Las enfermedades psicosomáticas y su relación con las fallas en la formación del yo

Por Mariana Cisneros Verde

 

Para hablar del fenómeno psicosomático, vale la pena hacer una diferenciación entre otras entidades clínicas con las que podría confundirse. Una enfermedad psicosomática se refiere a la existencia de un padecimiento médico que tiene origen psicológico y que puede ser comprobado mediante estudios o pruebas médicas. Es decir, la enfermedad afecta al cuerpo de forma real y concreta, como es el caso de úlceras, asma, dermatitis, hipertensión, colitis, entre otras. En cambio, los síntomas conversivos son propios de la histeria, en donde el cuerpo sufre de alguna afectación, pero no hay un daño real.

 

Algunos autores, como Groddeck, plantean que toda enfermedad podría ser considerada psicosomática, pues da cuenta de conflictos inconscientes que no pueden ser expresados. Por ejemplo, una enfermedad gastrointestinal se explica porque la persona pudo haber comido algo que estaba en descomposición, pero este autor se atrevería a decir que un conflicto inconsciente lo llevó a comer en algún lugar poco confiable o a tener hábitos alimenticios que perjudican su salud.

 

Al referirnos a una enfermedad psicosomática, entendemos que el cuerpo expresa un conflicto inconsciente que no puede ser pensado, porque para ello debe haber una mente y esta no siempre se estructura de forma que pueda simbolizar los conflictos. La mente se forma gracias al vínculo entre la madre y el bebé. Winnicott plantea que el bebé no existe, pues su yo se va formando gracias a la continuidad de los cuidados maternos. Este proceso lo denominó personalización. Cuando la madre no logra establecer un vínculo que le permita entender y satisfacer las necesidades del bebé, dicho proceso es interrumpido.

 

En los primeros meses de vida, el bebé se comunica mediante el uso de su cuerpo: llora, grita y se mueve. La sensibilidad de la madre le permite recibir, comprender y resolver lo que el bebé esté comunicando. Cuando los conflictos de la madre le impiden contactar con las necesidades emocionales del bebé, este se ve forzado a adaptarse a las necesidades de ella y vive el rechazo de la madre. Cuando, en lugar de amor, aparece odio o rechazo, enfermamos (Waserman, 1995).

 

Melanie Klein planteó que, en los primeros momentos de la vida, los bebés son asediados por la pulsión de muerte (destrucción); por ello, recurren al mecanismo de escisión y proyección: proyectan lo destructivo en una parte de la madre. La parte de la madre con la que el bebé tiene relación, al inicio de la vida, es su pecho. Entonces, se consolida un pecho malo y un pecho bueno. Ambos son necesarios para el desarrollo mental. El pecho bueno tiene distintas funciones, una de ellas es proteger de los ataques del pecho malo, que es el depositario de la pulsión de muerte. Si no hay una madre a quien se le deposite la agresión, esta queda dirigida al yo que está en formación y ataca las funciones del cuerpo, llevándolo a enfermar.

 

Spitz dedicó gran parte de su vida a estudiar qué ocurría con los bebés que eran privados del vínculo con la madre. Observó a grupos de bebés de entre 1 y 4 meses de edad que, sin el contacto con la madre o alguien que hiciera su función, dejaban de desarrollarse y algunos llegaban a morir. Los bebés no solo tienen necesidades biológicas, como el alimento, sino también necesidades emocionales. Spitz observó que cuando los bebés no tenían ningún tipo de contacto afectivo, su crecimiento se detenía. Podríamos decir que, en ellos, nunca se pudo consolidar un yo.

 

No todos los casos son tan graves como los que estudió Spitz. En algunas ocasiones, la madre está presente, pero su historia y conflictos le dificultan conectarse con el bebé y libidinizarlo. Entonces, el yo no puede integrarse y desarrollar otras funciones. El cuerpo seguirá siendo el medio para comunicarse, porque no aprendió a transformar las frustraciones ni emociones.

 

Cuando el cuerpo del bebé no fue libidinizado, no hay posibilidad de que pueda desarrollarse una mente con capacidad para crear fantasías. Usualmente, son personas que no pueden describir sus emociones y las cosas las viven sin impacto emocional. Se sobreadaptan para ser funcionales y prácticos. En estos casos, una somatización implica que las defensas con las que contaba el psiquismo fueron desbordadas, pero la persona no hace la conexión. Un tratamiento psicoanalítico permite que se establezcan nexos en los que los malestares de su cuerpo cuentan una historia y versan, paradójicamente, sobre el deseo de mantenerse vivo. En todas las personas se van a presentar síntomas psicosomáticos en algún momento de la vida, cuando las defensas y el psiquismo queden desbordados ante alguna situación difícil de elaborar.  

 

Referencias

 

Groddeck, G. (1996). Determinación psíquica y tratamiento psicoanalítico de las afecciones orgánicas. Sobre ello. El sentido de la enfermedad. (Ángel Cagigas, trad.). Iralka.

 

Waserman, M. (1995). Pensando en los trastornos del cuerpo. R. Rodulfo (ed.). Trastornos narcisistas no psicóticos. Estudios psicoanalíticos sobre problemáticas del cuerpo, el espacio y el aprendizaje en niños y adolescentes. (pp. 87 –126). Paidós.

 

Winnicott, D. (2010). La naturaleza humana. Paidós. (Obra original publicada en 1988).

 

Bleichmar, N. y Leiberman, C. (2014). El psicoanálisis después de Freud. Teoría y clínica. Paidós. (Obra original publicada en 1989).

 

Békei, M. (1992). Trastornos psicosomáticos en la niñez y la adolescencia. Nueva Visión.

 

Békei, M. (1992). Trastornos psicosomáticos en la niñez y la adolescencia. Nueva Visión.

 

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