El yo como instancia psíquica

Fecha: 26 agosto, 2026

Autor:

Antón Aguilar

“El yo y el ello” es una de las obras centrales de Sigmund Freud (2012a) en la que modifica su modelo de la mente humana (introduce la segunda tópica). Freud enuncia tres instancias psíquicas: el ello, que representa las pulsiones y deseos más básicos; el yo, que actúa como mediador entre las distintas instancias, así como con la realidad; y el superyó, que incorpora las normas y valores sociales.

Algo que se puede subrayar es la gran variedad de características y funciones que Freud atribuye al yo, lo que lo hace una organización especialmente compleja. Los orígenes del yo se remontan al roce del ello con la realidad, pero su formación también depende de identificaciones con objetos resignados. El yo sería, además, la instancia que procura articular los estímulos provenientes del ello, del mundo exterior y los mandatos del superyó. Tiene una posición muy difícil: algo así como sentar a la mesa a negociar a una monja y a una cortesana. No es tarea sencilla.

Además, el yo es el almácigo o fuente de la angustia, y ejerce las funciones de la memoria, la motricidad, el aprendizaje y el desarrollo del lenguaje. Por si fuera poco, tiene un amplio sector inconsciente, que incluye las defensas y las resistencias, así como los pensamientos preconscientes. Es el portador del principio de realidad y el responsable del proceso secundario. Podemos llamarlo también el guardián de la sensatez, la lógica y las coordenadas del tiempo y el espacio.

El yo alberga la libido narcisista y, en cierto punto, comienza a verterla al objeto. En ciertas circunstancias dolorosas, como el duelo, requiere retrotraerla hacia sí para luego volver a colocarla en un nuevo objeto. Durante la infancia, y a veces también en la edad adulta, el yo se escinde y reniega de las percepciones que obtiene de la realidad, lo que tiene consecuencias determinantes para la estructuración psíquica.

El yo es, asimismo, un yo-cuerpo y “la proyección de una superficie”. Me parece que Lacan ayuda a entender esta idea con su aportación sobre el estadio del espejo. Propone la imagen especular de la que el niño pequeño se apropia jubilosamente como una ficción que da una cierta coherencia y un sentido de unicidad a un cuerpo fragmentado. El yo tendría, para ese autor, una función ortopédica ante la pluralidad de sensaciones corporales del infans. Desde esta perspectiva, el yo hace las veces de una fachada.

El yo, entonces, tiene todas estas atribuciones y tareas y, al mismo tiempo, ocupa una posición precaria. No posee la fuerza del ello ni la severidad del superyó, ni la contundencia de la realidad. Es como un monarca constitucional y como un jinete que va un poco por donde el caballo quiere ir. Es también, y por eso mismo, embustero y acomodaticio, como todo político que busca conducir una negociación. En función de su origen identificatorio, constituye lo más propio y lo más ajeno, puesto que se construye a partir de pequeños retazos de otros, como la criatura de Frankenstein. Se puede pensar que es una colección de pequeños plagios.

En “Esquema del psicoanálisis”, Freud (2012b) plantea el fortalecimiento del yo como el fin último de la tarea analítica. El yo debe conocer lo mejor posible a su enemigo para estar preparado en la batalla frente al ello y el superyó, de suerte que sus embates no lo tomen por sorpresa. La Psicología del yo tomó muy en cuenta este planteamiento. Por su parte, Lacan rechazó enérgicamente esta tesis. Para él, lo que interesa en el análisis no es el yo o la imagen de sí, que casi siempre busca ser presentable, sino las manifestaciones del inconsciente: los sueños, los lapsus o los actos fallidos, que revelan aquello que es justamente inadmisible para el yo.

Muchas teorías psicoanalíticas posteriores se apalancan en la idea de las funciones del yo, aunque no lo explicitan. Por ejemplo, las ideas en torno a la capacidad del psiquismo para procesar emociones que, de otro modo, se actúan impulsivamente. La propuesta bioniana de un psiquismo que puede quedar rebasado por afectos que no logran ser digeridos o metabolizados por un aparato para pensar pensamientos (la tarea mental de adscribir significado a la experiencia) tiene su base en la idea freudiana de la pulsión como impulso de base orgánica que requiere un trabajo psíquico para ser representada, y que puede tener un efecto traumático, tanto como los estímulos que vienen desde fuera.

El ello es el hervidero o volcán de las pasiones humanas. Se podría decir que, si logramos llegar al final del día sin haber matado a nadie, sin habernos dejado llevar por el torrente emocional que llevamos dentro, entonces quiere decir que el yo ha logrado hacer su trabajo.

 

Referencias:

Freud, S. (2012a). El yo y el ello. En Obras completas (Vol. 19, pp. 1-66). Amorrortu Editores.

Freud, S. (2012b). Esquema del psicoanálisis. En Obras completas (Vol. 23, pp. 133-210). Amorrortu Editores.