. Entre una cosa y otra hay un trabajo psíquico complejo: reconocer la fuerza del enojo sin negarla, pero tampoco soltarla sin mediación.

Klein ayuda a pensar que amor y agresividad no viven en mundos separados. En Amor, culpa y reparación, plantea que amor y odio están en constante interacción, desde las primeras relaciones del niño con sus objetos amados. Por eso, en los vínculos importantes también pueden aparecer impulsos agresivos hacia aquello que se ama y se necesita (Klein, 1937).

Reconocer esta ambivalencia no implica justificar cualquier ataque. Más bien permite pensar que la vida emocional no es pura ni lineal. A veces podemos herir a quien más nos importa. También puede ocurrir que algo valioso del otro —una ayuda, una palabra, una presencia— nos toque justo ahí donde recibir se vuelve incómodo. Entonces, antes de agradecerlo o dejarlo entrar, puede aparecer el impulso de atacarlo, rebajarlo o restarle importancia.

En Klein, la culpa no aparece desligada del amor. Surge en relación con el objeto amado que, en la fantasía, queda dañado por los propios impulsos agresivos. Desde ahí puede abrirse la posibilidad de reparación: no porque lo ocurrido desaparezca, sino porque el objeto importa y no da lo mismo haber lastimado o no (Klein, 1937). En una escena cotidiana, después de decir algo hiriente, alguien puede detenerse y reconocer: “estaba de malas, pero no quería lastimarte así”. Esa respuesta no borra lo dicho; sin embargo, permite no negar que algo lastimó e intentar cuidar el vínculo.

Freud, por su parte, señala otro destino de la agresividad: su vuelta hacia el propio yo. En El malestar en la cultura, plantea que la agresión es introyectada, interiorizada y reenviada a su punto de partida; es decir, vuelta hacia el yo propio. Ahí puede aparecer como severidad del superyó, culpa o necesidad de castigo (Freud, 1930). Por ejemplo, hay personas que casi nunca se permiten enojarse con otros, pero se hablan a sí mismas con una dureza enorme: “otra vez fallaste”, “no deberías sentir eso”, “no hiciste suficiente”. La agresividad no se expresó como reclamo, pero quedó dirigida hacia adentro, en forma de una voz interna cruel.

En El uso de un objeto y la relación por medio de identificaciones, Winnicott agrega una idea muy fina: para poder reconocer al otro como real, el objeto debe sobrevivir a cierta destructividad fantaseada. No se trata de destruir realmente al otro, sino de descubrir que el objeto puede permanecer, no vengarse, no romperse, no desaparecer ante la agresividad del sujeto (Winnicott, 1971). En la vida diaria, esto se nota en los vínculos donde es posible decir “me enojé contigo” sin que todo se venga para abajo. En algunos, casi cualquier desacuerdo se vive como ataque; en otros, el enojo puede tener lugar sin convertirse en “me has declarado la guerra”.

También hay formas de agresividad que atacan lo bueno del vínculo. Desde la perspectiva kleiniana, la envidia permite pensar una modalidad particular de destructividad: el ataque al objeto bueno justamente por su bondad (Hinshelwood, 2004; Moya y del Palacio, 2019). Alguien recibe un gesto de ayuda y responde: “ay, tampoco era para tanto”. O escucha una observación que podría servirle, pero la rebaja de inmediato: “¿y?, eso cualquiera lo sabe”. A veces, restarle valor a lo que el otro ofrece protege de una experiencia incómoda: necesitar, agradecer, depender o reconocer que algo bueno vino de afuera.

No se trata de señalar la envidia como defecto moral. Sería demasiado fácil y también injusto. Más bien, se trata de pensar que recibir algo bueno también puede costar. A veces cuesta alojar lo que otro da sin sentirnos pequeños, endeudados, expuestos o vulnerables.

Kernberg permite ubicar formas más organizadas y destructivas de la agresividad. El odio, a diferencia de la ira, tiene un carácter más estable y puede adquirir un anclaje caracterológico; cuando se orienta a rebajar, someter o destruir, aparece como ataque al vínculo y a la posibilidad de una relación humana gratificante (Kernberg, 1994)

La humillación ayuda a entender este cambio. Puede aparecer de formas menos evidentes que un grito o una agresión abierta: en un tono burlón, en una corrección hecha para exhibir o en una observación que no busca conversar, sino dejar al otro disminuido. Puede presentarse como broma o comentario casual, pero su efecto va en otra dirección: quitarle lugar al otro, hacerlo sentir menos. Por eso quizá convenga mover un poco la pregunta. Más que preguntarnos si somos o no agresivos, valdría la pena pensar qué hacemos con nuestra agresividad: hacia dónde la dirigimos, qué intenta cuidar, qué intenta destruir, si puede ponerse en palabras o si queda atrapada en el cuerpo, en el acto, en la culpa o en el ataque.

En el trabajo analítico, esta diferencia puede empezar a volverse más clara. Una cosa es poder reconocer y decir “estoy enojado”, “esto me dolió” o “esto no lo quiero”, y otra muy distinta es humillar, destruir o quedar atrapado por una culpa que dificulta la elaboración. En ese trabajo, la agresividad no queda fuera de la vida psíquica: se escucha, se interroga y, cuando es posible, encuentra formas menos destructivas de expresarse.

La agresividad forma parte de lo humano. Puede ayudarnos a separarnos, a tomar posición, a reconocer lo que nos afecta y a dar forma a algo que necesitaba ser dicho. También puede destruir, si queda tomada por el odio, la envidia, el sadismo, la humillación o la crueldad interna.

Entre poner un límite y destruir hay una gran brecha. En ese trayecto se juega algo del trabajo psíquico: que esa agresividad pueda encontrar formas menos destructivas de expresión, como la palabra, el cuidado, la reparación y el reconocimiento del otro.

 

 

 

 

 

Referencias:

 

Freud, S. (1915). Pulsiones y destinos de pulsión. En Obras completas (Vol. XIV, pp. 113-134). Amorrortu.

 

Freud, S. (1930). El malestar en la cultura. En Obras completas (Vol. XXI, pp. 57-140). Amorrortu.

 

Hinshelwood, R. D. (2004). Agresión, sadismo e instintos parciales. En Diccionario del pensamiento kleiniano (pp. 72-83). Amorrortu.

 

Hinshelwood, R. D. (2004). Envidia. En Diccionario del pensamiento kleiniano (pp. 217-230). Amorrortu.

 

Kernberg, O. F. (1994). La psicopatología del odio. En La agresión en las perversiones y en los desórdenes de la personalidad (pp. 45-63). Paidós.

 

Klein, M. (1937). Amor, culpa y reparación. En Amor, culpa y reparación y otros trabajos (1921-1945) (pp. 310-345). Paidós.

 

Moya, M., y del Palacio, J. (2019). Ideas centrales. En Melanie Klein: Envidia y gratitud. La matriz del odio y del amor (pp. 155-175). Analytiké Ediciones.

 

Winnicott, D. W. (1950-1955). La agresión en relación con el desarrollo emocional. En Escritos de pediatría y psicoanálisis (pp. 275-293). Paidós.

 

Winnicott, D. W. (1971). El uso de un objeto y la relación por medio de identificaciones. En Realidad y juego (pp. 117-127). Gedisa.

 

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