Las angustias y defensas en el tratamiento psicoanalítico del adulto mayor

Fecha: 05 agosto, 2026

Autor: Nadezda Berjón

En el tratamiento psicoanalítico del adulto mayor es posible identificar diversas defensas para lidiar con las angustias, las pérdidas, los cambios y las limitaciones propias de la vejez. La proyección, la disociación, el aislamiento, el mutismo y la apatía pueden surgir como intentos de enfrentar experiencias internas dolorosas, oportunidades perdidas o la cercanía al fin de la vida. En otros casos, aquello que permanece no representado en el psiquismo reaparece mediante síntomas, sueños o actos fallidos. La escucha psicoterapéutica favorece que estas experiencias puedan integrarse como pensamiento y adquirir significado emocional, sin perder de vista la dimensión biopsicosocial de la persona. Acompañar este proceso permite favorecer la elaboración, fortalecer los vínculos y ayudar al adulto mayor a vivir el tiempo que queda con mayor plenitud y coherencia. 

En la consulta del adulto mayor podemos identificar diversas defensas que son llevadas a cabo para lidiar con angustias y situaciones complejas. Esto es común a todo paciente, pero en la situación de la vejez se enfrentan limitaciones, pérdidas y cambios de particular intensidad y determinación, lo que implica una tarea de elaboración muy ardua.

En ciertas circunstancias, el sujeto disocia aspectos inquietantes de las experiencias internas, llevados a lo inconsciente, y estos resurgen disfrazados mediante sueños, síntomas o actos fallidos (entre otros). Por ejemplo, una mujer que vive en una casa de retiro puede sentir desconfianza ante el personal que la atiende, temiendo que le estén robando sus bienes. Sin embargo, el origen de esa idea de robo puede ser que ella siente ganas de quitar al otro su juventud, poseer la vitalidad, la capacidad de movimiento y libertad ahora perdidas. El contacto con esos afectos es muy doloroso; por ello, la mujer lleva a cabo defensas de modo inconsciente (en este caso, la proyección de su deseo de quitarle al otro lo que tiene). Lo que expresa a sus familiares cuando la visitan es que las enfermeras se comen todo lo que le traen, usan su ropa o gastan sus pañuelos. (Por supuesto, es fundamental considerar la posibilidad de que se trate de una situación de abuso real, por lo que siempre debe descartarse antes que se trate de una situación de maltrato).

Otra situación que observamos en los adultos mayores es su renuencia a utilizar prótesis que los puedan ayudar a conectar con otros (por ejemplo, los aparatos auditivos o la silla de ruedas). Algunas personas optan por cerrarse en sí mismas, sin querer salir, conversar o abrirse a las nuevas experiencias de quienes los rodean. Esto puede ser disparado por ansiedad ante el paso del tiempo: los otros acumulan vivencias mientras que ellos permanecen en un estado de menor cambio, incluso con mayor cercanía al fin de la vida, lo cual puede ser devastador para la psique.

Entonces, puede optarse por anular la conexión con otros, concentrarse en las propias anécdotas (repetir las mismas historias de cuando se era joven o infante) y así defenderse de sentir que la vida propia se va acabando. Incluso, hay quienes se vuelven apáticos o irritables, como si buscaran ser dejados de lado, ignorados, como una manera de negar sus necesidades vitales y vinculares:

-¿Qué dices?, ¡no te escucho!

-Abuelita, ponte el audífono para que puedas escucharme.

-No sé dónde lo dejé.

Otros se aíslan para no ser recordados en su declive. No aceptan visitas ni ayuda: “Si quieren visitarme, diles que no. Quieren que la última imagen que sus nietos y amigos mantengan de ellos sea la de cuando estaban en mejor estado. Si bien es doloroso ser espectador del decaimiento de una persona amada, también implica integrarla y conservarla en toda la gama de situaciones, no solo las mejores. Es poder querer y cuidar de alguien en sus momentos más fuertes y en aquellos de mayor vulnerabilidad; no obstante, para muchos (incluida la familia) esto puede ser demasiado para tolerar. Por ello, pueden descargar la responsabilidad y el cuidado en instituciones (¡o incluso en el psicoterapeuta!), aislando así al familiar: “Le traigo a mi mamá, que hable con usted porque conmigo solo pelea”.

Otro escenario surge por angustia y depresión ante las oportunidades perdidas, ya que, a mayor edad, hay menos disponibilidad para hacer cambios. “¿Para qué voy a hablar de mi vida, ir a terapia, si ya no me queda nada por hacer? Ya nada va a cambiar”. Esto puede llevar al mutismo y la apatía, pero autores como Danielle Quinodoz (2008) señalan la importancia de poder vivir el tiempo que queda de modo pleno y profundo, poder darle voz a todo aquello que se vivió y a aquello que no, aportando una coherencia a lo largo del espectro vital del adulto mayor al que atendemos.

Un caso más es cuando el adulto mayor mantiene disociados eventos que fueron muy fuertes en su pasado y que no han sido integrados a modo de pensamiento. A veces, lo que surge es un síntoma en el cuerpo: un dolor, vértigo, las piernas que fallan, caídas, etc. “No sé por qué siento que los tobillos no me sostienen, que me voy a caer en cualquier momento”. Será muy importante darle la escucha necesaria a aquello hasta ahora no representado en el psiquismo, ayudando a que surja de modo emocional. Esto no quiere decir que la persona deje de atender su estado físico con médicos especialistas, en tanto somos sujetos biopsicosociales y nuestro trabajo es uno de los ejes fundamentales en la atención de las personas.

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Referencias:

Quinodoz, D. (2008). Growing old. A journey of self-discovery. Routledge