“Nombras el árbol, niña.
Y el árbol crece, lento y pleno,
anegando los aires,
verde deslumbramiento,
hasta volvernos verde la mirada.
Nombras el cielo, niña.
Y el cielo azul, la nube blanca,
la luz de la mañana,
se meten en el pecho
hasta volverlo cielo y transparencia.”
Fragmento del poema “Niña”, de Octavio Paz.
El psicoanálisis fue pionero en observar y comprender la vida emocional del bebé y del niño como un mundo complejo que, al igual que el del adulto, está plagado de conflictos. En él existen pasiones, deseos, amor y odio, que constituyen el escenario de procesos psíquicos sumamente complejos y que requieren recursos mentales para poder ser elaborados. Surge entonces la pregunta: ¿cuáles son estos recursos y cómo hace un niño para ir sorteando las exigencias propias del desarrollo?
Partimos de la idea de que, al nacer, el bebé posee una mente precaria pero dispuesta para el desarrollo, carente aún de la posibilidad de generar pensamientos y comprender un mundo de experiencias novedosas. Autores como Donald Winnicott y Wilfred Bion ponen el acento en la relación temprana con la madre, quien, a través de su presencia y ausencia, ayuda al bebé a transformar las experiencias emocionales crudas en algo que pueda ser metabolizado psíquicamente (Bion, 1962; Winnicott, 1971).
Cuando el bebé llora o grita, expresa una experiencia emocional que la madre puede registrar y devolver en forma de palabras; así, lo introduce al mundo, lo nombra y le va dando forma. Poco a poco, el bebé construye en su interior una capacidad para pensar las emociones, inspirado e identificado con una madre dispuesta a tolerar aquello que él todavía no comprende. En este modelo, el pensamiento se erige como un recurso que requiere un trabajo mental complejo, capaz de transformar las experiencias emocionales en lenguaje simbólico. Esta función no es permanente ni estable, sino dinámica: en ciertos momentos puede perderse cuando las emociones exceden la capacidad de la mente para elaborarlas.
La simbolización se refiere a un proceso mental complejo y dinámico mediante el cual un objeto o una experiencia pueden ser representados por algo que los sustituya o represente. También puede entenderse como la unión de dos elementos para crear un tercero con significado nuevo. Esto se vuelve especialmente relevante cuando pensamos, por ejemplo, en cómo el llanto desbordado de un bebé puede transformarse más tarde en palabras capaces de describir y comunicar aquello que antes resultaba incomprensible. Del mismo modo, cuando un niño juega, fantasea o sueña, da cuenta de que en su mente se ha puesto en marcha un trabajo de transformación que otorgará orden y significado a su mundo interno y externo.
Para comprender mejor esta idea, podemos pensar en los recursos literarios del poeta, quien en sus versos logra describir y transmitir emociones complejas que, a través de la palabra y del símbolo, encuentran sentido y se vuelven más tolerables para el pensamiento.
En el fragmento del poema de Octavio Paz encontramos condensada la complejidad del proceso del pensamiento y el poder del lenguaje como función constitutiva del mundo interno. Sus versos producen, además, un impacto emocional singular en quien los lee; cada lector imprime en ellos un aspecto único y propio.
Sigmund Freud, en El creador literario y el fantaseo (1908), ubica en el niño la capacidad de crear poesía a través de sus fantasías y del juego. Es decir, cuando el niño juega, se comporta como un poeta, intentando otorgar un significado simbólico a las experiencias de su mundo externo e interno (Freud, 1908/1992). Tomaremos el ejemplo clásico que Sigmund Freud aporta con la observación de un pequeño que arma un juego en el intento psíquico de representarse la ausencia y la presencia de la madre. Toma un carretel de hilo y lo hace aparecer y desaparecer debajo de un mueble mientras acompaña la acción con las palabras Fort-Da (Más allá del principio del placer, 1920). Lo interesante del relato de Freud es poder imaginar que la acción conductual del pequeño se acompaña de manera interna por un trabajo mental en el que el niño hace varias cosas importantes: controla en su juego la ausencia de la madre, como si él pudiera decidir cuándo va y cuándo viene; al mismo tiempo, lo nombra a través del lenguaje.
El juego es entonces un trabajo serio y una actividad psíquica fundamental. Se acompaña de la creatividad y constituye un espacio privilegiado para la simbolización, ya que permite al niño transformar emociones, conflictos y deseos en escenas, personajes y narrativas que pueden ser pensadas y elaboradas. Tal como señala Donald Winnicott (1971), en el juego el niño despliega su capacidad creadora y encuentra una zona intermedia entre la realidad interna y la externa, espacio esencial para el desarrollo emocional.
Melanie Klein, con su observación clínica minuciosa, colocó al juego como el recurso técnico más potente para el análisis de niños, considerando que este constituye una vía privilegiada de acceso al mundo interno infantil. Asimismo, añadió la importancia de los sentimientos de amor y odio en la constitución psíquica, señalando que este último, cuando se encuentra ligado a un sadismo intenso, puede dificultar la capacidad del niño para fantasear y jugar, provocando una detención en los procesos de elaboración psíquica y en el desarrollo emocional (El psicoanálisis de niños, 1932).
En la clínica infantil, estas dificultades pueden manifestarse en niños que presentan juegos rígidos, repetitivos o empobrecidos. Por ejemplo, niños que carecen de la posibilidad de construir historias e introducir variaciones simbólicas. La predominancia de fantasías persecutorias y agresivas parecía obstaculizar la capacidad de simbolización y de despliegue imaginativo. Desde la perspectiva kleiniana, el trabajo analítico apunta precisamente a posibilitar que esas ansiedades primitivas puedan ser representadas, elaboradas y transformadas en juego y pensamiento.
Referencias
Bion, W. R. (1980). Aprendiendo de la experiencia (H. B. Fernández, Trad.). Paidós.
Freud, S. (1992). El creador literario y el fantaseo. En Obras completas (Vol. IX). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1908).
Freud, S. (1920/1979). Más allá del principio del placer. En Obras completas (Vol. 18, J. L. Etcheverry, Trad.). Amorrortu Editores.
Klein, M. (1994). El psicoanálisis de niños. Paidós. (Trabajo original publicado en 1932)
Winnicott, D. W. (1971). Realidad y juego. Barcelona: Gedisa.