Hay personas que pasan años diciendo que quieren cambiar, pero cuando algo empieza a realmente transformarse en sus vidas, aparece la angustia. Por ejemplo, está la persona que desea una relación estable, pero pierde el interés cuando alguien la quiere genuinamente. También tenemos a la que pide ayuda, pero se aleja cuando alguien intenta acercarse demasiado. Asimismo, está la que comienza terapia diciendo que quiere sentirse mejor y, justo cuando llega a un punto importante, cancela sesiones, llega tarde o siente que “ya no tiene nada que decir”.
A simple vista, parece una contradicción, pero desde el psicoanálisis, esto toca algo profundo: el sujeto no siempre quiere aquello que dice querer. Existe una parte que busca alivio y otra que se aferra a lo conocido, aunque eso conocido cause sufrimiento. Como menciona Alessandra Lemma (2003): “En el núcleo de todas las teorías psicoanalíticas encontramos la noción de que el desarrollo no puede ocurrir sin una medida de dolor psíquico o ansiedad” (p. 200). En otras palabras, cambiar duele.
Toda transformación implica dejar atrás formas de funcionar que, aunque problemáticas, también resultan familiares. Por eso, muchas veces las personas no solamente le temen al sufrimiento, sino también a aquello que podría pasar si dejan de sufrir. Lemma (2003) señala que las fases iniciales de la relación terapéutica son propicias para la aparición de resistencias, ya que el inicio de la terapia representa una amenaza para el statu quo emocional del paciente (p. 220).
El análisis amenaza algo. Amenaza cierta manera de relacionarse, de sentirse y hasta de existir. Lacan menciona que, detrás de lo que el paciente pide conscientemente, existe otro movimiento mucho más silencioso. Cuando alguien dice “Quiero cambiar”, el analista escucha también otra pregunta: “¿Qué parte del sujeto necesita que nada cambie?”
Muchas veces el síntoma no solamente duele, también sostiene algo. Bruce Fink (1997), retomando a Lacan, plantea que el paciente no quiere cambiar, ya que eso que hace daño puede dar cierta estabilidad emocional. Algunas personas llevan tantos años viviendo desde la ansiedad, el conflicto o la tristeza, que el sufrimiento termina convirtiéndose en algo familiar. Y este último aspecto, aunque duela, puede sentirse más seguro que lo desconocido.
Una paciente menciona en sesión: “No quiero engordar, entonces prefiero comer y vomitar después”. La frase parecía hablar únicamente de comida, pero también podemos notar que hay una dificultad para quedarse con aquello que podía hacerle bien. Le señalo: “Pareciera que todo lo que puede hacerle bien (la comida, el cuidado, incluso la sesión) corre el riesgo de convertirse en algo que hay que vomitar”. Ella responde rápidamente: “No tengo problema con las sesiones, lo malo es la comida saludable, la comida mala es la buena”.
Lo saludable se siente invasivo, como algo que pesa. En cambio, lo dañino se siente conocido y controlable. Lacan (1959) utiliza el concepto de goce para hablar de esa satisfacción extraña que puede existir incluso dentro del dolor. El goce no significa felicidad, es más bien esa tendencia a volver una y otra vez a situaciones que hacen sufrir, pero que al mismo tiempo sostienen algo de la identidad del sujeto. Hay personas que no saben quiénes serían sin el conflicto que llevan años cargando. El caos les resulta más tolerable que el vacío. Por eso, el análisis no busca simplemente “quitar síntomas” ni darle consejos al paciente. Más bien, intenta abrir preguntas allí donde pareciera haber certezas. La interpretación no busca imponer respuestas, sino sugerir sentidos y permitir que el sujeto pueda escuchar algo distinto de sí mismo.
En otro momento de la sesión, después de hablar de cómo lo saludable pareciera sentirse invasivo y de la confusión que esto le generaba, la paciente se ríe y dice: “Me cachaste, pensé que no era tan obvio”. La risa que aparece es una defensa, pero también el reconocimiento de algo, que ella logra escuchar que no solamente vomita comida, sino también expulsa cuidado, ayuda y transformación.
Ahí aparece lo difícil del análisis, aprender a no rechazar inmediatamente aquello que podría hacernos bien. Tal vez analizarse tenga que ver justamente con eso: tolerar poco a poco, que algo bueno pueda quedarse dentro de nosotros sin necesidad de expulsar o desecharlo.
Referencias:
Fink, B. (1997). Introducción clínica al psicoanálisis lacaniano. Teoría y técnica. Gedisa.
Lacan, Jacques (1959). Seminario 6, El deseo y su interpretación. Editorial Paidós.
Lemma, A. (2003). Introducción a la práctica de la psicoterapia psicoanalítica. John Wiley & Sons.