La adolescencia suele ser pensada como una etapa de dificultades diversas: rebeldía, inestabilidad, inmadurez y reacomodos emocionales. Rara vez es un periodo tranquilo o que pase inadvertido, pues implica un cambio importante en la vida: el paso hacia otro momento vital y el no retorno a la infancia. Sin embargo, a pesar de que la adolescencia es un periodo común por el que pasamos todos, surgen algunas cuestiones interesantes: ¿es el adolescente de los años cincuenta el mismo que el de los años setenta?, ¿serán iguales a un joven adolescente en la actualidad?
En la película Volver al futuro (1985), Marty McFly viaja al pasado y conoce a sus padres cuando eran adolescentes. Encuentra a su padre, George, como un joven tímido, inseguro y refugiado en la escritura de historias de ficción, algo que Marty no comprende y que incluso le desespera, pues desde su perspectiva debería defenderse y actuar de otra manera. También resulta interesante una escena en la que la familia de Lorraine, la madre de Marty, se emociona por la llegada de un nuevo televisor. Cuando Marty comenta que en su casa tienen dos, la familia se ríe incrédula. Ambas escenas muestran cómo las diferencias históricas, económicas y sociales transforman no solo las formas de vivir, sino también los ideales, los deseos y la manera en que las personas construyen su identidad y se relacionan con el mundo.
Entonces, ¿cuáles son las características de la época actual y qué cambios podrían encontrarse en una comparación como la que presenta Volver al futuro? Diversos autores contemporáneos, como Zygmunt Bauman (2003), han descrito una época marcada por la incertidumbre, la fragilidad de los vínculos y la necesidad constante de reinventarse. Bauman plantea que la identidad ya no parece algo estable, sino una tarea permanente. Si antes las referencias familiares y sociales ofrecían cierta estabilidad, hoy muchos adolescentes crecen en una cultura en la que la identidad parece depender de la capacidad de adaptarse, consumirse y reinventarse constantemente. La búsqueda de quiénes somos queda atravesada por exigencias de visibilidad, rendimiento y pertenencia.
La psicoanalista Arminda Aberastury (1988) explica que el adolescente va perdiendo poco a poco su identidad infantil mientras busca nuevos ideales y referentes para construir una nueva posición subjetiva. Es decir, existe una necesidad de encontrar algo hacia dónde dirigirse y con qué identificarse. Sin embargo, en un contexto caracterizado por cambios rápidos, debilitamiento de referentes tradicionales y relativismo, muchos adolescentes enfrentan dificultades para construir una identidad relativamente estable. Esto puede generar angustia, vacío, necesidad extrema de pertenencia o búsquedas identitarias rígidas.
Además de la pérdida de ciertos referentes más sólidos, podría pensarse que actualmente existen mayores posibilidades de elección y libertad que en otras épocas, aunque también mayor incertidumbre. El adolescente queda más expuesto a tener que inventarse constantemente en un mundo de redes sociales y consumo, donde la identidad se vuelve algo que se exhibe y compara de manera imparable. Como respuesta a estas exigencias, algunos adolescentes pueden presentar ansiedad, aislamiento, violencia o adhesión extrema a grupos identitarios.
Algunos fenómenos contemporáneos, como las comunidades incel (involuntary celibate), muestran cómo sentimientos de exclusión, frustración y vacío pueden transformarse en formas rígidas de identificación y resentimiento hacia los otros. Más que pensar estos fenómenos únicamente como “maldad” o “rebeldía”, quizá también valga la pena preguntarse qué tipo de angustias y desamparos subjetivos aparecen detrás de ellos.
La psicoanalista Verónica Berenstein (2014) señala que los síntomas adolescentes también han cambiado. Mientras que en otras épocas predominaban formas de rebelión en contra de la autoridad de los padres, actualmente aparecen con más frecuencia adolescentes angustiados frente a ideales de satisfacción ilimitada, éxito y reconocimiento constante. La exigencia de construirse permanentemente puede generar sensación de insuficiencia y dificultades para sostener una identidad propia.
La caída de antiguas certezas de los grandes relatos familiares, por ejemplo, puede abrir posibilidades creativas, nuevas formas de pensar la identidad y construir la propia vida. No obstante, también puede producir desamparo psíquico, especialmente cuando han sido sustituidas por las exigencias de rendimiento, satisfacción y reconocimiento que dejan poco espacio para la duda o la vulnerabilidad.
La incertidumbre contemporánea no atraviesa únicamente a los adolescentes. También padres, docentes y adultos muchas veces intentan orientarse en un mundo cambiante, con referencias menos estables que en otras épocas. Quizá por ello resulte importante pensar estos fenómenos no solo como “problemas juveniles”, sino como expresiones de una época que nos interpela a todos.
El psicoanálisis no busca imponer una identidad fija ni devolver antiguas certezas. Más bien, ofrece un espacio donde la angustia, las contradicciones y las preguntas subjetivas puedan ser escuchadas y pensadas. En un mundo que exige definirse constantemente y mostrarse seguro de quién se es, quizá uno de sus aportes más valiosos sea permitir que la búsqueda de identidad no quede reducida a una obligación de encajar o mostrarse exitoso, sino que pueda convertirse también en una posibilidad de construcción singular y creativa.
Referencias:
Aberastury, A., y Knobel, M. (1988). La adolescencia normal: Un enfoque psicoanalítico. Paidós.
Bauman, Z. (2003). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.
Berenstein, V. (2014). Despertar e inventar en la adolescencia. Lugar Editorial.