La tensión entre lo heredado y lo propio

Fecha: 26 agosto, 2026

Autor:

Constanza Giesemann

¿Quién soy yo? ¿Qué es mío y qué no? Estas son preguntas que uno podría llegar a hacerse, quizá con cierta dificultad para responderlas, por lo menos con claridad. Uno puede encontrarse con formas de hablar, de vestir, elecciones vocacionales e incluso nombres que parecen seguir una herencia generacional o social, dejando en duda qué es de uno.

Para empezar, necesitamos partir de la idea de que Freud (1921/1992) y otros analistas que le siguieron, como Bion, argumentaron que el hombre necesita estar en grupo; el ser humano busca y se mueve en vínculos e identificaciones. Uno de los grupos más importantes para el desarrollo de un ser humano es el grupo familiar, en el sentido de que, desde el comienzo de la vida, los primeros contactos emocionales con los padres (cuidadores primarios) son fundamentales (Grinberg, 1991).

Es en el núcleo familiar donde se dan las identificaciones primarias. Siguiendo a Bion en su teoría de continente-contenido, si todo sale bien (es decir, si hay una figura materna dispuesta a recibir y contener al bebé), el primer vínculo emocional será con esta. El recién nacido necesita el vínculo con alguien que no solamente satisfaga sus necesidades fisiológicas, sino que, desde su función cuidadora, reciba sus intensas y novedosas experiencias emocionales, las “digiera y metabolice” y pueda ir aportándoles un sentido y significado, lo cual, a través de la palabra y la emoción, le será transmitido al bebé al ser sostenido física y emocionalmente (Llamosas, 2022).

Freud (1921/1992) habla de la identificación como “la más temprana exteriorización de una ligazón afectiva con otra persona” (p. 99), y, mientras describe este concepto, menciona algo muy interesante que es pertinente con el tema de este artículo: la identificación puede ser lo que uno querría ser: yo quiero ser fuerte como mi padre; y lo que uno querría tener: yo quisiera tener los músculos de mi padre. Son cosas muy distintas que, a la vez, uno puede confundir fácilmente. La primera tiene que ver con lo que Meltzer describe como admiración, inspiración y aspiración; la idea sería querer llegar a ser como el objeto, y no igual a este (Matarasso, 2019). La diferencia está en admirar versus imitar o robar.

Sin embargo, por supuesto que es complejo poder hacer una “clasificación” exacta de qué es de uno y qué es del otro, pues hay ciertas convergencias. Por ejemplo, uno de pronto puede hablar como su madre sin hacerlo desde una intención consciente; esto tiene que ver con esas identificaciones, en donde características de objetos significativos son introyectadas por uno y, de alguna forma, constituyen una parte de la identidad.

Entonces, sería pertinente decir que las identificaciones están ligadas y forman parte de la identidad de uno. Incluso Lacan (1954) dice que el Yo es el resultado de la suma de las identificaciones. Meltzer (1967) decía que la identidad es un devenir, es decir, que es un proceso dinámico y continuo de constitución subjetiva; no es estática. Podríamos pensar algo así como que, aunque hay ciertos rasgos de la identidad más fijos y arraigados que otros, el sujeto transita, se organiza y se reconfigura constantemente mediante el encuentro con el otro y sus experiencias a lo largo de la vida y del desarrollo.

Kaës (1996), psicoanalista francés, retoma a Freud, quien decía “la acción de lo heredado es comparable a la del hilo multiplicador en el circuito eléctrico, que amplía la desviación visible de la aguja, pero que no podrá determinar su dirección” (p. 49). Esto quiere decir que lo heredado, por supuesto, forma parte del sujeto y hasta tiene implicaciones; sin embargo, no determina. Esto no significa que se le reste importancia, sino que es importante que uno pueda ir haciendo conciencia sobre estas herencias psíquicas para poder diferenciarlas. ¿Es mi secreto o el de la familia? ¿De quién es este duelo no procesado? ¿Quién dice o piensa x cosa?

Freud habla de los “puntos de anudamiento” como hilos o elementos que forman parte de la formación inconsciente del sujeto. Entre ellos estarían la herencia psíquica, social, religiosa y cultural. Acá lo importante sería que no se piensa al sujeto como producto de lo heredado, sino de la diferencia que el sujeto hace de lo que recibe de sus padres, por ejemplo. Esto nos remite a lo que ya hemos hablado sobre la identidad. Hay una doble necesidad: por una parte, ser uno mismo, los propios intereses, la subjetividad, la diferenciación (que no solo tiene que ver con la identidad, sino que con el narcisismo también); y, por otra parte, ser “el eslabón de una cadena [la familia] a la que está sujeto sin la participación de su voluntad” (Kaës, 1996, p. 15).

Asimismo, es interesante cómo muchas veces en la clínica uno se encuentra con los padres del paciente y, a veces, lo que parece ser problemática del niño en realidad es un conflicto de alguno de los padres (o ambos) (Mannoni, 1967). Doltó (citada en Mannoni, 1965) dice que el niño soporta inconscientemente el peso de tensiones e interferencias de la dinámica emocional inconsciente de los padres; y, entre más secretivo y silencioso sea, mayor peso tienen. Es importante que los padres puedan darle un espacio propio al hijo; no verlo como una extensión narcisista de ellos.

Pienso que, más allá de determinar con exactitud qué es heredado y qué no, no debemos de olvidar que el psicoanálisis es un método que busca la verdad individual más allá de los acontecimientos; es decir, que lo esencial está en que uno pueda conocerse a través de verdades, y, a partir de eso, tomar decisiones en la vida más entendidas, tomar responsabilidad psíquica por los actos, emociones, reacciones y formas de vincularse.

Te invitamos a pensar estas preguntas y a abrir un diálogo sobre formaciones del inconsciente, imaginarios colectivos y redes familiares en nuestro próximo curso que dará inicio el martes 29 de septiembre de 2026.

Referencias:

Freud, S. (1992). Psicología de las masas y análisis del yo. En Obras Completas (Vol. 18). Amorrortu. (Obra original publicada en 1921)

Grinberg, L., Sor, D., Tabak de Bianchedi, E. (1991). Cap. 1 “Grupos”. Nueva introducción a las ideas de Bion. Tecnipublicaciones.

Kaës, R., Faimberg, H., Enriquez, M., y Baranes, J. J. (1996). Trasmisión de la Vida Psíquica entre Generaciones. Amorrortu.

Lacan, J. (1954-1955). El Seminario, Libro 2: El Yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica. Paidós

Lamosas, E. (2022). Comentarios al trabajo de C. Raznoszczyk Schejtman “Sexualidad infantil, narcisismo y Edipo revisitados desde la teoría y los nuevos contextos socioculturales”. En La Angustia en sus diversas expresiones. Revista de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica de Madrid (Vol. 37, Nº. 94)

Mannoni, M. (1965). Prefacio por Francoise Doltó. En La Primera entrevista con el Psicoanalista. Gedisa Editorial.

Mannoni, M. (1967). El Psicoanálisis de Niños a Partir de Freud. En El Niño, su “enfermedad” y los otros. Nueva Visión.

Matarasso, S. (2019). Identidad e Identificación: vértices psicoanalíticos, sociales, culturales y neurobiológicos. Centro Eleia.

Meltzer, D. (1967). El Proceso Psicoanalítico. Hormé