Las tareas internas de la adolescencia: el cuerpo, la omnipotencia y la construcción de la identidad
Por Karina Rojas
La adolescencia no es solo una etapa biológica ni una cuestión de edad. Es un proceso interno complejo, un punto de inflexión en el que el cuerpo cambia de manera evidente, pero la mente todavía no alcanza a comprender lo que significan esos cambios. El adolescente ya tiene capacidad reproductiva, pero aún no puede darle un sentido psíquico a esa transformación. El cuerpo se convierte en un territorio nuevo y desconocido, que genera curiosidad, desconcierto y, a veces, angustia.
En este momento del desarrollo, la persona comienza a enfrentarse con la tarea de apropiarse de su cuerpo sexuado. Ya no es el cuerpo infantil que pertenecía al mundo de los padres, sino uno nuevo, con sensaciones y deseos propios. Este cuerpo reclama autonomía, pero también genera miedo. La adolescencia es, por eso, una etapa en la que se mezclan la fascinación por lo nuevo y el intento de defenderse de lo que resulta demasiado abrumador.
André Green describe este desajuste como un desfase entre lo biológico, lo hormonal y lo psíquico. El adolescente puede saber muchas cosas —incluso tener más información que generaciones anteriores—, pero todavía no logra representar internamente lo que esos cambios implican. La mente no está lista para procesar la complejidad del cuerpo que habita.
A esta confusión se suma otro componente fundamental: la omnipotencia. En esta etapa aparece la sensación de poder hacerlo todo, de saber más que los adultos, de no necesitar a nadie. Desde fuera puede parecer arrogancia o desafío, pero en realidad es una defensa vital. El adolescente necesita esa omnipotencia para separarse simbólicamente de sus padres idealizados y construir una identidad propia. Es una exageración necesaria, un mecanismo que sostiene su frágil autoestima y que le permite ensayar su independencia. Con el tiempo, esta omnipotencia se desinfla, y de ese proceso surge una identidad más equilibrada y adulta.
El crecimiento emocional no ocurre de manera lineal. La adolescencia está llena de avances y retrocesos, de momentos de lucidez y de confusión. La tarea más importante de esta etapa es reformular las identificaciones, es decir, dejar de verse únicamente a través de los ojos de los padres y comenzar a descubrir quién se es realmente. Este proceso conlleva varios duelos inevitables:
- El duelo por el cuerpo infantil, que ya no es el mismo y que ahora se presenta como un cuerpo sexualizado, con sensaciones y límites nuevos.
- El duelo por los padres de la infancia, que dejan de ser figuras omnipotentes para convertirse en seres humanos con errores y fragilidades.
- El duelo por la seguridad de la niñez, esa sensación de protección y certeza que se pierde al ganar autonomía.
- El duelo por la bisexualidad infantil, por esa etapa en la que las diferencias entre los sexos no importaban y el cuerpo no estaba definido de manera tan estricta.
Estos duelos generan un gran trabajo psíquico. El adolescente intenta reorganizar su mundo interno y, en ese intento, aparecen defensas que buscan mantenerlo a salvo del caos: controlar, racionalizar, idealizar o fantasear son formas de calmar la angustia frente a un cuerpo que ya no obedece, emociones que se desbordan y pensamientos que no se logran ordenar. También aparece la proyección, esa tendencia a colocar en los demás —padres, profesores, figuras de autoridad— la confusión, el enojo o la vergüenza que no puede manejar.
En el fondo, la adolescencia es una lucha entre dos polos: el deseo de independencia y la necesidad de seguir siendo cuidado. El joven quiere dejar atrás la dependencia infantil, pero teme perder el sostén que lo mantenía seguro. Oscila entre la rebeldía y la nostalgia, entre querer ser adulto y desear que alguien más siga teniendo el control.
Ser adolescente es, en parte, un acto de duelo constante: por el cuerpo que cambia, por los padres que ya no son dioses y por la inocencia que se va. sin embargo, también es un proceso de nacimiento. En medio del desorden y la contradicción, el sujeto empieza a encontrarse consigo mismo. A pesar de que ese camino esté lleno de equivocaciones, desafíos y rupturas, es justamente durante ese movimiento cuando se construye una identidad más genuina.
Al final, la adolescencia no consiste en dejar atrás lo infantil, sino en aprender a convivir con ello. Ser adulto no significa eliminar al niño que fuimos, sino poder escucharlo sin que nos domine. La omnipotencia, las fantasías, los miedos y las contradicciones forman parte de un mismo proceso de maduración. Tal vez por eso esta etapa, con todo su caos e intensidad, resulta tan importante. Porque entre el duelo y el descubrimiento, entre el cuerpo que cambia y la mente que intenta alcanzarlo, el adolescente empieza a formar algo nuevo: una versión más verdadera de sí mismo, una identidad que solo puede surgir cuando se rompe la bola de cristal de la infancia y el mundo se vuelve, por primera vez, completamente propio.
Referencias:
Aberastury, A. (1971). La adolescencia normal: Un enfoque psicoanalítico. Paidós.
Bion, W. R. (1962). Aprendiendo de la experiencia. Paidós.
Freud, S. (1915). Tres ensayos de teoría sexual. En Obras completas (Vol. VII). Amorrortu.
Green, A. (1983). El pensamiento clínico: estructura y función. Amorrortu.
Klein, M. (1932). El psicoanálisis de niños. Paidós.
Meltzer, D. (1979). Adolescencia: El sentido del proceso analítico. Paidós.

