L’affaire Pelicot. Una mirada desde el psicoanálisis

Fecha: 26 agosto, 2026

Autor:

Natalia M. Cervantes

El caso Pelicot —recordemos: Gisèle, una mujer sexagenaria que se entera, tras cuarenta años de matrimonio, que su marido lleva más de una década drogándola y ofreciendo su cuerpo a través de una red de violadores contactados por internet — vio la luz mediática a finales del 2024, cuando ella decidió rechazar el anonimato que le permitía la ley francesa durante el juicio. Su decisión, enunciada en la frase “Que la vergüenza cambie de bando”, volvió el juicio un acontecimiento de interés internacional y permitió que su libro fuera publicado simultáneamente en más de veinte idiomas a inicios de 2026.

Al exponer públicamente una violencia sexual ejecutada en el espacio más íntimo de una persona —su casa, su habitación, su cama y por su marido—, esta ha sido abordada desde múltiples miradas: sociológica, periodística, médica, legal, feminista y muchas más. Esto nos hace preguntarnos ¿Cuál sería una mirada psicoanalítica? ¿Cómo podría explicarse la mente de las personas involucradas? ¿La de Gisèle, quien, a pesar del malestar físico constante, jamás sospechó de su pareja? ¿La del señor Pelicot un abuelo amado por su esposa, sus hijos y nietos, y respetado en el pueblo que eligió para vivir su retiro?

Si bien el libro Un himno a la vida. Mi historia, una narración a cuatro manos de Gisèle Pelicot con la periodista Judith Perrignon, se asemeja a una conversación íntima en la que la autora relata el origen de cada integrante de la pareja, su infancia y múltiples recuerdos infantiles y juveniles de ambos. Entendemos que las limitaciones para comprender el funcionamiento mental desde la lectura del libro son mayúsculas. Sin embargo, hay ciertos elementos de lo sucedido que pueden explicarse desde la teoría psicoanalítica y, en concreto, desde la óptica de Donald Meltzer.

Meltzer propone tres modalidades de sexualidad y las nombra Estados sexuales de la mente: la sexualidad adulta, la infantil y la perversa. Las características de estos estados sexuales no dependen de lo conductual; es decir, a cada tipo de sexualidad no la determina su orientación o su forma de satisfacerla (a Meltzer no le importa cómo se lleva a cabo la relación sexual), sino la fantasía, el significado y la motivación que hay detrás. Es importante señalar también que, para Meltzer, toda actividad humana está atravesada por una de estas posiciones sexuales. Así, por ejemplo, cualquier actividad como escribir un libro o dar una clase puede ejercerse desde un estado sexual mental diferente: si, imaginemos, se escribe desde el estado sexual infantil, dominarán la descarga emocional, el exhibicionismo, la competencia o la rivalidad con los colegas. Si se actúa desde la sexualidad adulta, prevalecerá la gratitud con los mentores; se reconocerá la generosidad de los padres y de las lecturas que le han permitido llegar al punto de escribir o de compartir algo del conocimiento recibido. Mientras que, si se escribe desde la perversión, destacarán el desdén y la envidia por el otro, por sus capacidades, y seguramente quien escriba recurrirá al plagio o a la manipulación. En resumen: desde esta perspectiva teórica, una misma actividad puede tener motivaciones y fantasías opuestas.

Las pistas que nos da Gisèle Pelicot en su libro nos hacen pensar que el señor Pelicot tiene lo que Meltzer denomina una estructura mental perversa. ¿Qué significa eso? Que los elementos de su mente están dominados por lo que Melzer llama el outsider. Vamos poco a poco.

En el modelo meltzeriano, la mente humana está conformada por cinco elementos (u objetos internos, en lenguaje psicoanalítico) que llama escena primaria; estos son: la madre interna, el padre interno, el niño y la niña internos y el bebé dentro de la madre. Cada uno de estos elementos tiene una función e interactúan generando cierta configuración de la mente. La mente del perverso también tiene estos elementos interactuando dentro de ella, pero se agrega un sexto: el outsider. El outsider busca destruir cualquier armonía posible, por lo que ataca la unión creativa de los padres internos y corrompe todo aquello que pueda conmover y generar un impacto emocional. Por medio del outsider, el perverso aspira a destruir e invalidar cualquier bondad, creatividad o generosidad que pueda sentir.

El motor de esta destrucción es la envidia, pero una envidia patológica que no tiene como objetivo poseer las cualidades del otro; lo que ansía el outsider es destruirlo, degradarlo y corromperlo… simplemente porque es bueno. Su triunfo, pues, está en derrumbarlo mediante la destrucción de sus cualidades. De esta manera, los valores con los que el perverso actúa son tergiversados y todas las funciones parentales de su mente se malignizan. Es decir, en vez de nutrir, envenena; en vez de pensar, miente; en vez de contener, aterroriza. El perverso goza con la destrucción de su escena primaria. Pensemos en el señor Pelicot: un hombre atormentado en su niñez y juventud, violentado y abusado por su padre ante la presencia aterrorizada de la madre y salido de un hogar en el que el incesto era tolerado; y que, sin embargo, contaba con el amor inquebrantable de una mujer. Una compañera de vida que buscaba fervientemente sanar su propio dolor mental mediante la construcción de una historia de amor. El señor Pelicot envenenó —literalmente a través de la sumisión química— al amor que lo nutría. Sin herramientas para pensar y procesar su dolor mental, le mintió a la mujer que lo amaba acompañándola fielmente a innumerables citas médicas en búsqueda de explicaciones para sus malestares. Y aterrorizó a hijos, nietos, esposa y a todo aquél que se asoma a su historia.

Cierro con esto: lo paradójico de quien posee una mente perversa es que, entre más amor recibe, mayor es su deseo de destrucción. En su fantasía, eliminando el odio a la madre, es que podría recuperar su capacidad de amar; pero, al hacerlo, ensucia, daña y contamina todo a su alrededor, pues su aspecto malévolo, su outsider, goza de esa destrucción.

 

Referencias:

Meltzer, D. (1974). Los estados sexuales de la mente (caps. 11, «Sexualidad adulta polimorfa»; 12, «Sexualidad infantil polimorfa»; 13, «Sexualidad infantil perversa»; y 18, «Revisión estructural de la teoría de las perversiones y las adicciones»). Kagierman. (Obra original publicada en 1973).

Pelicot, G. y Perrignon, J. (2026). Et la joie de vivre. Éditions Flammarion.

Salazar, J. (2018). El desarrollo de la teoría sexual en el psicoanálisis freudiano y postfreudiano. En La sexualidad. Instituto Universitario Eleia.